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7 DICIEMBRE 2016
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La curación está en marcha

José Luis Restán

Es un hecho que desde algún tiempo alguien se encarga, desde el interior de la estructura vaticana, de la vieja y sucia tarea de filtrar documentos reservados a la prensa, con intención no de arrojar luz sino de generar confusión y de construir una imagen desoladora del interior de la Iglesia. Los objetivos finales pueden ser ralos o de largo alcance. Ajustes de cuentas personales, demolición de la imagen del Secretario de Estado, oposición a las medidas de limpieza y transparencia impulsadas por Benedicto XVI, guerra preventiva contra algunos cardenales ante un futuro Cónclave... Pero no nos engañemos: las oficinas vaticanas no serán siempre un modelo de santidad pero tampoco son el Far West.

Si hay alguien que conoce a fondo las luces y sombras de ese mundo, ése es Joseph Ratzinger, que pronto cumplirá treinta años de servicio en esas estancias. Una vez, cuando era Prefecto de la Fe, le preguntaron sobre la Curia esperando de su finura espiritual y su conocida pulsión reformista que fulminase a esa estructura que tanto inspira a los autores de fantasiosos best-sellers y que a él mismo nunca le ha hecho la vida demasiado fácil. Con su suavidad e inteligencia habituales, y con ese instinto peculiar para no dejarse llevar por la corriente, Ratzinger respondió que en esa maquinaria tan denostada trabaja también mucha gente ejemplar, que dedica su vida al servicio de la Iglesia con un ahínco y una modestia de medios que harían palidecer a muchas empresas y administraciones públicas.

Pero está claro también que Benedicto XVI conoce bien qué riesgos ha corrido el Señor haciendo pasar su designio a través de la carne de instrumentos tan débiles. Sucede entre las familias, con los sacerdotes, con los intelectuales, ¿no había de suceder en la Curia? Me viene a la memoria cuanto dijo en el avión que le conducía a Portugal, sobre las persecuciones que padece la Iglesia a la luz de la profecía de Fátima: "los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia. También esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia... Somos realistas al esperar que el mal ataca siempre, ataca desde el interior y el exterior, pero también que las fuerzas del bien están presentes y que, al final, el Señor es más fuerte que el mal". Desde luego, no hablaba por hablar. Y al contemplar lo que está pasando uno recuerda al cura de Torcy cuando le dice a su colega de Ambricourt, en el genial Diario de un cura rural de Bernanos, que en la Iglesia conviven asnos, mulos y machos cabríos, algunos tan salvajes que se sienten deseos de matarlos, pero no es posible porque "el Amo quiere recibirlos todos en buen estado".

Desde hace tiempo vengo escribiendo que existe una sorda oposición a la línea fundamental del magisterio y del gobierno de Benedicto XVI, que curiosamente aúna a personas situadas en posiciones bien diversas dentro de esos esquemas tan habituales como izquierda-derecha, o conservadores-progresistas. Si eso sucede en tantos medios católicos (de prensa, intelectuales, algunos obispos...), ¿cómo no iba a suceder en el lugar más sensible, en la maquinaria prevista justamente para ayudar al Papa, pero en la que resulta tan sencillo poner zancadillas a su gobierno? Lo repito, bien está sentir un profundo dolor por todo esto pero evitemos rasgarnos las vestiduras. Por otra parte quien diseña estas estrategias de confusión siempre juega con las emociones, trata de dibujar una imagen grotesca a partir de pequeños hechos verdaderos.

La imagen de un Papa aislado e impotente, dedicado a sus escritos y a sus catequesis mientras el mundo se hunde a su alrededor, tiene una intención muy clara pero sobre todo es una gran mentira. Primero porque ha demostrado sobradamente su sentido de gobierno: gobernar es predicar con sabiduría, señalar las urgencias misioneras, establecer los cauces de la purificación, convocar el Año de la Fe, dialogar con la cultura laica... Y también es colocar hombres de peso y fidelidad probada en lugares esenciales, como viene haciendo no sin dificultades. Sería estúpido pensar que en un equipo del que forman parte hombres como Bertone, Ouellete, Levada, Cañizares, Piacenza, Koch... el Papa está solo. Lo que sí es verdad es que Benedicto XVI no ha buscado formar una escuadra de clones o de gente servil. Cada uno tiene su acento y su estilo, pueden discrepar en esto o aquello, nos pueden gustar más o menos. Pero es simplemente ridícula la idea de un Papa secuestrado en sus estancias y desbordado por los acontecimientos. Que salga el pus a la luz es síntoma de que la curación está en marcha.

Tengo verdadera expectación por escuchar lo que Benedicto XVI dirá el próximo fin de semana al Consistorio, y a través de él a todos nosotros, al mundo. Entretanto creo que toda esta marejada se resume en su preocupación más insistente: la debilidad de la fe, el cansancio de la fe, el riesgo de que ésta se apague. Y sería estúpido pensar que ese problema está sólo allá afuera, y no dentro de nuestra propia casa. En uno de sus últimos discursos en Alemania, nos dejó este juicio y esta guía: "no se trata aquí de encontrar una nueva táctica para relanzar la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy, viviéndola íntegramente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero que en realidad no es más que convención y costumbre".

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