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11 DICIEMBRE 2016
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Kennedy ya no es suficiente

Lorenzo Albacete

Santorum expresó su opinión en pasado sábado en la columna This Week de ABC News: "La idea de que la Iglesia no pueda tener ninguna influencia o implicación en la operatividad del Estado es completamente antitética con los objetivos y concepción de nuestro país".

Durante su campaña presidencial, el 12 de septiembre de 1960, Kennedy decía que su religión no sería un elemento de su acción de gobierno. Según sus palabras, "creo en una América donde la separación entre Iglesia y Estado sea absoluta - donde ningún prelado católico pueda decir al presidente (aunque sea católico) cómo actuar y ningún pastor protestante pueda indicar a sus fieles a quién votar, donde ninguna iglesia o escuela confesional pueda obtener fondos públicos o privilegio alguno por motivos políticos, donde ninguna persona pueda ser vetada en un cargo público sólo porque su religión es distinta de la del presidente que lo debe nombrar o de la persona que lo deba elegir. Creo en una América que no sea oficialmente católica, ni protestante, ni judía, donde ningún funcionario público ni pida ni acepte instrucciones sobre las políticas públicas por parte del Papa, ni del Consejo Nacional de las Iglesias, ni de ningún otro organismo religioso, donde ninguna organización religiosa trate de imponer su voluntad, directa o indirectamente, al pueblo o a los actos de sus funcionarios, donde la libertad religiosa sea tal que una acción contra una iglesia particular sea una acción contra todas ellas".

En el programa Meet the Press de la NBC, Santorum volvió a insistir: "La idea de que quien tiene un credo debe considerarlo como un asunto privado, ¿qué significa, Dios mío? ¿El único lugar... lo único que se nos permite expresar en público son ideas mundanas o cosas que no están motivadas por la fe?".

De nuevo en ABC, Santorum dijo que el primer mandamiento "significa que todos, creyentes o no, pueden expresarse en público", mientras que en su discurso electoral Kennedy decía que "la fe no tiene acceso a la plaza pública". Santorum comenta: "Afirmar que quien tiene fe no tiene ningún papel público - bah, dan ganas de vomitar. ¿En qué clase de país vivimos si sólo las personas que no tienen fe pueden actuar en público y exponer sus opiniones? Me dan ganas de vomitar, y lo mismo debe sucederse a cualquier americano...".

Santorum teme que el gobierno actual esté tratando de imponer sus valores seculares a los creyentes: esto es lo que pasa "cuando quien tiene fe -al menos según John Kennedy- no tiene ningún papel" público.

Cuando Kennedy pronunció su discurso en 1960, algunos de sus defensores probablemente se molestarían por el tono y la vehemencia de sus palabras, pero la mayor parte lo atribuyó a la violencia de la oposición anticatólica ante la posibilidad de que un católico fuera elegido presidente. Además, en la cultura dominante, el pensamiento laicista no era tan evidente como lo es hoy, así que muchos católicos votaron por JFK (él decía que los monseñores no le votarían, pero sí las monjas).

Hoy, yo mismo, Monseñor, tendería a compartir las preocupaciones de Santorum y me gustaría evidenciar que el contexto en que se desarrolla el debate sobre Iglesia y Estado es distinto del de la época de Kennedy. El secularismo está mucho más avanzado en su intento de hacer de la fe algo políticamente irrelevante, y muchos católicos se han dado cuenta en las cuestiones referidas a la vida y la familia, además de otros cristianos que temen más al Estado que a la Iglesia católica.

Aún más, al afrontar la amenaza secularista, Santorum se queda en una dialéctica que no lleva a nada más que a una continua batalla.

Creo, sin embargo, que nuestra oposición a la ideología secularista debe comprender y mostrar la convicción de que, sea cual sea el modo en que el secularismo ve la realidad, en el corazón de cada uno permanece la nostalgia por una felicidad que el secularismo no puede satisfacer. Esta nostalgia es el deseo de Cristo en cada corazón humano, que sólo la fe puede empezar a satisfacer. Los laicistas no reconocen esta fe, que es siempre una Gracia, pero el deseo está ahí y es hacia él adonde debemos dirigir nuestro testimonio, confiados en que Cristo es la respuesta a la pregunta humana por la justicia, la verdad y el amor.

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