Editorial
02/04/2012
España ha vivido una semana de vértigo. El resultado de las elecciones andaluzas refleja un amplio rechazo social a la política de reformas emprendidas por el Gobierno. La huelga general tuvo un seguimiento muy reducido, en torno al 20 por ciento, pero el apoyo político que recibió de la oposición y las masivas manifestaciones sindicales han dejado constancia de una intensa polarización. Las escenas de violencia urbana de grupos antisistema que provocaron en Barcelona daños materiales por valor de 500.000 euros sacan a la luz un nihilismo que utiliza formas de expresión muy cercanas al terrorismo. No es casualidad que aparezcan estos fenómenos allí donde se oculta un gran fracaso educativo bajo el manto de una falsa tolerancia.
Todo esto ha sucedido mientras el país vuelve a bordear el precipicio, mientras la prima de riesgo se mantiene muy alta y mientras se ha hablado, otra vez, de una posible intervención. Bruselas y Alemania exigen más recortes y más reformas. Y para responder el Gobierno ha aprobado el presupuesto más austero de la historia de la democracia, ajuste profundísimo que va a cambiar muchas cosas. Y aun así las instituciones europeas no están tranquilas. Algunos expertos señalan que no hay que ajustar 27.000 millones, como se ha hecho, sino 50.000. El Gobierno va por el buen camino aunque debería apretar el paso de los cambios y, sobre todo, explicar y hacer entender que no hay alternativas. La política no es solo gestión, como suele pensar la derecha.
España se encuentra probablemente ante la situación histórica más comprometida que ha vivido desde la vuelta a la democracia. Y su punto más débil no es la disparatada deuda privada, la falta de un modelo competitivo y energético claro o la obsoleta regulación de las relaciones laborales. Todas esas cuestiones son graves. Pero el punto más débil es la ideologización que sufre la sociedad. No es la vieja ideología fuerte de hace años, de la que quedan algunos restos, sino esa otra fofa de comienzos del siglo XXI. Una especie desencanto que se ha convertido en cinismo y que se aferra a los viejos esquemas. Eso es lo que impide el encuentro de hombre a hombre, eso es lo que provoca que en las relaciones comerciales, empresariales o incluso familiares domine la desconfianza. Cuando es evidente, por ejemplo, que el Estado del Bienestar es insostenible parece muy difícil un diálogo sereno sobre qué podemos hacer. Los liberales reclaman más mercado y los socialistas que no haya menos Estado. Y ahí parece acabarse todo.
"Hay que elegir entre dos posturas -decía hace tiempo Luigi Giussani-, o se construye a partir del compromiso en el presente, para encontrar lo que permite la satisfacción del deseo o bien se parte de una concepción preestablecida y de un programa ideológico". Esa es la alternativa en la que se encuentra España. Y en otras épocas se tomó el camino correcto. Se hizo cuando se firmaron los Pactos de la Moncloa. Se hizo cuando a finales de los años 50, con una buena política, banqueros, industriales, agricultores, cientos de pequeños empresarios y trabajadores consiguieron la modernización de nuestra economía. Por el deseo de prosperidad, de bien del pueblo.
La dinámica del deseo, a diferencia de la dinámica ideológica, permite reconocer los factores de cambio que ya hay presentes en España, que son muchos. Algunos ejemplos. El descenso de la conflictividad laboral que refleja el INE puede ser indicativo de un aumento de la corresponsabilidad en el seno de las empresas. Y ese es un gran valor. Como también es otro valor de gran trascendencia económica, que no se suele tener en cuenta por prejuicios, la solidaridad primaria en el ámbito de la familia que mantiene la paz social con altísimas tasas de desempleo. O la energía social que ha generado obras de caridad y ha construido un sistema del Bienestar, desde abajo, para prestar servicios en el ámbito sanitario y educativo. No puede despreciarse agitando el miedo a las privatizaciones. La lista es larga y conviene repasarla con detalle.
En esta gran tarea que supone levantar, de nuevo, el país los cristianos ofrecemos nuestra aportación en la medida en la que somos fieles a nuestra experiencia. El cristianismo cuando se hace presente en la sociedad según su verdadera naturaleza no defiende una ideología, aunque sea buena. Educa, potencia, conduce el deseo hacia su objetivo. Desde que el cristianismo surgió hace 2.000 años en Palestina se ha caracterizado por educar en la gratuidad, factor decisivo del desarrollo; por enseñar una apertura a la realidad infatigable sin la que es muy difícil construir una sociedad sostenible; por fomentar la conciencia de que el otro, aunque piense diferente, es esencial para la vida de cualquiera.
Cristian Serrano
Fernando de Haro
Nicolás Jouve de la Barreda, catedrático de Genética y presidente de CíViCa
Álvaro Delgado Gal
María Borrero
Juan Carlos Hernández
José María Gutiérrez Montero
Ángel Satué
José Luis Restán
José María Gutiérrez Montero
José María Gutiérrez Montero
Edita: NMEDIO S.L.
c/ Modesto Lafuente 68 - 1º B · 28003 - MADRID · Teléfono: 91 553 29 68 ·
Diseñado por o3 Comunicación Visual y Marketing S.L.
Programado por Sentido Común Internet S.L.