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11 DICIEMBRE 2016
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El sol de Indochina

José Luis Restán

Diez años no son muchos, pero en el actual marasmo digital parecen una eternidad. Fue en 2002 cuando nos dejaba tempranamente el cardenal Van Thuan. Cuatro años atrás había asumido alegremente el encargo que le hiciera Juan Pablo II de presidir el Consejo Pontificio Justicia y Paz. ¿Quién mejor que él, testigo viviente del gulag, que había perdonado a los mismos verdugos ante quienes nunca se doblegó? Pero en el fondo nunca se adaptó del todo a su estancia romana, siempre deseó volver a su amado país. Nadie ha hecho una película sobre este vietnamita cuya historia apasionante conmueve a cualquiera que se le acerque: hijo de una familia católica con más de trescientos años a las espaldas, que llegó a prestar grandes funcionarios e intelectuales a la corte; joven arzobispo de la antigua capital del sur, Saigón, cuya prisión fue decretada por los revolucionarios antes aún de que cayera la ciudad; prisionero incomunicado, testigo infatigable, amigo de sus carceleros, sagaz y astuto para aprovechar la mínima rendija en los terribles campos de internamiento, finalmente exiliado de su patria y acogido en Roma.

La púrpura le llegó como homenaje de otro hombre que conocía bien al régimen que lo había torturado, Karol Wojtyla. El mismo que lo encontró por un pasillo y le espetó: "¿sabe quién va a predicar mis ejercicios este año, es un vietnamita, quizá lo conozca? A los orientales les suena raro nuestro humor, pero Van Thuan entendió: "Santo Padre, ¿qué puedo decir?, he pasado mi vida en las cárceles". Y el Papa le sonrió: "háblenos de eso, háblenos de cómo le sostuvo la esperanza". Y de aquel encargo nació un bellísimo libro escrito a corazón abierto, en el que descubrimos lo que la fe en Cristo realiza en el alma que la acoge sin reservas. Un torrente de razón y de amor, una inteligencia única, una libertad indomable que asombraron a todos, y que obligaban a cambiar sistemáticamente a sus guardianes no fuera que quedasen cautivados por el prisionero-obispo. Es impresionante la descripción de la noche en que, habiendo sido despojado de todo, Van Thuan recorre el país camino de su cruel internamiento. Allí, viendo caer por tierra todos sus proyectos, hubo de tomar partido entre la desesperación y la confianza en un Dios que ya no le pedía grandes construcciones, sólo su corazón. Decir sí le transformó en sostén de cuantos se encontraron con él en medio de la desolación. 

En esa tremenda noche cuaja la verdadera historia de Francisco Javier Nguyen Van Thuan, la que estos días lleva a una delegación vaticana hasta los lugares donde vivió, para recabar múltiples testimonios que completen el necesario escrutinio para su causa de canonización. La memoria de este gigante humilde y sonriente nos lleva a tomar conciencia de la epopeya de los católicos del Vietnam, que todavía hoy luchan por que sea reconocida su plena ciudadanía. Todavía hoy, mientras el gobierno comunista dialoga con la Santa Sede, abundan los atropellos, las restricciones, los controles, incluso las detenciones de sacerdotes y laicos que se muestran demasiado libres para implicarse en la vida civil. Pero la comunidad católica sigue creciendo.  

Mientras la Iglesia madre escudriña las estaciones de la vida de este hijo suyo nacido de la buena tierra de Indochina, nosotros podemos aprovechar mucho de su testimonio. Él vivió la familiaridad con Cristo hasta dejarse modelar totalmente, fue testigo de la novedad humana que porta la fe allí donde fue traído y llevado, sin que la amargura y el rencor consiguieran nunca conquistarle. Vivió la esperanza que no defrauda en medio de las más horribles circunstancias, no como escape espiritual, sino como forma de la mente y del corazón. Y así ayudó a forjar un pueblo (que no cesa de recordarle) y nos enseñó que la fe no quita nada, sino que lo da todo.  

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