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23 OCTUBRE 2014
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El cambio posible y presente en Andalucía

Fernando de Haro

Los populares pierden más de 400.000 votos, en realidad sólo ganan por algo más de un punto. Pierden en Sevilla, en Huelva y en Cádiz. En el resto de España el voto del centro-derecha es muy fiel, se ve que en Andalucía no. El voto fiel en Andalucía es el de la izquierda. Por eso las recetas que utiliza Pedro Arriola, el sociólogo de cabecera de Mariano Rajoy, no sirven en el sur. Arriola está convencido de que el PP no tiene que ganar elecciones, sino conseguir que los socialistas las pierdan. La fórmula no funciona ante ciertas resistencias ideológicas como las que se producen en Andalucía. Eso exige de los populares otro modo de hacer política, renovación de líderes y capacidad para salirse de los viejos clichés que siguen funcionado. Las reformas de Rajoy han sido probablemente decisivas. Hay, al menos en Andalucía, una parte importante del electorado que las rechaza. El PP hace los cambios que hay que hacer pero deja que otros los expliquen. Ha sido siempre una debilidad de la derecha española: la política no es sólo gestión, es también cultura y liderazgo social.

En cualquier caso el cambio cultural, que desde un cierto tiempo se viene produciendo en Andalucía, no tiene por qué frenarse. Es lento pero ha ido avanzado. No depende, en última instancia, de quien gobierna. Entre ciertos sectores de la Andalucía más consciente ha ido abriéndose paso la conciencia de que hay que tomar la iniciativa y ofrecer respuestas frente a un estatalismo asfixiante. Eso ha permitido que se hayan librado importantes batallas, por ejemplo, a favor de la libertad de educación o que haya minorías que se han rebelado contra el clientelismo. El bajón que supone este resultado electoral no puede frenar esa transformación que, de hecho, se está produciendo desde abajo.

El cambio no consiste en que gane el PP, el cambio consiste en que se produzca una auténtica vertebración social con protagonistas que construyan desde abajo un verdadero pluralismo, cada uno con su identidad. Con otro Gobierno hubiera sido más fácil, con un Gobierno de izquierda no es imposible. Ahora incluso el aire es más limpio. Está más claro que el futuro de nuestra tierra depende del encuentro entre personas libres, del fomento de comunidades elementales en las que se construya una Comunidad Autónoma diferente. Esas comunidades elementales son las asociaciones de padres, las empresas responsablemente sostenidas, las comunidades de vecinos, las iglesias, y los mil lugares en los que se sigue amando la cosa pública. La solución para Andalucía no es erigir una ideología que sirva de contrapeso a la ideología dominante. Dando razones, dedicando tiempo al debate, al pensamiento y al análisis, a la creación de oportunidades, a la verdadera educación, al desarrollo de un nuevo modelo productivo, a la generación de espacios de auténtica libertad, al encuentro con el otro en un terreno que no sea ideológico es como ese cambio se dilata y crece. Para todo ello es necesario superar la tentación de dedicarnos a cultivar nuestro huerto privado, es necesario que el cambio nazca del sacrificio en favor de la cosa común.

El mejor modo de gastar el tiempo es emplearlo en lo público, es el modo de que el Estado no se quede con lo privado. Y ahora hay más razones que nunca para construir. La queja y el abandono son funcionales al poder. Cuando desde arriba se quiera poner freno a lo que surge de la base será el momento de buscar grandes alianzas. Alianzas de liberales, de católicos, de las izquierdas no burocratizadas, de librepensadores y de cualquiera que esté dispuesto a salvaguardar los espacios de libertad ya conquistados.

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El cambio posible y presente en Andalucía

Pablo Berenguer

Querido Director:

Me refiero al artículo de M. Borghesi "La Iglesia no necesita un partido de zelotes", título bajo el cual se califica y critica la opción de quienes no estamos de acuerdo con que los católicos españoles deban identificar su presencia en política con el Partido Popular.

Es un hecho que he observado a menudo el que coincidan (en el caso de M. Borghesi –por lo que he podido seguir en este periódico- de manera particularmente explícita) dos posturas que, sin embargo, me parecen contradictorias:

(1) En el plano formal, una defensa a ultranza de la libertad religiosa y la laicidad, en su interpretación más moderna, subrayando con carácter universal la conveniencia y autenticidad de un estado de cosas en que la propuesta cristiana no pueda identificarse nunca, en ningún lugar y de ningún modo con el poder político, ofreciéndose esa propuesta a todos desde la más estricta igualdad con las demás. Desde este planteamiento se juzgan severamente diversas opciones y situaciones de la Iglesia en su historia.

(2) En el plano de la realidad política presente, una correlación entre el bien de la Iglesia y de su misión con el apoyo (no público, no jurídico, no formal, sino en el plano de los hechos "reales", la trastienda donde se jugaría la partida) de un partido político poderoso, con capacidad de otorgar y retirar beneficios, favores y castigos y defenderla de sus enemigos.

El modo en que, quizá, esta contradicción se trataría de resolver consistiría en desplazar el foco de los valores al sujeto. Para la Iglesia no sería importante que el poder político al que se apoya y del que se recibe apoyo defienda o no (o incluso ataque frontalmente) los valores que la Iglesia más aprecia (particularmente los "principios innegociables" enunciados por Benedicto XVI, considerados superados por algunos). Lo decisivo en política sería que el sujeto Iglesia sea protegida por al menos una facción del poder para poder así realizar su misión en la sociedad con las mayores ayudas y menores trabas posibles. Ese amparo o apoyo, naturalmente, sólo puede ser recíproco (y así se observa en ciertas opciones editoriales partidistas de medios de comunicación católicos o en los pronunciamientos y manifestaciones de católicos frente a los gobiernos en función de qué partido gobierne).

En respuesta a Borghesi

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