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10 DICIEMBRE 2016
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Corazón de padre, alma de niño

José Luis Restán

Es curioso que tanto más despliega este Papa su sabiduría teológica y su vasta cultura, tanto más me parece que trasluce en él la figura del niño que Jesús elogia en los evangelios. Y es que en realidad, como decía el maestro Von Balthasar, Pedro tiene siempre alma de niño. Cuántos hemos pensado que la Iglesia raya en algunos países de la vieja Europa una situación límite, que haría falta una terapia de choque, que sería preciso imponer el orden cueste lo que cueste. Y en todas esas reflexiones algo hay de verdad, pero son todas cosas penúltimas. El Papa va hasta el fondo, a pecho descubierto, con las únicas armas que siempre ha tenido Pedro: la sencillez de la fe, la obediencia última de la fe, que misteriosamente abre la razón y la libertad. Por eso fue elegido, a pesar de todo, el pescador. Por eso señalaron hace siete años a Joseph Ratzinger.

La obediencia de la fe: ¡qué palabra tan desconcertante, Señor! Se la escuché decir en Cuba y ahora persigo la misma pista. El Papa no niega la necesidad de una renovación siempre dolorosa en el cuerpo de la Iglesia, incluso concede que ese justo deseo puede anidar en quienes se levantan con altivez contra Roma y plantan su desafío en forma de ultimátum. Como un padre, más aún, como una madre que ve el rumbo peligroso de sus hijos se pone delante de ellos a corazón abierto y les pregunta: "¿es que la desobediencia puede ser verdaderamente un camino? ¿Se puede ver en esto algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de toda renovación, o no es más bien sólo un afán desesperado de hacer algo, de trasformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?".

Quizás el mundo acostumbrado a las ecuaciones del poder y la influencia sonría ante esta forma de hablar, ante esta corrección realizada a campo abierto, sin gota de cálculo o de diplomacia. Sí, Pedro necesariamente tiene que albergar un alma de niño, si no su tarea sería simplemente un imposible.

Es cierto que Jesús corrigió muchas veces las tradiciones de los hombres, de su propio pueblo, pero siempre "para despertar nuevamente la obediencia a la verdadera voluntad de Dios, a su palabra siempre válida, porque a Él le preocupaba precisamente la verdadera obediencia, frente al arbitrio del hombre". Porque en el fondo, ¿qué buscamos?, ¿la incómoda obediencia al camino del Señor o nuestro proyecto de rediseñar la Iglesia conforme a las categorías del mundo, los proyectos ideológicos o nuestra genial intuición? Y Benedicto ofrece una clave para responder: sólo quien se deja configurar con Cristo, obediente hasta la muerte, puede ser factor de renovación en la Iglesia. Lo demás es puro ruido, aunque abra los telediarios.

El Papa no habla de abstracciones, invita a mirar a quienes han protagonizado en la reciente historia de la Iglesia "momentos llenos de vida", momentos que obligan a pensar en la acción eficaz del Espíritu Santo. Y descubrimos que "para una nueva fecundidad, es necesario estar llenos de la alegría de la fe, de la radicalidad de la obediencia, del dinamismo de la esperanza y de la fuerza del amor". El que tenga oídos (y no sólo los curas austriacos) que oiga.

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