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8 DICIEMBRE 2016
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La huelga decisiva

Los sindicatos tienen un gran peso en la vida social y económica, no por el número de afiliados, sino por los muchos atributos que se le otorgaron al acabar la dictadura. Esas facultades se les concedieron, en parte, para compensar las condenas del "proceso 1001" contra los líderes sindicales que tuvo lugar en vida de Franco. El movimiento obrero fue uno de los polos de deslegitimación y de oposición al régimen franquista. Sobre todo a partir de los años 60, cuando comunistas y católicos desarrollaron comisiones obreras que negociaron directamente con los empresarios fuera de los "canales oficiales". El movimiento sindical se fue ideologizando durante los años 70 y los 80. Y ahora ya es una realidad autónoma con su propia agenda de poder. Fue el socialista Felipe González el primero que intentó corregir la situación pero las centrales le acabaron ganando la partida con una huelga general en 1988. A Aznar le pasó algo similar y también tuvo que echar marcha atrás tras la huelga de 2002. Y así España se ha quedado sin ese "redimensionamiento sindical" que en Gran Bretaña protagonizó Thatcher por la derecha y Blair por la izquierda.

Esta es la huelga decisiva, la que puede cambiar lo que no consiguieron cambiar ni González ni Aznar. Según las encuestas, casi el 70 por ciento de los españoles no apoya el paro. Con una crisis que va a generar 6 millones de desempleados este año, la opinión pública percibe la irresponsabilidad de los sindicatos. Las centrales se la juegan. Si no consiguen un buen resultado será el comienzo de su declive. El Gobierno de Rajoy estará armado de razones para limitar su poder. Pero detener la vida de un país es muy fácil, sobre todo en las grandes ciudades. Basta parar el transporte. Y el enfrentamiento puede prolongarse meses. Las centrales juegan, además, con una ventaja: hay todavía un importante sector de la población con una mentalidad que se resiste al cambio. A pesar de que España es el país con la mayor tasa de desempleo de Europa, a pesar de que la temporalidad está disparada, en cierto "subconsciente laboral" hay miedo a que se le otorgue más flexibilidad a las empresas. Muchos piensan que esa flexibilidad va a ser utilizada no para mantener o generar empleo sino para destruirlo.

No se puede despreciar ese miedo. Es síntoma de inseguridad, de falta de confianza en las nuevas oportunidades, de aversión al riesgo, de resistencia al cambio, quizás incluso de soledad para afrontar situaciones difíciles. A muchos les parece, aunque estén en el paro, que la única garantía frente a la crisis es un despido caro. Aunque sofoque la capacidad competitiva. Por eso, tan decisivo como el cambio de la cultura sindical es el cambio de la cultura del trabajo que permita superar el miedo. El vértigo laboral se puede vencer con la educación de jóvenes y adultos, con una compañía que permita emprender, asumir riesgos, abrir nuevos horizontes. En España, como han puesto de manifiesto los estudios del sociólogo Víctor Pérez Díaz, una de las cosas que más falta es confianza mutua en el mundo de las relaciones económicas. Hay mucho que aprender.

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