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6 DICIEMBRE 2016
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La tentación de reducir la Navidad

Julián Carrón

El primer impacto que me han provocado estas palabras es la sorpresa por cómo el Señor nos mira. Su mirada logra ver cosas que nosotros no seríamos capaces de reconocer si no participáramos de su misma mirada sobre la realidad: «El Señor ha cancelado tu condena». Es decir, tu mal no es la última palabra sobre tu vida; la mirada que normalmente tienes sobre ti mismo no es la justa; la mirada con la que te reprochas continuamente no es verdadera. La única mirada verdadera es la del Señor. Y justo por esto podrás reconocer que Él está contigo: se ha revocado tu condena, ¿de qué tienes miedo? «Ya no temerás». Una positividad inexorable domina la vida. Por ello -continúa el pasaje bíblico-, «no temas, Sión, no desfallezcan tus manos». ¿Por qué? Porque «el Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva». No hay otra fuente de alegría que ésta: «Él se goza y se complace en ti y se alegra con júbilo como en día de fiesta» (Sof 3, 14-17).

El Evangelio atestigua que este pasaje no se ha quedado en meras palabras, sino que se ha cumplido: en el Niño que María llevaba en su seno estas palabras se hicieron carne y sangre. Lo recuerda de manera conmovedora Benedicto XVI: «La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito» (Deus caritas est, 12). Y fue un hecho tan real en la vida del mundo, que Isabel, nada más recibir el saludo de María, sintió que la criatura que llevaba en su seno -Juan- saltó de alegría. Las del profeta ya no son meras palabras, se han hecho carne y sangre, hasta el punto de que esta alegría se ha convertido en una experiencia presente, concreta: «La criatura saltó de alegría en mi vientre» (Lc 1, 39-45).

Preguntémonos: ¿es el cristianismo un devoto recuerdo o un acontecimiento que sucede hoy exactamente como hace dos mil años? Fijémonos en los hechos que nuestros ojos ven a diario, que nos sorprenden y nos asombran, empezando por ese hecho imponente que es Benedicto XVI, que sabe tocar siempre las fibras más íntimas de nuestro yo. Hay Uno en medio de nosotros que hace saltar de alegría "la criatura" que cada uno lleva en su seno, que llevamos en nuestro interior, en la hondura de nuestro ser. Esta experiencia presente da testimonio de que el episodio de la Visitación no es tan sólo un hecho del pasado. Es el comienzo de una historia que nos ha alcanzado y sigue alcanzándonos de la misma manera, a través de encuentros, de personas de carne y hueso que encontramos por el camino y nos mueven en lo más íntimo.

Con estos hechos en la mirada podemos entrar en el misterio de esta Navidad, evitando el riesgo de reducirla a un "recuerdo devoto", a un puro acto de piedad o una devoción sentimental. En el fondo, muchas veces tenemos la tentación de no esperar gran cosa de la Navidad. Pero a quienes se les concede la gracia más grande que se pueda imaginar -ver obrar al Señor en signos y hechos que le testimonian presente- les es imposible caer en el error de celebrar el nacimiento de Jesús como un "recuerdo devoto". ¡No nos está permitido! Y no porque seamos mejores que nuestros hermanos, los hombres; no porque no tengamos la misma fragilidad que los demás, sino porque hemos sido rescatados de nuestro desfallecer una y otra vez por la fuerza de Uno que se hace presente ahora y revoca nuestra condena.

Sólo con estos hechos en los ojos podemos mirar a la Navidad que viene: no con una nostalgia devota, no por el sentimiento natural que siempre provoca un niño que nace, tampoco con un vago sentimiento religioso, sino en virtud de una experiencia (porque todo lo demás reduce el alcance de ese "nacimiento"). Lo que el Niño es de verdad se manifiesta en una experiencia real: el hijo de Isabel saltó de alegría en su seno. El renovarse continuo de este acontecimiento impide que reduzcamos la Navidad y nos permite gustarla como en aquella vez primera.

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