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1 SEPTIEMBRE 2014
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>Quedan 7 días para que empiece la Transición

El Contubernio de Munich

Eugenio Nasarre

La Europa de 1962 estaba ya saliendo de la difícil reconstrucción de sus sociedades devastadas por la guerra. Un nuevo horizonte se oteaba en el panorama mundial. El Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII, estaba a punto de comenzar. Kennedy, con su fuerte liderazgo, hablaba de la "nueva frontera". Martin Luther King galvanizaba a los americanos con su pacífica batalla por la igualdad de los derechos civiles. Kruschof había enterrado parcialmente el estalinismo. La Europa de las democracias vivía una fase de creciente prosperidad.

¿Quiénes eran aquel puñado de españoles que se reunieron en Munich? Eran españoles de "las dos orillas", de quienes habían estado en el bando de los vencedores y en el de los vencidos, españoles del interior y del exilio. Representaban un amplio abanico del pluralismo político: monárquicos y republicanos, liberales, democristianos, socialdemócratas y socialistas, nacionalistas vascos y catalanes. Los había de la generación que había protagonizado la guerra como Salvador de Madariaga, José María Gil Robles, Dionisio Ridruejo, Rodolfo Llopis, Manuel de Irujo o Jaime Miralles y de la de quienes se habían formado en la postguerra como Fernando Álvarez de Miranda, Iñigo Cavero, Carlos Bru, Fernando Baeza, José Vidal Beneyto, José Federico de Carvajal, Jesús Prados Arrarte y tantos otros. Era la primera vez desde el fin de la guerra que de una manera pública y solemne se producía un encuentro de tan amplias proporciones. Salvador de Madariaga escribió que con aquel encuentro entre españoles terminó la guerra civil. Fue, desde luego, el primer paso para la reconciliación.

En Munich aquellos españoles aprobaron por unanimidad una resolución, que por su moderación y generosidad marca, a mi juicio, lo que será el "espíritu de la Transición". Tras reconocer que la integración de todo país a Europa exige "instituciones democráticas que garanticen que el gobierno se basa en el consentimiento de los gobernados", el texto agrega:

"Los delegados españoles, presentes en el Congreso, expresan su firme convencimiento de que la inmensa mayoría de los españoles desean que esa evolución se lleve a cabo de acuerdo con las normas de la prudencia política, con el ritmo más rápido que las circunstancias permitan, con sinceridad por parte de todos y con el compromiso de renunciar a toda violencia activa o pasiva antes, durante y después del proceso evolutivo".

Pero este espíritu todavía no había llegado a la totalidad de las fuerzas políticas de España. Por eso el significado de la reunión de Munich fue -y ése es también su valor- el de un acto precursor. El régimen de Franco reaccionó con virulencia y desató una feroz campaña denigratoria de los allí congregados. De ahí que el encuentro haya pasado a la historia como el "contubernio de Munich". A la mayoría de los asistentes, a su regreso a España, se les hizo elegir entre el exilio o el confinamiento. Como tal, la reunión de Munich fue un fracaso. Sus objetivos no se pudieron cumplir a corto plazo. Pero, sin duda, fue una semilla, que marcó el camino que conduciría a la Transición. Desde entonces se vio a Europa -la Europa democrática- como la solución y tal planteamiento fue uno de los elementos que formaron parte esencial del futuro consenso.

Desde el "contubernio de Munich" todo empezó a ser diferente en la vida política española. Comenzaron los agitados años sesenta: la recepción del Concilio, el robustecimiento de un movimiento obrero reivindicatorio, el estallido de las revueltas estudiantiles, las sucesivas aperturas del Régimen, y, en el trasfondo, un intenso cambio social sustentado por una prolongada y consistente prosperidad económica. El camino hacia la Transición se había puesto en marcha.

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