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28 NOVIEMBRE 2014
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Albert Nobbs

Juan Orellana

El guión de este film, redactado por Glenn Close y por el escritor irlandés John Banville, está basado en un relato corto del novelista y dramaturgo irlandés George Moore (1852-1933), supuestamente inspirado en un caso real. El relato ha conocido versiones teatrales, como la que dirigió a principio de los ochenta Simone Benmussa y que protagonizó Glenn Close dando vida a Albert Nobbs. En la película actual, treinta años después, la actriz de Connecticut, además de producir la cinta, vuelve a vestirse de hombre en un contexto cultural mucho más radical.

El director Rodrigo García -hijo de García Márquez-, en sus anteriores películas, Nueve vidas, Cosas que diría sólo con mirarla y Madres & hijas había tratado los temas de la mujer, el aborto y la soledad siempre de una manera tan interesante como ambigua. Ahora vuelve a esos mismos temas pero con matices importantes. En el guión coexisten dos niveles de lectura. En el primero, obvio y más superficial, se transmiten propuestas de ideología de género. Feminismo y lesbianismo se entrelazan en el contexto de la crítica a una sociedad machista, intolerante e hipócrita. Sin quitar un ápice a lo que de verdad tiene esa crítica, no dejan de resultar tópicas y mil veces vistas ciertas situaciones y mensajes. Sin embargo, esta corrección política oportunista y del gusto de los académicos de Hollywood, no impide que emerjan con autenticidad los temas revisitados de Rodrigo García. En este segundo nivel de lectura, la soledad es la realidad más abrumadora de todo el film, mucho más que los temas de género. Albert Nobbs es una mujer maltratada por la vida desde la infancia, agredida sexualmente en su adolescencia, que se refugia en un uniforme masculino, no por razones de travestismo homosexual, sino por pura supervivencia, por miedo, por dolor y soledad. Cuando a lo largo del film acaricia la idea de compartir su vida con otra mujer, es sobre todo, porque desea una familia, un hogar, un afecto que compartir. Y dadas sus extravagantes circunstancias, le resulta más fácil pensar en una mujer antes que en un hombre.

Otro cantar es el personaje de Page (Janet McTeer), que sí encarna con más nitidez una reivindicación homosexual. Pero también arrastra un pasado de maltrato y violencia. En ambos casos es un pasado traumático y humillante el que las ha conducido a un presente de confusa identidad sexual. La cuestión de la maternidad sacrificada va de la mano del personaje de la criada Helen Dawes -interpretada por la actriz de moda Mia Wasikowska- y también tiene de fondo la irresponsabilidad del varón, aunque el aborto queda descartado en un ambiente como el de la católica Irlanda.

La película viste una dirección artística magnífica de Patrizia von Brandenstein, que tiene en su haber importantes películas de época. Pero lo más brillante es la interpretación de Glenn Close, madre y ejecutora de este proyecto hecho a su medida. Después de cinco nominaciones a los Oscar, parece que esta vez ha decidido poner todos los medios para conseguirlo. Sin embargo, el Oscar no podrá ser para la película como tal, que a pesar de tener momentos muy conseguidos, padece un ritmo irregular, que incluye tramos aburridos y tiene un cierto tono folletinesco que distancia emocionalmente al espectador.

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Albert Nobbs

Pablo Berenguer

Querido Director:

Me refiero al artículo de M. Borghesi "La Iglesia no necesita un partido de zelotes", título bajo el cual se califica y critica la opción de quienes no estamos de acuerdo con que los católicos españoles deban identificar su presencia en política con el Partido Popular.

Es un hecho que he observado a menudo el que coincidan (en el caso de M. Borghesi –por lo que he podido seguir en este periódico- de manera particularmente explícita) dos posturas que, sin embargo, me parecen contradictorias:

(1) En el plano formal, una defensa a ultranza de la libertad religiosa y la laicidad, en su interpretación más moderna, subrayando con carácter universal la conveniencia y autenticidad de un estado de cosas en que la propuesta cristiana no pueda identificarse nunca, en ningún lugar y de ningún modo con el poder político, ofreciéndose esa propuesta a todos desde la más estricta igualdad con las demás. Desde este planteamiento se juzgan severamente diversas opciones y situaciones de la Iglesia en su historia.

(2) En el plano de la realidad política presente, una correlación entre el bien de la Iglesia y de su misión con el apoyo (no público, no jurídico, no formal, sino en el plano de los hechos "reales", la trastienda donde se jugaría la partida) de un partido político poderoso, con capacidad de otorgar y retirar beneficios, favores y castigos y defenderla de sus enemigos.

El modo en que, quizá, esta contradicción se trataría de resolver consistiría en desplazar el foco de los valores al sujeto. Para la Iglesia no sería importante que el poder político al que se apoya y del que se recibe apoyo defienda o no (o incluso ataque frontalmente) los valores que la Iglesia más aprecia (particularmente los "principios innegociables" enunciados por Benedicto XVI, considerados superados por algunos). Lo decisivo en política sería que el sujeto Iglesia sea protegida por al menos una facción del poder para poder así realizar su misión en la sociedad con las mayores ayudas y menores trabas posibles. Ese amparo o apoyo, naturalmente, sólo puede ser recíproco (y así se observa en ciertas opciones editoriales partidistas de medios de comunicación católicos o en los pronunciamientos y manifestaciones de católicos frente a los gobiernos en función de qué partido gobierne).

En respuesta a Borghesi

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