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23 JULIO 2017
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En el centro de la historia

Los medios occidentales tienden a minusvalorarlo porque lo consideran un problema ideológico o si acaso moral. Si el medio es radicalmente liberal o progresista, "lo de los cristianos" a sus editores les suena a una cuestión de gente de derechas y a esos no conviene darles mucha cancha. Si hablamos de una radio, una televisión o un periódico relativamente independiente, lo cierto es que no saben cómo encajarlo: no es una información fácilmente clasificable, no hay homosexualidad por medio, ni problemas de libre mercado ni tampoco el asunto, siendo honestos, encaja fácilmente en el choque de civilizaciones. Sin ir más lejos los cristianos de Oriente Próximo son tan árabes como los musulmanes. Así que también acaban por silenciarlo.

Más de 100.000 cristianos son asesinados al año y 200 millones sufren a causa de su fe. Moralmente es inadmisible el silencio sobre lo que supone un auténtico genocidio. Y es inadmisible porque en cada uno de los casos de persecución no sólo está implicada la libertad y la dignidad de un grupo importante de personas sino una encrucijada histórica de la que depende el futuro, la libertad y el progreso de buena parte del planeta. Pongamos el caso de Oriente Próximo. La mentalidad estadounidense con la que se inició la intervención en Iraq estaba influenciada por un cristianismo abstracto, incapaz de entender la raíz y el valor histórico del credo. Incapaz de entender el peso decisivo de la minoría caldea, que ha sido torturada desde la Guerra de 2003. Los caldeos son el elemento clave para garantizar un Estado plural. Suponen un freno a los intereses de Arabia Saudí e Irán en la zona. Por eso hay que eliminarlos. Es lo que no supo ver Bush, ni por supuesto Obama. Los cristianos son perseguidos en Egipto, Iraq, Irán y Pakistán porque representan la libertad real, la que nace de la tradición, no la que se inventan en Washington. El elemento que se resiste a los proyectos hegemónicos de chiíes y suníes. Si triunfan uno u otros las perspectivas son negativas.

Lo mismo se puede decir de los otros tres puntos calientes del planeta. China pronto será la primera economía del mundo. Kissinger ya recomendaba hace unos meses que Estados Unidos la dejara pasar y no cuestionara su liderazgo. Pero en el corazón del Gigante Asiático se está librando una decisiva batalla: su economía, su gran fuente de poder, está dando muestras de debilidad, su desarrollo no es integral. El capitalismo de Estado hace aguas porque se olvida de la persona. Y también en este punto del mundo el trato que recibe la minoría cristiana es un indicador decisivo. La sociedad china, a la que no le satisface la nueva riqueza, vive un despertar religioso. El Partido Comunista quiere encauzarlo hacia los credos orientales. Pero le niega la libertad plena a los bautizados porque sabe que su fe está hecha de historia y supone, al fin y al cabo, un cuestionamiento del poder. India, con una población de 1.200 millones de personas y una extraordinaria energía social, compite por el primer puesto con China. Sus nuevas generaciones tienen más capacidad de aprender. Y en este subcontinente los cristianos también están en el centro de un gran huracán: son la piedra de toque del nacionalismo hindú, un fenómeno poco conocido, alimentado por la ideología Hindutva, que aspira y que puede controlar el país. Y en América Latina, el cuarto polo del desarrollo mundial, la polémica que suscita la presencia cristiana no es menos relevante. En la América en la que se habla español y portugués, como señala Enrique Krauze, el presente y el futuro están marcados por un enfrentamiento. El que se libra entre los "regímenes redentores", que atentan contra las libertades y del que Venezuela es líder, y los que son realmente democráticos. Los regímenes redentores persiguen culturalmente, no físicamente, lo que ha significado y significa la fe en América, aborrecen del legado español.

El cristianismo es perseguido en estos cuatro puntos del planeta porque representa el testimonio de una humanidad diferente. La diferencia se percibe en sus expresiones de caridad, en el rechazo de la violencia, también en el terreno cultural, social y político. Porque es un signo de contradicción a favor del bienestar real de la gente.

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