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9 DICIEMBRE 2016
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Lo propio de la familia

Angelo Scola, cardenal arzobispo de Milán

No faltan en nuestros días estudios sobre la familia que documentan hasta qué punto es un bien efectivo, encontrable de forma empírica y práctica en toda sociedad. Por ejemplo, el cuarto informe realizado en 2009 sobre los valores de los europeos (European Values Studies) evidencia que la familia es considerada como "muy importante" por un porcentaje relevante de la población (el 84% de la media entre todos los países, el 91% en Italia) y se coloca en el primer puesto en 46 países de 47. Está por encima de aspectos centrales de la vida social como el trabajo, las relaciones de amistad, la religión, el tiempo libre y la política, que se valoran de forma diferente en los diversos contextos. Otros datos, como los del ISTAT (Instituto Italiano de Estadística), hablan de un incremento de los núcleos familiares que no superan las tres personas, así como del aumento de las parejas de hecho y de los llamados single.

Estas cifras, si bien describen la tendencia general, nos plantean un interrogante crucial: ¿cuáles son las características constitutivas de una familia? No a cualquier forma de convivencia se le puede llamar familia. Para evitar confusiones, hace falta que a cada "cosa" le corresponda un "nombre" preciso.

Lévi-Strauss hablaba de la unión socialmente aprobada entre un hombre, una mujer y sus hijos como "un fenómeno universal, presente en todos y cada uno de los tipos de sociedad". Esta importante afirmación indica la existencia de una suerte de "universal social y cultural" que señala el propium (lo propio) de la familia. Creo que este dato sigue siendo actual y que no puede ser desmentido de forma razonable. Puede expresarse de muchas maneras, así ha sido en el pasado y así seguirá siendo en el futuro. Sin embargo, estas formas solo son "familia" si conservan todos los elementos del proprium indicado por el célebre antropólogo francés. ¿Cuáles son?

La familia pone en evidencia el vínculo de pertenencia que se instaura entre los sujetos que la componen (el hombre, la mujer y sus hijos). Es esa forma específica de "sociedad primaria" lo que une y lo que de hecho permite un desarrollo armónico de las diferencias constitutivas del ser humano -la diferencia sexual entre el hombre y la mujer, y las diferencias entre las distintas generaciones (abuelos, padres, hijos) -. Podemos decir de otro modo: la familia está formalmente instituida para dar forma social a la diferencia sexual en cuanto generadora de vida.

La identidad de la persona está estrechamente ligada tanto a la presencia de la pareja generadora como a la historia de las generaciones de las cuales es expresión. Éste es un dato constante, común a toda experiencia familiar, y no se trata de un dato puramente biológico. De hecho, "en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la persona" (Juan Pablo II).

La relación "tú-yo" cotidiana y estable que pasa a través de las relaciones primarias que se viven en la familia favorece también el crecimiento equilibrado de la persona. En esto radica la fuerza dramática de la familia: en que constituye para cada hombre, en sus aspectos positivos y negativos, el lugar privilegiado para acoger y desarrollar la propia identidad personal.

El reconocimiento de la familia como relación específica entre los sexos y las generaciones implica ese pacto social y públicamente alcanzado entre dos personas de sexo opuesto que es el matrimonio. Ese pacto afecta también a generaciones distintas, hijos y padres, y abre paso a la genealogía-estirpe paterna y materna.

La autoconciencia del hombre, incluso de forma inconsciente, se apoya por tanto en un vínculo y en una pertenencia originaria en la que es posible volver a encontrarse en todo momento.

La familia así entendida se difunde en la sociedad no como un bien privado sino como un auténtico y verdadero bien común: saca a la luz la intrínseca naturaleza relacional de la experiencia humana. En este sentido, pertenencia familiar y pertenencia social se interrelacionan y remiten la una a la otra: la relación entre las dos desarrolla la confianza entre los sujetos y la capacidad de cooperar responsablemente al bien común en un incesante intercambio recíproco.

Reconocer a la familia como sujeto social es uno de los desafíos cruciales a los que se enfrenta nuestra sociedad individualizada y fragmentada.

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