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4 DICIEMBRE 2016
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¿No es igual de grave el aborto que un infanticidio?

Nicolás Jouve, catedrático de Genética

Es una noticia espeluznante. Se afirma que matar a un recién nacido es un hecho moralmente irrelevante y que acabar con la vida de un bebé no es intrínsecamente diferente al aborto. Se trata de una opinión deleznable que se podría usar a la inversa. Si grave es un "infanticidio", lo que de forma inapropiada se denomina aborto después de nacer, ¿no será igual de grave matarlo antes de nacer?

Lo que sorprende es la frivolidad con la que se da por supuesto la legitimidad del aborto, como una especie de conquista social y avance de la humanidad, que parece ser insuficiente... porque podría no convenir el bebé que ha nacido por las mismas razones que se esgrimen para acabar con su vida durante el embarazo. Las razones que se señalan son "de categoría": la salud mental de la madre, las malformaciones del niño y además el abandono de la pareja que deja a la futura madre sola y preñada...  

El extender la eliminación del bebé tras el nacimiento encuentra una línea de argumentación en aquellos casos en que surgen patologías no detectadas durante el embarazo, por accidente durante el parto (ej: una asfixia perinatal con consecuencias en la salud mental del bebé, alteraciones debidas a mutaciones genéticas no detectadas, etc). El artículo casi se lamenta de los fallos en la detección de algunas alteraciones genéticas que determinan que lleguen a nacer niños con patologías y se menciona el hecho de que un análisis de 18 registros europeos realizados entre 2005 y 2009 haya permitido detectar por diagnóstico genético prenatal solo el 64% de los casos con síndrome de Down. Algo que los autores del artículo consideran negativo pues ha supuesto el nacimiento de unos 1.700 bebés con síndrome de Down sin que los padres tuvieran noticia de ello antes del parto. Naturalmente detrás de ello surge el comentario de que estos padres no pudieron decidir la interrupción del embarazo en su momento y que ahora les toca aceptar un bebé con una patología no deseada. Habrá que decir bien alto que la eliminación de un bebé antes o después de nacer por razones genéticas o por sus cualidades físicas y/o mentales es literalmente un acto de "eugenesia" (al mismo tiempo lo es también de eutanasia), que es algo que creíamos olvidado tras los sucesos de carácter social y político de principios del siglo XX en EEUU y sobre todo en la Alemania nazi.

Tras muchas más consideraciones del mismo tenor, el artículo nos traslada al terreno filosófico y los autores argumentan que el recién nacido y el feto son moralmente equivalentes, y nos tratan de convencer de que tanto el feto como el recién nacido son ciertamente seres humanos y "potencialmente" personas, pero no son personas en el sentido de "sujeto con derecho moral a la vida". Esta forma de pensamiento, que ignora los datos de la ciencia y le da la espalda al concepto filosófico de persona de Xavier Zubiri, nos recuerda los argumentos que justificaron la implantación de leyes del aborto tan nefastas como la "Ley Aído" en España. Pero ¿están en su sano juicio quienes defienden acabar con la vida de un ser humano? Probablemente nos dirán que no hay diferencia por aquello que dijo la ex-ministra del aborto: "El Gobierno no puede compartir la afirmación de que la interrupción del embarazo sea la eliminación de la vida de un ser humano porque sobre el concepto de ser humano no existe una opinión unánime, ni una evidencia científica".

Lo que hay que decir no es que matar a un niño recién nacido es equivalente a un aborto, sino justo lo contrario... matar a un bebé que no ha nacido aún es un «infanticidio». El infanticidio es un término jurídico que se refiere al hecho físico de acabar con la vida de un niño. Si el niño ya ha nacido, decidir en términos negativos sobre la continuidad de su vida es un infanticidio. Pero si el niño no ha nacido aún, por los mismos argumentos de la equivalente cualificación moral que los autores del artículo esgrimen, matarle durante su desarrollo fetal es igualmente un infanticidio. Eso por señalar la debilidad de la argumentación filosófica esgrimida en el artículo.

Pero además hay otra serie de razones, de carácter científico, que han de estar siempre presentes en la defensa de la vida. Ésta comienza en el momento de la fecundación, cuando se constituye el cigoto tras la fusión de los núcleos gaméticos materno y paterno. Ahí está ya la vida humana en acto, no en potencia. El cigoto, embrión unicelular, es la primera realidad corporal de  un ser humano. Posee una información genética propia que caracteriza su individualidad y su identidad que le acompañará de por vida. El desarrollo que sucede a continuación es algo que transcurre de forma continua. No vale esgrimir que no se es ser humano o persona hasta que no se alcance una determinada cualidad, pues lo cierto es que todas las cualidades que aún no hayan surgido lo irán haciendo a lo largo del desarrollo. Hay autores que llegan a negar el estatus de persona a quienes no han desarrollado la racionalidad, o un grado determinado (¿cómo?) de conciencia.

La racionalidad incluye todas las capacidades superiores del hombre: inteligencia, amor, moralidad y libertad. Pero no es necesario que la racionalidad esté presente en acto, es suficiente con que esté presente en potencia, como ocurre en las primeras etapas de la vida. Por ello, se debe afirmar que un discapacitado mental, un embrión o un feto, al igual que un ser humano recién nacido, o una persona que duerme o está en coma como consecuencia de un accidente, son personas. Conviene salir del concepto erróneo de que se han servido algunos ideólogos, de que ser persona es ser consciente. La capacidad de la autoconciencia es consustancial con el ser humano, forma parte de la humanidad y, como muy bien señalaba la Dra. Vila-Coro, «un individuo no es persona porque se manifiesten sus capacidades, sino al contrario, éstas se manifiestan porque es persona: el obrar sigue al ser; todos los seres actúan según su naturaleza».

Si la conciencia es algo que se desarrolla gradualmente, ¿en función a qué derecho se puede decidir sobre la vida de un embrión, un feto o un recién nacido?, ¿qué grado de conciencia marcaría el límite? Desde el punto de vista biológico no hay modo de establecer un antes o un después, -un punto de inflexión- en el desarrollo del sistema nervioso central que se desarrolla de manera continua y gradual, y no alcanzará su plenitud hasta bastante después del nacimiento. La conciencia tiene un sustrato biológico que ya está predeterminado desde el momento de la fecundación. La naturaleza biológica humana solo llega a su plenitud gradualmente. Si no se deja que esa vida se desarrolle, sería lo equivalente a un asesinato. Se cercenaría la vida antes de que llegase a su plenitud. Por ello, es igualmente grave acabar con la vida de un embrión, o un bebé antes o después de su nacimiento.

Nicolás Jouve es catedrático de Genética, consultor del Pontificio Consejo para la Familia y presidente de CíViCa

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