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5 DICIEMBRE 2016
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Memoria selectiva

David Blázquez

Tiene mucha razón Rosa Montero, como la tenía Goya cuando en los años veinte del diecinueve representó el maniqueísmo cainita español en su Riña a garrotazos. Ese olor de torquemadismo a la española descrito por Rosa Montero y pintado por Goya, más propio de la naturaleza humana que exclusivo de la linfa ibérica, es el que desprendía un reciente artículo de la periodista italiana Concita de Gregorio titulado La Spagna che cancella Zapatero y publicado en La Repubblica. En él, la ex directora de L'Unità, escribía que «la gran discusión [en España] gira en torno al tema de la memoria», una memoria, según ella, «corta, cortísima, negada, borrada».

De Gregorio acierta cuando asegura que el problema español es un problema de memoria, es decir, de conciencia de la propia historia, pero se equivoca en casi todo lo demás. Nuestra ausencia de memoria es un mal gravísimo, pero es solo una parte del verdadero problema, más profundo y complejo, a saber, la malévola combinación entre la desmemoria generalizada y la memoria selectiva ejercida desde el poder.

En su artículo, De Gregorio recuerda las acusaciones de corrupción que afrontan Francisco Camps (PP) e Iñaki Urdangarín, pero olvida selectivamente citar la acusación por corrupción a la que se enfrenta el ex ministro socialista José Blanco o los casos de corrupción del gobierno andaluz (PSOE). De Gregorio alaba a los artistas e intelectuales de izquierdas «crecidos durante el socialismo», pero olvida referirse a casos como el de las cantantes Russian Red o Nena Daconte, las cuales han sido linchadas por el establishement cultural de izquierdas: la primera por osar decir que era de derechas y la segunda por cantar en un festival en favor de la vida y contra el aborto. 

Memoria selectiva, en efecto. Pero resulta todavía más sorprendente la facilidad con la que cambian los criterios democráticos dependiendo del color que vista la mayoría. Cuando 10.909.687 españoles votaron por Zapatero en 2004 se trató de un triunfo democrático, de una nueva era para la libertad. Cuando10.830.693 españoles han decidido en 2011 que preferían a Rajoy se trata de «monopolio conservador», de la vuelta al gobierno de la derecha franquista.

Ese odio que disecciona la realidad para hacerla cuadrar con la propia ideología y que anatemiza a quien no es de «la horda propia» abunda en España, como los buenos jamones y el buen aceite de oliva. Precisamente por ese superávit, lo que menos necesitamos es importar odio made in Italy.

Resulta, sin embargo, que en la historia de España hay otros tipos de memoria y otros acontecimientos que se salen del esquema de la tirria ideológica -venga esta de la izquierda, la derecha o el centro. Uno de esos casos es, precisamente, la así llamada Transición Española: ese momento en el que muchos españoles, de izquierda y de derecha, decidieron preferir, no sin grandes sacrificios, la reconciliación al rencor perpetuo, la democracia y la moderación al cerril cogotazo. Lo explica muy bien la exposición La transición Española, la fuerza de la reconciliación, que se ha podido visitar hace unos días en EncuentroMadrid y que ha tenido como comisario a Fernando de Haro y como colaboradores a políticos presentes en la Transición -de izquierdas y derechas-, historiadores y estudiantes. 

Desde finales de los años sesenta se fue cociendo a fuego lento en España un espíritu reconciliador que desembocó, tras la muerte de Franco en 1975, en el único caso de transición pacífica de una dictadura a una democracia que ha conocido la Europa del siglo XX. Releer la Transición con los lentes de la ideología y querer reinstaurar el odio de la Guerra Civil no es un ejercicio de memoria histórica, sino, como ha escrito el historiador Stanley Payne en el catálogo de la exposición, «un intento de quebrar el modelo político de España, el modelo de Estado, para reorientarlo hacia un modelo sectario». Escribe De Haro: «El 14 de julio de 1976 se podían leer en Mundo Obrero, órgano del PCE, las siguientes frases: "el anhelo multitudinario de amnistía no puede ser burlado. La Amnistía es la condición primaria de la reconciliación de los españoles y de la restauración de la libertad". Era la izquierda y era toda España la que entonces hablaba de reconciliación. No hubo olvido entonces, hubo mucha memoria, de la buena». 

Es sabido que Isócrates, al poco de terminar la Guerra del Peloponeso, sostuvo que había que «gobernarse colectivamente como si nada hubiera sucedido». Algunos han dicho que hubo mucho de ese olvido en la Alemania post-hitleriana. Pues bien, no fue esa la tendencia dominante en la España que quería salir de los años de dictadura franquista. Los españoles sabían lo que había sucedido, pero muchos de ellos prefirieron mirarse a la cara y construir juntos: así lo hicieron ministros franquistas y líderes comunistas, centristas y socialistas. 

Monseñor Fernando Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona y testigo privilegiado de aquellos años, subrayó en la mesa redonda que sirvió de presentación para la exposición en EncuentroMadrid que de lo que se trató entonces fue de «transmitir una mentalidad renovada que quería superar la contraposición de los dos bloques. Una mentalidad en primer lugar de perdón -sabíamos quiénes habían muerto y cómo, pero teníamos la voluntad de sobreponernos-, y en segundo lugar reconociendo al otro el mismo estatus que yo». 

De Gregorio habla de una España desmemoriada: «En el teatro -escribe- se amontonan los espectáculos sobre el tema de la desmemoria. Ensayos y novelas narran profusamente el olvido colectivo desde la guerra civil en adelante». No toda España quiere olvidar, pero tampoco recordar selectivamente episodios que se usan como guijarros y que no tienen otra intención que la de alterarnos la bilis. España no necesita una "segunda transición", sino tomar conciencia de lo que sucedió en la primera y, como han querido en EncuentroMadrid, recuperar su espíritu.

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