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2 DICIEMBRE 2016
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"La reconciliación no es darse abrazos sino trabajar juntos"

Miguel de Haro, José María G. Montero

¿Cómo se trasladó la voluntad de reconciliación de la Transición a un mecanismo legislativo?

La voluntad de reconciliación yo creo que se expuso bien en su día en la homilía del presidente de la Conferencia Episcopal y cardenal de Madrid cuando confirmó con su autoridad moral a Su Majestad el rey don Juan Carlos. Aquel fue un discurso breve pero un discurso muy inteligente que puso las bases de la reconciliación. En aquella locución hay una palabra que se repite, va cambiando la entonación, va cambiando el verbo con el que se conjuga, unas veces es el sujeto, otras veces es el complemento directo pero esa palabra es la protagonista de la reconciliación y esa palabra es el "todos". El cardenal Tarancón dice: "Majestad, todos los españoles tienen que hacer el futuro, necesitamos que reine sobre todos los españoles". Esos 20 minutos ponen el sustrato, la filosofía de la inclusión en el concepto de España. Todos los españoles, los del norte y de los del sur; los exiliados y de los que están dentro, los que son de extrema derecha o son de izquierdas o son del norte, ¡todos!, están incluidos. El amor de una España debe tener por sujeto pasivo la otra España y el de esa otra España también debe hacer recaer su amor a la primera España, eso es la reconciliación. La reconciliación no es darse abrazos ante una cámara de televisión, la reconciliación es vamos a trabajar juntos, que nuestros hijos y nuestro nietos puedan vivir en el mismo país, estudiar en las mismas escuelas, trabajar en las mismas empresas, andar por los mismos caminos, hacer las leyes juntos. Se hace un llamamiento a todos los españoles pero no como mero sujeto pasivo sino para que protagonicen una nueva etapa de la historia de España. ¿Eso qué significa desde el punto de vista legislativo? Pues significa que los legisladores van a legislar para todos, que todos van a tener los mismos derechos. Es el gran problema que ya se planteaban los filósofos griegos sobre lo que entendían ellos en su polis por la democracia. Pero es también el planteamiento escolástico, la idea del bien común en Santo Tomas es una idea de inclusión de toda la sociedad. Jurídicamente, desde hace mucho tiempo el derecho ha avanzado para la reconciliación de los pueblos.

¿Qué importancia tiene que la Transición se haga de la "ley a la ley"?

En la Transición se cuidó mucho la suma de legitimidades o de fuentes de legitimación. Hay fuentes de legitimación que son importantes para mucha gente, pero quizá no para todos: la fuente de legitimación del poder político en Europa es el consentimiento popular; un régimen que no tiene consentimiento popular, lo estamos viendo en el norte de África, no está legitimado a los ojos de la ciudadanía a finales del siglo XX y principios del XXI. Pero junto a ese gran factor de legitimación hay otro. Se sale de una situación que para un sector de la población es legítima. Le es más fácil admitir otro sistema político si se sale del anterior según los mecanismos que tenía establecidos. Gracias a que la Transición se hace "de la ley a la ley" se pasa de una fuente de legitimación a otra fuente de legitimación, sumando las dos. No es solo un formalismo de quienes somos técnicos en derecho público.

¿La Constitución de 1978 pretende responder a una cierta falta de conciliación que se dio históricamente, en concreto con la Constitución republicana del año 31?

La Constitución del 78 está redactada, como es natural, desde la experiencia de que este, el nuestro, es el país que, junto con Francia, se ha dado más constituciones en su historia. ¿Eso qué quiere decir? Pues eso quiere decir que las constituciones españolas, como las francesas, han tenido problemas de enraizamiento. Por muchas circunstancias, no siempre son las mismas en todos los casos. La Constitución del 31 es una Constitución que tiene unas circunstancias muy singulares: es fruto de una crisis en la historia de España que se da, fundamentalmente pero no solo, en la Guerra de Marruecos; que afecta a Su Majestad Alfonso XIII y que es fruto de unas elecciones municipales en las que no se les llama a los electores a votar sino a elegir concejales y directa o indirectamente alcaldes. Es característico en nuestra historia del derecho constitucional que llega una constitución y la anterior no se deroga. La Constitución del 31 no deroga la de 1876 y hay que decir que luego, nadie se tomó la molestia en derogar tampoco la del 31. A lo largo de la historia del constitucionalismo español, normalmente las constituciones no derogan la anterior, porque son frutos de golpes, de saltos en el vacío... son fácticas. La del 31 tiene una gran carga fáctica, pero no es la única, y ciertamente, el espíritu, el clima, el caldo de cultivo en el que se debate está dotado de menos aperturas al diálogo que en 1978, lo cual no quiere decir que la Constitución del 31 tenga cuestiones mejor resueltas que la del 78 y viceversa, sobre todo hablando de situaciones muy diferentes. A la altura en que se inicia y se impulsa la Transición, hay una idea de intentar hacer una Constitución para todos los españoles, es decir, terminar con etapas de seudounanimidad. Sabemos que los españoles son plurales, que todos lo somos, que tenemos que convivir constructivamente en un clima al servicio de las personas y en la búsqueda del interés general, en la búsqueda del interés común; y eso es algo que cala en las Cortes Constituyentes y de una forma natural, porque las elecciones de 1977 no son cortes constituyentes stricto sensu, lo son parcialmente, porque son convocadas por la Ley para la Reforma Política para modificar las leyes fundamentales del sistema anterior. Con gran naturalidad se empieza a hablar de hacer una nueva Constitución. Lo que bien acaba, bien empieza o viceversa. Es muy difícil en la historia saber hasta qué punto unos sentimientos, unos impulsos generosos del pueblo, tienen relación causal sobre unos impactos o esos impactos a su vez tienen efectos sobre lo que viene después. La excesiva racionalización sobre los momentos cruciales de nuestra historia no es fácil. Pero lo cierto es que los españoles de derechas, de centro, de izquierda miran a Europa, quieren entrar en Europa. Se leen las constituciones europeas, se dice: "queremos hacer algo más o menos como esto", "Doctor, deme una medicina más o menos como lo que están tomando los alemanes, los italianos, los austriacos...". No todo es nuestro ingenio, nuestra bondad, nuestras ganas de entendernos, nuestra buena disposición. Probablemente la diferencia más significativa entre el momento 1977-1978 y otros momentos de nuestra historia es que el pueblo español y sus constituyentes en nuestra última Transición saben dónde quieren ir. Aspiran a ser miembros de la Europa unida, esa es una aspiración de la totalidad de los parlamentarios que están en el Congreso y en el Senado.

¿Cómo se pasa del consenso inicial al conflicto actual?

Yo he escrito un librito, que se titula Del consenso constituyente al conflicto permanente. Mi tesis es que hemos pasado de una Constitución que es modélica, que se redactó en una situación que no era fácil: había terrorismo, otras limitaciones, había falta de experiencia, habían pasado 40 años en que nadie sabía cómo se hacía una Constitución, cómo se hacían determinado tipo de leyes... en el mundo occidental se quedaron admirados de cómo los españoles, siendo taurinos, eran pacíficos. Pero luego la cosa tiene su marcha. No somos un modelo de disenso hipercivilizado. El disenso hay que practicarlo. Pero nosotros tenemos desgraciadamente un clima de conflictos que ya no son disensos, son conflictos radicalizados. Esos conflictos tienen que producirse, vivir y disolverse en el seno de la convivencia nacional de la que habla la Constitución en su preámbulo. No es posible llevar las cosas más allá de un punto sin dañar esa convivencia. No es posible que las instituciones funcionen óptimamente, si se radicalizan los conflictos. No es posible que el sistema autonómico se convierta de centrípeto en centrífugo, porque conviene a una dinámica de nacionalismos quizá exacerbados. No es conveniente ideologizar desde ideologías muy cerradas cuestiones que no son ideológicas: en este país, por ejemplo ha habido un momento que parecía que los trasvases de los ríos eran de derechas y las desalinizadoras eran de izquierdas: esto no tiene ni pies ni cabeza, es un problema de calcular costes, estudiar holográficamente, ver las técnicas al uso de cuáles son las más interesantes... no se puede levantar una bandera de derecha, de izquierda, del norte o del sur en torno a lo que tienen que ser soluciones de obras públicas. Soluciones que se tienen que adoptar desde la solidaridad: el valor de la solidaridad es el que debe fluir y compactar la convivencia a todos los niveles. Hay una proyección de la solidaridad intergeneracional: los que somos mayores, aunque nos pese, tenemos una obligación de solidaridad con los que son más jóvenes; los que son más jóvenes también tienen un deber de solidaridad con los mayores; aquellas partes del territorio que tienen costa al mar tienen que ser solidarias con las interiores, los que tienen riquezas como la minería o un buen clima, o una buena agricultura o una buena ganadería, tienen que ser solidarias con las que no la tienen. Las que tienen más agua, tienen que ser solidarias con la España seca y así hasta el infinito.

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