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20 SEPTIEMBRE 2017
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Cristianos en el objetivo

G.G.

La parte cristiana de la población del África sub-sahariana creció, con respecto al siglo pasado, del 9% al 63%. Al mismo tiempo, el comité de expertos afirma que la proporción de los cristianos entre los europeos y los americanos ha disminuido, respectivamente, del 95% al 76% y del 96% al 86%. «Pero, si nos desplazamos del cansado norte al dinámico sur, no se prevé un futuro fácil», subraya The Economist. En Nigeria, decenas de cristianos han perdido la vida en atentados de islamistas, que llevaron a cabo sus masacres durante las oraciones de la Navidad. 

En Irán y Paquistán, los cristianos están en el "brazo de la muerte" por «apostasía» (el abandono del islam) o por blasfemia. Docenas de iglesias en Indonesia han sufrido ataques o han tenido que cerrar. Dos tercios de la población cristiana prebélica de Iraq han huido del país. En Egipto y Siria, en donde los déspotas seculares ofrecían al cristianismo un escudo ante sacudidas políticas  de diversa índole, el celo de los musulmanes amenaza a los antiguos grupos cristianos.

Sin embargo, no todos los problemas del cristianismo se deben a los musulmanes. La fe afronta persecuciones en los grupos formalmente comunistas de China y Vietnam. En India, los nacionalistas hindúes persiguen a quienes quieren convertirse al cristianismo. En Tierra Santa, las iglesias locales viven entre la invasión de sus propiedades por parte de Israel y las ofertas de los islamistas para monopolizar la vida de Palestina. Los seguidores de Jesús todavía pueden convertirse en una minoría en su tierra natal. En relación con las guerras religiosas que hace tiempo destruían a la cristiandad, las batallas modernas, como las que se combaten dentro del islam, han derramado poca sangre. Pero cuenta mucho la brutalidad.

Aunque las potencias occidentales ya no consideran como prioridad geopolítica la promoción de los intereses del cristianismo, es difícil imaginar a los evangélicos estadounidenses ignorando un cambio de enormes dimensiones en las iglesias domésticas de China. Y, sean cuales fueren sus confesiones, los electores occidentales tienen motivos para preocuparse por el destino de los cristianos. Los regímenes y las sociedades que persiguen a los cristianos tienden, en los hechos, a oprimir también a las demás minorías. Los musulmanes sunitas, que demonizan a los cristianos, detestan a los chiítas.

Una vez involucrada la religión, cualquier conflicto se vuelve más difícil de resolver. «No es una cruzada -indica The Economist. Entre los valores liberales, tiene un lugar primordial la libertad por profesar una religión cualquiera o ninguna. El gobierno de los Estados Unidos de América se basa en la ley que promueve esta libertad. En línea con sus ideales, los Estados Unidos se preocupan justamente por la persecución de los musulmanes de todas las franjas, así como por los tormentos de los cristianos en China, de los judíos y de los Bahai en Irán. Desaprueba cuando los países cristianos, como Bielorrusia, practican la persecución».  

Los demás países europeos, incluso los más laicos, tendrían que hacer algo al respecto para defender este derecho. Por ello, «¿qué decir de los que consideran la persecución de exponentes de otras religiones como parte de su llamado? Ninguna fe está libre de culpa: desde Delhi hasta Jerusalén, muchos de los que suscitan el odio son hombres de Dios. Pero hay un problema particular con respecto al islam. La ley islámica (aunque el Corán no) a menudo condena a muerte a los que han abandonado la fe. Hay signos de cambios. La Organización para la Cooperación Islámica, con sus 57 miembros, con el beneplácito de Estados Unidos, ha mitigado su intención de declarar legal la blasfemia en algunas resoluciones de la ONU. También ha condenado los ataques de Nigeria. Pero los líderes musulmanes deben aceptar la voluntad de cambiar de religión como un derecho legal. Sobre este punto, Occidente no debería retroceder. De otra forma, los creyentes (cristianos o no), seguirán en peligro», subraya The Economist.

Una emergencia que el Papa afrontó el lunes pasado durante su discurso ante el cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede. «Cuando Benedicto XVI denuncia que la libertad religiosa es un derecho todavía limitado o escarnecido nos recuerda, sobre todo, que en el mundo los cristianos siguen siendo amenazados», indicó ante la Radio Vaticana el sociólogo Massimo Introvigne, responsable de la Osce para las discriminaciones hacia los cristianos. «Ciento cincuenta mil muertos al año, uno cada cinco minutos, como he dicho en más de una ocasión durante mi mandato Osce, son las cifras de un verdadero genocidio -explica. Pero el Pontífice también nos recuerda que se está llevando a cabo una "limpieza religiosa" que se parece mucho a una limpieza étnica. Se actúa mediante una constelación de atentados terroristas que no logran eliminar las comunidades de un país, pero las espantan de tal forma que inducen a la mayor parte de los cristianos a huir».

Además, Benedicto XVI ante el cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede: «en muchos países, los cristianos son privados de sus derechos fundamentales y marginados de la vida pública; en otros, sufren ataques violentos contra sus iglesias y sus casas. A veces son obligados a abandonar los países que han contribuido a edificar, a causa de continuas tensiones y de políticas que frecuentemente los relegan a meros espectadores secundarios de la vida nacional. En otras partes del mundo, se constatan políticas orientadas a marginar el papel de la religión en la vida social, como si fuera causa de intolerancia, en lugar de contribuir de modo apreciable a la educación en el respeto de la dignidad humana, la justicia y la paz. [...] Con el transcurso del tiempo, sin embargo, ha prevalecido la concordia y la voluntad recíproca de cooperar, cada uno en su propio ámbito, para favorecer el bien común. Espero que Italia siga apostando por una relación equilibrada entre la Iglesia y el Estado, constituyendo así un ejemplo que las otras naciones puedan mirar con respeto e interés. En el continente africano, que he visitado de nuevo en mi reciente viaje a Benín, es esencial que la colaboración entre las comunidades cristianas y los gobiernos permita abrir un camino de justicia, paz y reconciliación, donde los miembros de todas las etnias y religiones sean respetados. Es doloroso constatar que, en distintos países del continente, este objetivo está todavía muy lejano».

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