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27 NOVIEMBRE 2014
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Infierno blanco

Juan Orellana

El siempre grande Liam Neeson está al frente de esta historia de aventura y terror, que acumula tópicos y que se permite hacer sus pinitos teológicos sobre la existencia de Dios. Está bien rodada, e incluso bien interpretada, pero está llena de inverosimilitudes, de situaciones trilladas, y momentos de pura fórmula sin pizca de originalidad.

La cinta es un canto al individuo, a la autosuficiencia, al impulso vitalista por sobrevivir, así como supone una negación algo infantil del sentido trascendente de la vida. Si la película hubiera optado por la mera aventura, dejando fuera sus veleidades metafísicas, probablemente hubiera mejorado algo, aunque no es seguro. No está mal... para pasar el rato.

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Infierno blanco

Pablo Berenguer

Querido Director:

Me refiero al artículo de M. Borghesi "La Iglesia no necesita un partido de zelotes", título bajo el cual se califica y critica la opción de quienes no estamos de acuerdo con que los católicos españoles deban identificar su presencia en política con el Partido Popular.

Es un hecho que he observado a menudo el que coincidan (en el caso de M. Borghesi –por lo que he podido seguir en este periódico- de manera particularmente explícita) dos posturas que, sin embargo, me parecen contradictorias:

(1) En el plano formal, una defensa a ultranza de la libertad religiosa y la laicidad, en su interpretación más moderna, subrayando con carácter universal la conveniencia y autenticidad de un estado de cosas en que la propuesta cristiana no pueda identificarse nunca, en ningún lugar y de ningún modo con el poder político, ofreciéndose esa propuesta a todos desde la más estricta igualdad con las demás. Desde este planteamiento se juzgan severamente diversas opciones y situaciones de la Iglesia en su historia.

(2) En el plano de la realidad política presente, una correlación entre el bien de la Iglesia y de su misión con el apoyo (no público, no jurídico, no formal, sino en el plano de los hechos "reales", la trastienda donde se jugaría la partida) de un partido político poderoso, con capacidad de otorgar y retirar beneficios, favores y castigos y defenderla de sus enemigos.

El modo en que, quizá, esta contradicción se trataría de resolver consistiría en desplazar el foco de los valores al sujeto. Para la Iglesia no sería importante que el poder político al que se apoya y del que se recibe apoyo defienda o no (o incluso ataque frontalmente) los valores que la Iglesia más aprecia (particularmente los "principios innegociables" enunciados por Benedicto XVI, considerados superados por algunos). Lo decisivo en política sería que el sujeto Iglesia sea protegida por al menos una facción del poder para poder así realizar su misión en la sociedad con las mayores ayudas y menores trabas posibles. Ese amparo o apoyo, naturalmente, sólo puede ser recíproco (y así se observa en ciertas opciones editoriales partidistas de medios de comunicación católicos o en los pronunciamientos y manifestaciones de católicos frente a los gobiernos en función de qué partido gobierne).

En respuesta a Borghesi

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