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23 OCTUBRE 2014
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Juana en campaña

Gianni Valente

Después de los choques con el primer ministro británico David Cameron sobre los planes para salvar al euro, los comentadores de Inglaterra interpretaron la visita presidencial a los lugares de Juana de Arco como un guiño a los todos los susurros en contra de Albión, que nunca han abandonado del todo a una gran parte de la población francesa. Pero, a cuatro meses de las elecciones presidenciales, muchos en Francia -sobre todo entre los que apoyan al candidato socialista François Holland  y que critican el "pantheon bricolè" reconstituido por Sarkozy usando símbolos de la memoria colectiva nacional- interpretan el viaje como un gesto para abrirse una brecha entre el electorado de la derecha, que pretendería quitarle votos a la candidata del Frente Nacional Marine Le Pen (a la que los últimos sondeos atribuyen el 15% de aceptación). Justamente los militantes del Frente querrían reforzar el derecho de "propiedad" sobre la figura clave del imaginario de la identidad nacional: el 7 de enero, el viejo líder Jean Marie Le Pen y su hija estaban en París, en donde los frentistas convocaron a una manifestación ante la estatua de la heroína que se encuentra en la place des Pyramides. El mismo sitio en el que se encuentran cada año, el primero de mayo, para conmemorar a la Doncella.

Hace casi un año, durante una audiencia general, fue Benedicto XVI en persona quien propuso a Juana de Arco como «un hermoso ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles». Para ella, que impidió que Francia se redujera a una provincia sometida al rey de Inglaterra (reconoció en aquella ocasión el Papa), la liberación de su pueblo era «una obra de justicia humana», que llevó a cabo «en la caridad, por amor de Jesús». Incluso en las escaramuzas actuales para enrolarla como testigo político de inmediata fruición, vuelve a surgir un rasgo típico de los muchos tributos que han ofrecido a la santa sus admiradores devotos o interesados. Intelectuales, políticos, religiosos, mètres à penser de diferentes rubros han terminado por transformar, a menudo, a Juana de Arco en una especie de símbolo totémico (de vez en cuando del nacionalismo que busca revancha, del feminismo, del idealismo testarudo, de la libertad de conciencia, del integrismo católico).

El esquema ha tenido matices lacerantes sobre todo en el interior de la iglesia. A partir de las guerras culturales de la Action  française  hasta las marchas que los tradicionalistas y el movimiento político Civitas han organizado en los últimos años por París, la heroína de Orleans ha sido rehén de militantes nostálgicos que usan su agenda político-teológica como criterio de conformidad con la "sana doctrina", a menudo en oposición con el resto de sus compañeros eclesiales.

La Iglesia de Francia, por su parte, ha programado iniciativas "ad hoc" para lanzar en 2012 la imagen de Juana de Arco en la ordinariedad del trabajo pastoral. Empiezan el viernes, con una misa celebrada en su pueblo natal, y prosiguen con conferencias, iniciativas teatrales, celebraciones litúrgicas para conmemorar a la santa heroína francesa durante la cuaresma y durante la Pascua. El segundo domingo de mayo, con ocasión de la fiesta oficial, la misa en la basílica de Donrèmy que celebrará el cardenal arzobispo de París Andrè Vingt-Trois. Serán todas ellas ocasiones para barajar interpretaciones instrumentales y volver a proponer la historia de una santa que puede sugerir indicios para reflexionar, sobre todo en la situación en la que se encuentra la iglesia en la actualidad.

Más allá de las consideraciones historiográficas, las actas de los procesos canónicos relacionadas con Juana de Arco (el de la condena y el de la rehabilitación que condujo después a su beatificación como mártir) representan un testimonio incomparable en las dinámicas siempre particulares de la santidad cristiana. Como dijo el gran escritor francés Georges Bernanos, Juana es la «pequeña heroína; un día pasó con desenvoltura de la hoguera de la Inquisición al Paraíso, bajo las narices de cincuenta teólogos». Una campesina analfabeta, una pastora que experimentó el hecho de que para pedir y gozar de los dones de la gracia basta el bautismo («soy una buena cristiana y bautizada como se debe»). Quienes la hicieron arder en la plaza de Rouen eran carniceros de túnica y crucifijo al pecho. El martirio (condena a la hoguera por herejía) fue indicado por un tribunal de la Iglesia, por los que se sentían dueños de la institución eclesiástica. Profesores de la Universidad y obispos teólogos que mezclaban argumentos refinados de la doctrina con las instancias de un poder que se presentaba como el vencedor. Detentores de un super primado doctrinal, depositarios de una ideología teológica que un abismo de soberbia separaba de la fe simple que atestiguó Juana.

Benedicto XVI, en su catequesis de enero de 2011 dedicada a la santa francesa, repitió que su historia hace recordar «las palabras de Jesús, según las cuales los misterios de Dios son revelados a los que tienen el corazón de los pequeños, mientras permanecen ocultos a los doctos y sabios que no tienen humildad». Bernanos pensaba de la misma manera: «Desde que el querido Péguy se fue», escribió el autor del Diario de un cura rural, recordando con afecto al otro gran poeta francés enamorado de la Doncella, «quisiéramos que Juana de Arco le pertenezca solo a los niños».

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Juana en campaña

Pablo Berenguer

Querido Director:

Me refiero al artículo de M. Borghesi "La Iglesia no necesita un partido de zelotes", título bajo el cual se califica y critica la opción de quienes no estamos de acuerdo con que los católicos españoles deban identificar su presencia en política con el Partido Popular.

Es un hecho que he observado a menudo el que coincidan (en el caso de M. Borghesi –por lo que he podido seguir en este periódico- de manera particularmente explícita) dos posturas que, sin embargo, me parecen contradictorias:

(1) En el plano formal, una defensa a ultranza de la libertad religiosa y la laicidad, en su interpretación más moderna, subrayando con carácter universal la conveniencia y autenticidad de un estado de cosas en que la propuesta cristiana no pueda identificarse nunca, en ningún lugar y de ningún modo con el poder político, ofreciéndose esa propuesta a todos desde la más estricta igualdad con las demás. Desde este planteamiento se juzgan severamente diversas opciones y situaciones de la Iglesia en su historia.

(2) En el plano de la realidad política presente, una correlación entre el bien de la Iglesia y de su misión con el apoyo (no público, no jurídico, no formal, sino en el plano de los hechos "reales", la trastienda donde se jugaría la partida) de un partido político poderoso, con capacidad de otorgar y retirar beneficios, favores y castigos y defenderla de sus enemigos.

El modo en que, quizá, esta contradicción se trataría de resolver consistiría en desplazar el foco de los valores al sujeto. Para la Iglesia no sería importante que el poder político al que se apoya y del que se recibe apoyo defienda o no (o incluso ataque frontalmente) los valores que la Iglesia más aprecia (particularmente los "principios innegociables" enunciados por Benedicto XVI, considerados superados por algunos). Lo decisivo en política sería que el sujeto Iglesia sea protegida por al menos una facción del poder para poder así realizar su misión en la sociedad con las mayores ayudas y menores trabas posibles. Ese amparo o apoyo, naturalmente, sólo puede ser recíproco (y así se observa en ciertas opciones editoriales partidistas de medios de comunicación católicos o en los pronunciamientos y manifestaciones de católicos frente a los gobiernos en función de qué partido gobierne).

En respuesta a Borghesi

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