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9 DICIEMBRE 2016
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>Quedan 8 días para que empiece de nuevo la Transición

'La Iglesia fue decisiva para que hubiera Transición'

Andrés Borrero, José María G. Montero

¿Cuándo empieza la Transición?

Es muy difícil hablar de una fecha de transición. ¿Empieza en el momento en que el Rey hace su declaración ante las Cortes el 22 de noviembre de 1975? ¿En el momento en que es elegido Adolfo Suárez? ¿En el momento de la amnistía? Yo creo que no hay una fecha concreta, porque hay varias transiciones.

¿Cuáles son estas transiciones?

Hay una transición económica. Empieza en 1959. Se pasa de una política autárquica, que es la que había caracterizado al régimen desde el comienzo, hasta este final de los años 50, en que se plasma en el Plan de Estabilización de 1959. España, que había estado ausente de todas las grandes instituciones internacionales (el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional), en ese momento empieza a participar. España empieza a adecuarse a las instituciones económicas.

¿Cómo consiguen los españoles recuperar la unidad en la Transición?

Bueno, la unidad es reconciliación, es decir, hay que saber qué se entiende por unidad. Claro, la unidad en un régimen dictatorial es una cosa, y en un régimen democrático es otra. Es decir, ¿unidad, en qué? Aquello que se decía en la época anterior de la unidad entre los hombres de las tierras de España. Yo creo que uno de los fenómenos importantes en ese discurso del Rey que he dicho antes, del año 1975, es cuando el Rey se refiere, y yo tomé muy buena nota, como vasco, de aquella afirmación, cuando dice "el reconocimiento del hecho diferencial de los distintos pueblos de España". Eso es un lenguaje nuevo. Es decir, yo creo en la unidad, naturalmente, España tiene una unidad, como tiene Francia o como tiene cualquier país democrático. Tiene una unidad. Pero la unidad no significa el no reconocimiento de esos hechos diferenciales que existen, sobre todo en un país como España que tiene hechos diferenciales muy claros y muy marcados, culturales, históricos, lingüísticos, esos son los hechos diferenciales que hay que reconocer. Por eso yo creo que el salto que se da en 1978 con la Constitución reconoce esos hechos diferenciales a través de las Autonomías.

¿Qué papel desempeña la sociedad civil en esa reconciliación de la que estábamos hablando?

Yo creo que importantísimo. Sin la sociedad civil, evidentemente, a esto no se habría podido llegar. Lo que sí hubo es unas personas, grupos de pensamiento, grupos políticos, que no estaban cristalizados democráticamente, porque no había una democracia, que fueron decisivos. La sociedad civil juega un papel importante, la sociedad civil es la que promueve precisamente la Transición porque había un ansia de libertad. La libertad no era algo que estaba encajonado. Estaba condicionado por el régimen político, pero no quiere decir que no existiese una voluntad de libertad.

¿Qué importancia tuvo el Contubernio de Munich?

El llamado Contubernio de Munich tiene una importancia grande, porque es la primera vez que personas sin una responsabilidad política concreta, pero con una vocación política clara, y que alguna representatividad tenían, aunque limitada, se reúnen. Se reúnen los del interior con los del exterior. ¿Al amparo de qué? Al amparo del Congreso del Movimiento Europeo. Cometió un enorme error el régimen en aquel momento, castigando en la forma como lo hizo a sus miembros, sobre todo teniendo en cuenta que el 9 de febrero de 1962 se había solicitado la adhesión a las Comunidades Europeas. Allí se vieron y se entendieron Gil-Robles y Prieto, allí estuvieron personas muy significativas, que algunos de ellos serían luego senadores reales como por ejemplo Satrústegui. Allí estaba Fernando Álvarez de Miranda, que sería luego presidente de las Cortes. Allí estaba Íñigo Cavero, que sería presidente del Consejo de Estado, que sería diputado. Es decir, había muchas personas que, de las distintas áreas, de los cuerpos políticos que todavía no estaban cristalizados en partidos, ya se movían, existían y se pronunciaban.

¿Y el Grupo Tácito y Cuadernos para el Diálogo?

El Grupo Tácito y Cuadernos para el Diálogo. Están muy cercanos uno y otro. Cuadernos para el Diálogo es una revista que tuvo una gran significación. Fue una revista muy bien hecha, con una gran personalidad que jugó un papel muy importante que fue Joaquín Ruiz-Giménez. Joaquín Ruiz-Giménez, que había estado en el Régimen, que había sido embajador ante la Santa Sede, que había sido ministro de Educación, se da cuenta de que aquello no es viable, que es necesario dar unos pasos que no están dando, y ya se desengancha a partir del año 1956, y unos años después decide lanzar una revista que es Cuadernos para el Diálogo. Cuadernos para el Diálogo iba marcando un camino que tuvo mucha importancia y en el cual estaba un sector del socialismo moderado y un sector de la democracia cristiana. Personas como por ejemplo Gregorio Peces-Barba, como Javier Rupérez, estuvieron ahí, y realmente formaron un núcleo que tuvo una importancia fundamental porque eran la proyección de un pensamiento que muchos compartíamos, a través de una revista.

El Grupo Tácito es un grupo de profesionales que estábamos en torno a la Universidad San Pablo-CEU, a la Asociación Católica de Propagandistas, en definitiva al CEU, y que nos reuníamos allí muchos días, y hablábamos. Éramos un núcleo de unas 20 personas, 30 personas, 40 personas. Llegó un momento en que dijimos: "bueno, está muy bien, nos reunimos aquí una vez por semana, hablamos, pero esto al final no se proyecta hacia el exterior". Y entonces decidimos que había que hacer unos artículos, y que había que proyectar hacia la sociedad lo que nosotros pensábamos. Artículos sobre temas culturales, temas políticos, temas económicos, sobre temas institucionales, sobre el futuro. El problema que tuvimos, el primero, fue dónde podíamos proyectar nuestro pensamiento. Vimos que el medio de comunicación más cercano era el Ya. El Ya era un gran periódico, uno de los grandes periódicos que ha habido en España, que desgraciadamente lo dejaron morir. Pero marcaba una línea centrista, de
incorporación de ideas... Hablamos con el director de Ya, estuvo de acuerdo en que todos los viernes o los sábados habría un artículo sobre nuestro pensamiento. Pero cuando escribimos el primer artículo, el problema, que dijo alguien cuando ya estaba hecho el artículo, es: "¿y quién lo firma?, ¿el que lo ha hecho?, ¿los 2 ó 3 que lo han hecho?, ¿los que han estado presentes?, ¿la Comisión Ejecutiva?". Pero mientras tanto, había que encontrar algún medio, y el director del periódico nos llamaba acuciantemente para que enviásemos el artículo porque si no, no se publicaba al día siguiente. Entonces hubo alguien que dijo: "Vamos a poner un pseudónimo, Tito Livio", y no fue aceptado por nadie, entonces a mí se me ocurrió dar el nombre de "Tácito". ¿Por qué Tácito? Tácito es el historiador de la decadencia del Imperio, estábamos en la época de decadencia, y al mismo tiempo lo tácito es lo no expreso, y sabíamos que íbamos a tener que hablar tácitamente muchas veces, porque no nos iban a dejar decir todo lo que pensábamos. No gustó a casi nadie pero, como seguía acuciando el director del periódico, lo mandamos.

¿Qué sucedió entonces?

Al día siguiente salió en los medios la noticia: "Ha nacido el Grupo Tácito", y nos quedamos con el nombre. Hicimos los primeros cien artículos, las primeras cien semanas, y publicamos un libro. Un libro que yo todavía muchas veces recorro y me llena de emoción porque realmente había mucha ilusión puesta en aquellos artículos. Lo curioso es que después de ese grupo, en el primer Gobierno, que había 14 ministros, siete éramos de Tácito. Eso ayudó muchísimo, porque nos conocíamos muy bien, habíamos trabajado juntos, y unos abordaban el tema económico, los otros el tema de infraestructuras, yo llevaba la política exterior, y eso nos ayudó mucho porque sabíamos lo que pensábamos y por consiguiente teníamos un peso en el Consejo de Ministros, y teníamos la gran consideración de Adolfo Suárez, que no era del grupo Tácito, estaba en una familia política e ideológica distinta, pero nos respetaba. El mayor de nosotros era Alfonso Osorio, que había tenido, además, algunas responsabilidades políticas, y ejerció un cierto liderazgo, que fue sutil y suave, pero que fue muy eficaz.

¿Qué papel tuvo la Iglesia en la reconciliación?

Creo que la Iglesia ha señalado siempre y ha marcado la idea de reconciliación. Hubo una persona que jugó un papel muy importante en esa reconciliación que era la cabeza de la Iglesia en España, el presidente de la Conferencia Episcopal, que fue monseñor Tarancón. Monseñor Tarancón yo creo que jugó un papel importantísimo, (porque era un hombre que estaba convencido de la necesidad de un sistema democrático en España). Hizo un esfuerzo muy grande para conseguirlo. Quiero decir también que hubo un capítulo que jugó un papel importante en ese momento, que fue el de las relaciones Iglesia-Estado. Hay algo que no se menciona a menudo, y que sin embargo conviene recordar, y es que las relaciones entre la Santa Sede y el Gobierno, el Régimen político español, en la época de Franco, tuvieron muchas tensiones. Y tuvieron muchas tensiones sobre todo a partir de la segunda mitad de los 60. Es distinta la situación de los 40, de los 50, pero la de los 60, sobre todo desde que el Concilio Vaticano II reconoce la libertad religiosa. España era un país confesional, en el que la religión marcaba unas pautas, en la que había una gran identidad Iglesia-Estado, y había una confesionalidad del Estado. Pero esa confesionalidad del Estado no es admitida ya en el Concilio Vaticano II, donde se produce la desconfesionalidad del Estado desde la Iglesia.

Eso no era compatible con el concordato de 1953.

El Concordato de 1953 entre España y la Santa Sede reconocía, por ejemplo, un sistema de derecho de presentación de los obispos en un juego entre la Iglesia y el Estado de tal manera que al final, el jefe del Estado definía y determinaba de qué manera y quiénes iban a ser los obispos. El jefe del Estado se atribuía unos derechos que eran derechos históricos de la Corona de España, no siendo titular de la Corona de España, sin embargo se atribuía esos derechos. Hasta que el Concilio Vaticano II corta con esa línea y pide a los gobiernos y regímenes que tienen ese derecho de presentación que lo renuncien. Eso provocó a finales de los años 60 una carta del Papa Pablo VI al jefe del Estado español, que tiene una respuesta diciendo que él no acepta la propuesta que le hace el Papa de llegar a una renuncia al derecho de presentación. Pues bien, a la muerte de Franco, el Gobierno, alguno de sus ministros, concretamente el ministro de Asuntos Exteriores y el ministro de Justicia, que eran Don José María de Areilza y Don Antonio Garrigues, quieren aplicar el Concilio Vaticano II y la Declaración de Libertad Religiosa a España, e inician una negociación con el cardenal Tarancón, y avanzan mucho. Pero hay un obstáculo, que resulta insalvable, que
es el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro. Carlos Arias Navarro no permite esa fórmula, no lo quiere aceptar, de ninguna manera, hay que tener en cuenta que Carlos Arias Navarro había sido jefe de Gobierno en la época del General Franco y había sido antes ministro de Gobernación, y antes Director General de Seguridad. Y no lo aceptaba. Al llegar yo al Palacio de la Zarzuela, me hacen pasar al despacho del Rey, inmediatamente se incorpora Adolfo Suárez, y el Rey nos dice que el primer tema que quiere resolver es el de las relaciones Iglesia-Estado. Las relaciones Iglesia-Estado habían sido enormemente tensas, ya he dicho en los años del final del régimen del General Franco, pero también en los primeros seis meses del Gobierno de Carlos Arias Navarro. La solución es muy sencilla. El Rey renuncia al derecho de presentación, renuncia a los privilegios de la Corona a través de una carta que escribe al Papa, y que entrega el jefe de su Casa, Marqués de Mondéjar, el 13 de junio de 1976. Yo voy a Roma el día 28 de junio y firmo con el Cardenal Villot, que es el Cardenal Secretario de Estado, un acuerdo para renunciar al derecho de presentación. El nombramiento se hará con la forma que se hace con todos los demás países. Esos cuatro convenios después de tantos años, desde el 1979 hasta el año actual, siguen vigentes.

¿Fue importante la opción de reconciliación adoptada por el Partido Comunista en la Transición?

Yo creo que también es un dato importante y conviene tener memoria de él. Lo mismo que antes he señalado algunas personas que jugaron un papel importante en determinadas instituciones, yo creo que ahí jugó un papel importante el Secretario General del PCE. Al final, las instituciones son importantes, pero las instituciones las tienen hombres, mujeres, personas, y ahí el papel de Santiago Carrillo creo que fue muy importante. Carrillo se dio cuenta de que había que dar unos pasos, para lo cual tenía que vencer las resistencias que tenía en su propio espacio político. Había personas que habían sufrido torturas, había personas que habían sufrido el exilio, el propio Santiago Carrillo tuvo que vivir fuera de España, y cuando venía a España tenía que ponerse una peluca para que no se le reconociera. Todo esto era una realidad. No se puede ignorar la realidad existente. Había, por un lado, unas responsabilidades muy graves (Paracuellos, hechos producidos durante la época de la República), pero por otro en los 70 Carrillo se hace eurocomunista. Reconociendo los errores, los gravísimos hechos cometidos por el PCE durante la época de la Guerra Civil y las actitudes que se habían tenido durante el régimen de Franco con respecto a las personas que habían pertenecido al Partido Comunista, con todo eso, que es la historia, hubo unas personas que tuvieron el talento, que tuvieron la generosidad, que tuvieron el esfuerzo para poder llegar a una fórmula que superaba todo. Y eso fue muy hermoso. Quiero contar una anécdota, cuando se estaba negociando lo que decía antes de los Acuerdos con la Santa Sede, yo fui a ver al Secretario General del PCE, para ver qué reacción tendría ante la votación de los acuerdos con la Santa Sede. Y Santiago Carrillo, en las Cortes, me dijo: "mire usted, yo creo en la paz religiosa, por consiguiente no veo ninguna razón para que en este momento se ponga obstáculo a estos acuerdos, yo lógicamente tendría que ponerme en contra, pero si hace falta para que se aprueben, yo estoy dispuesto a la abstención".

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