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4 DICIEMBRE 2016
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Sydney y los sabios

José Luis Restán

Es cierto que la fotografía de Sydney no sirve por sí misma para diagnosticar cabalmente la situación de la Iglesia. Hace falta meter otros muchos factores en la ecuación porque la Iglesia es ancha y variada, afronta circunstancias diversas en la geografía del mundo, y en ella conviven brotes primaverales con ramas ya nudosas. Pero dicho esto, la escena de Sydney revela algunas cosas que muchos analistas profesionales se niegan a ver, o al menos ocultan con sospechoso interés: que la conexión con la juventud no tiene por qué perderse en la Iglesia (depende de la propuesta que se ofrece), que existen caminos educativos capaces de suscitar y acompañar la fe en el mundo de hoy, que la diversidad de carismas no divide sino que construye y, sobre todo, que la palabra y el testimonio de Pedro siguen siendo el más potente reclamo del que dispone la Iglesia para proponer al mundo su experiencia.

Desde luego repudio cualquier triunfalismo al respecto, pero démosle a cada cosa su valor, y hace falta ser miope para no reconocer el inmenso valor testimonial y educativo que ha tenido el encuentro de medio millón de jóvenes con Benedicto XVI, así como su enorme potencial de futuro. El hecho de que algunos se vean obligados a discutir sobre ello es ya significativo. Antes de comenzar la Jornada, al Papa le preguntaron si esta fórmula sigue siendo válida, y su respuesta fue que hay contemplar estos eventos en su itinerario completo: una preparación, una celebración y un camino que prosigue. Todos sabemos que Benedicto XVI no se deja subyugar por imágenes sentimentales o por movilizaciones de masas, pero el Papa ha comprobado de primera mano que su encuentro cara a cara con los jóvenes es una parte esencial de su misión.

Llegados a este punto, me pregunto si los discutidores profesionales han mirado y escuchado realmente lo que ha sucedido en Sydney, o sólo siguen un guión previamente escrito. Lo que allí ha sucedido es el espectáculo de la correspondencia imponente del anuncio cristiano con la espera del corazón del hombre, con su deseo clamoroso de felicidad, con su nostalgia de unidad y su exigencia de justicia. "¿Quién puede satisfacer este deseo humano de ser uno, de estar inmerso en la comunión, de ser edificado y guiado a la verdad?": ése es el desafío radical que Benedicto XVI ha vuelto a proponer en nombre de toda la Iglesia: ¿quién pude saciar vuestra sed del Infinito? Y para responder a eso no sirven las buenas intenciones, aquí se estrellan las falsas promesas y los ídolos de ayer y de hoy. Satisfacer ese deseo sólo está en manos de Aquel que lo ha clavado en el corazón de cada hombre, y que ha querido acompañarlo en su turbulenta aventura. Es la obra de Cristo, que el Espíritu Santo lleva a cabo en la historia.

El Papa se ha dirigido también a los que caminan en el filo del alambre, a los que están tentados de abandonar, a los que han recorrido el laberinto de los placeres que sólo dejan rabia y hastío... También los primeros estuvieron tentados de marcharse, de buscar la satisfacción lejos del hombre que habían encontrado... Y también entonces fue Pedro quien tomó la palabra para decir "¿a quién vamos a acudir, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?". Es la misma escena que se ha desarrollado en Sydney 2008 años después. ¡Alejarnos de Él es sólo un vano intento de huir de nosotros mismos! ha gritado Benedicto XVI a los jóvenes. "Lo que buscamos es enfrentarnos a la realidad, no huir de ella". Y es en la realidad donde Dios está con nosotros, no en la fantasía. Ahí estaba el vértice del desafío cordial que el Papa ha lanzado estos días: todo lo dicho ha de verificarse en la realidad, no en el vaporoso mundo de nuestros sueños, porque la fe es la razón abierta, la energía invencible que nos permite precisamente estar en la realidad y no escapar de ella a través de innumerables subterfugios. Por eso nada ha terminado, todo empieza precisamente ahora.  

A los jóvenes que ya preparaban la vuelta a sus lejanos hogares, el Papa les ha trazado esta apasionante ruta: "que el amor unificador sea vuestra medida, el amor duradero vuestro desafío y el amor que se entrega vuestra misión". Pero ¿cómo podrán llevar a cabo semejante empeño en las horas amargas de la propia casa, en las ásperas controversias de la vida pública o en el interior de la propia comunidad cristiana, tantas veces lastrada por inercias y recelos? De nuevo responde el Papa: "lo que constituye nuestra fe no es principalmente lo que nosotros hacemos sino lo que recibimos". Ése es el secreto de la renovación de la Iglesia y ésa es también la razón de tantos fallidos experimentos pastorales de los que ahora entonan su queja en lugar de permanecer anclados en la gratitud.

Al escuchar "los peros y sin embargos" de algunos de esos frustrados maestros que juegan al perro del hortelano, he recordado esta otra frase del Papa: "el amor de Dios puede derramar su fuerza sólo cuando le permitimos cambiarnos por dentro, debemos permitirle penetrar en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestro cansancio espiritual, de nuestro ciego conformismo con el espíritu de nuestro tiempo". No soy profeta para aventurar cómo será la JMJ de 2011 en Madrid, pero sólo porque se repita ese diálogo entre la propuesta de Pedro y el deseo del corazón de los jóvenes merecería la pena. Y en todo caso, claro que sí: la Iglesia se renueva cuando aflora y expone ante el mundo la verdad que es su nervio y su corazón más profundo, y eso va a suceder dentro de tres años en Madrid a pesar de las discusiones cansinas de los sabios. Alegrarse no es signo de conformismo, sino el inicio de una verdadera responsabilidad.

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