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20 DICIEMBRE 2014
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Beduinos e inmigrantes del Sinaí: la frontera humana

Francisco Medina

Es conocida la situación de estancamiento del proceso de paz entre israelíes y palestinos, que ha parecido dar al traste con las esperanzas que los Acuerdos de Oslo de 1993 habían infundido en la opinión pública mundial. El panorama resulta complejo: el Acuerdo de 1993, que había diseñado un proceso para traspasar el poder a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), estableció 3 zonas de administración, repartidas entre la ANP y el Ejército israelí: la zona de las ciudades administradas por la Autoridad palestina, con fuerzas de seguridad propias; las ciudades en las que, estando presente la ANP, el control militar lo detenta Israel, lo cual supone, de facto, una autoridad decisiva en materia de seguridad; y la zona estratégica de control israelí, donde no los palestinos no pueden establecerse ni tener servicios básicos. El 67% del territorio de Cisjordania es zona estratégica. A ello hay que añadir que la construcción del Muro en 2004, que discurre casi exclusivamente por zona palestina, está separando familias: árabes de árabes.

Los beduinos

De origen nómada, la mayoría de los refugiados beduinos en Cisjordania provienen de la región de Beer Sheva (en el desierto del Neguev). Después del conflicto de 1948, se asentaron principalmente en los distritos de Hebrón, Belén y Jerusalén, así como en el valle de Jordán, especialmente en los alrededores de Jericó. Su estructura social es de la división en clanes, a cuyo frente está un Mukhtar (jefe del clan). Son comunidades dispersas en las zonas del sur de Hebrón, Belén y el sur del desierto de Judea.

Los miembros de la comunidad beduina tienen reconocido el status de refugiados, dado que, en el momento de instalarse, Cisjordania estaba bajo administración jordana. Pero no todos están registrados como tal en la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados en Palestina (UNRWA). Se trata de comunidades, fundamentalmente, dedicadas al pastoreo, una labor cada vez más difícil de llevar a cabo a causa de las continuas restricciones impuestas por las autoridades israelíes. Con los primeros asentamientos judíos en 1970, los beduinos, que han habitado desde su llegada al desierto de Judea durante mucho tiempo, empezaron a ver acotados sus movimientos. Al estar en la zona estratégica (la llamada zona C, donde no se puede construir ni vivir), y, en virtud del principio de no ir contra los intereses del país de acogida, Naciones Unidas no trabajan con ellos. Así, ubicados en los márgenes de la carretera de Jerusalén a Jericó, y sin más ayuda que la presencia de misioneras del padre Comboni, los beduinos continúan asentados allí, mientras las autoridades israelíes deciden qué hacer con ellos.

Además, está el problema de la falta de abastecimiento de agua. La mayor parte de los pueblos tienen los pozos vacíos o a menos del 20% de su capacidad normal. Muchos de estos asentamientos no tienen canalización, por lo que tienen que comprar el agua en camiones cisterna a un precio caro. La sequía está llevando a algunos a vender sus rebaños y abandonar su estilo de vida, dificultada ya por el hecho de que el ejército israelí está limitando las tierras de pastoreo con la ampliación de zonas reservadas a asentamientos y puestos militares.

¿Cuál es la razón por la que se quiere trasladar a la comunidad beduina? La política israelí de asentamientos, que trata de dejar a los barrios árabes fuera de Jerusalén e incluir la delimitación de Jerusalén Este a las colonias judías, parece obedecer a un propósito de reducir la presencia de la población árabe en los barrios del Este de la Ciudad Santa, con el objeto de adquirir una posición de fuerza en una futura negociación sobre su actual status (Jerusalén tiene estatuto internacional). Esta política también afecta a la población beduina pues la construcción de los sucesivos asentamientos va invadiendo el poco espacio del que disponen. Situada en medio del conflicto, la comunidad beduina es, claramente, la "frontera" humana, El Muro cada vez les va aislando más de la civilización. Y las chabolas en las que viven son un reflejo de su marginalidad. No está garantizado su acceso a la sanidad, a la educación, al agua, a la luz, o a un puesto de trabajo. En el sur del desierto de Judea, los niños tienen que caminar 4 km. al día para ir a la escuela, y se han producido casos de muertes por atropello al ir a coger los autobuses que les llevan a los centros escolares; no obstante, ya algunas de las áreas beduinas han montado su propia escuela con ayuda de las religiosas misioneras combonianas.

Ante esta situación, parecen tomar posición los movimientos y asociaciones políticas de apoyo a Palestina, que han formado una red de solidaridad contra la ocupación israelí en Palestina. Amnistía Internacional también se ha hecho eco de esta situación. Este movimiento ha apoyado campañas contra la demolición de las escuelas que la comunidad beduina, con apoyo de las religiosas combonianas, ha construido, exigiendo también la aplicación del Derecho Intenacional por parte de Israel. Además, se está reclamando que figure como prioridad en la agenda internacional, la educación y el acceso a infraestructuras para la población beduina. Esta denuncia hecha tanto por Amnistía Internacional como por otras organizaciones defensoras de los derechos humanos ha llevado a que, desde el punto de vista político, se haya identificado a Israel como el principal responsable de esta situación. Ciertamente, estas iniciativas humanas han despertado a muchas conciencias y han creado una corriente de opinión en los distintos medios de comunicación y en Internet, pero, a la vista de la complejidad del conflicto, la motivación de estas iniciativas resulta política y socialmente controvertida.

Junto a ello, la situación actual ha hecho también que surjan, en determinados sectores, iniciativas dirigidas no sólo a denunciar la situación sino también a aprovechar la ocasión de conocer al otro y trabajar juntos. Es realmente provocador ver, por poner un ejemplo, al rabino estadounidense afincado en Israel Jeremy Milgrom, quien, en una entrevista, ha sostenido que la construcción del Muro y la política de segregación llevada a cabo por Israel, han dificultado el diálogo y han dividido también a la propia sociedad israelí: muchos hebreos israelíes no han tenido contacto alguno con los palestinos y reciben una información muy parcial. Para Milgrom, es una cuestión más compleja de lo que parece, en el que el diálogo ha de superar prejuicios y estereotipos y generar un "calor humano" y un encuentro personal. El hecho de que buena parte de la población apoye el que el Estado israelí haya justificado la operación "Plomo Fundido" (en la franja de Gaza) enquista aún más la situación. El juicio que hace este rabino (que ha sufrido ciertas represalias por el mundo político del Estado de Israel) y la posición que organizaciones judías de Médicos por los Derechos Humanos (que han expresado su posición contra la política del Estado, arriesgándose a represalias), muestran que algo se mueve dentro de esta sociedad que aún desconoce completamente el rostro de sus vecinos.

El problema de los refugiados eritreos y sudaneses

Al problema de los asentamientos beduinos, se ha añadido otro fenómeno desconocido para Occidente, aunque no menos preocupante: el tráfico de seres humanos. Se trata de refugiados provenientes de África, a los que una serie de intermediarios les ofrecen venir a Israel pagando unos 2.000 dólares (aunque, en algunos casos, se han llegado a pagar la cifra de 40.000). Una vez entrado en la región del Sinaí, los sueltan en el desierto, donde una red de traficantes, beduinos de la zona, retiene a estos refugiados, a los que se les extorsiona y amenaza para que paguen.

Esta migración comenzó en 2006, cuando refugiados africanos (fundamentalmente, etíopes, eritreos y sudaneses) cruzaron la Península del Sinaí en busca de asilo y trabajo. La mayoría de los que llegaban no buscaban sólo empleos, sino también protección por parte del Estado de Israel. Actualmente, la protección que dispensa Israel es de carácter temporal (los llamados "visados condicionales" renovables), con toda la incertidumbre que conlleva la posibilidad de que se les sea revocada dicha protección. Se trata de un problema que va, cada vez más, in crescendo: de los 17.000 refugiados que cruzaron el Sinaí en 2008, se ha pasado a 33.000 en 2010[1], La mayoría de los inmigrantes piden a sus familias y amigos del país de origen dinero prestado para pagar a los traficantes que les llevan a Israel, para, una vez cubiertas sus necesidades básicas, saldar esta deuda

Los episodios que se han registrado tienen un tinte excepcionalmente dramático: se ha tenido constancia de diversos episodios de abusos graves y torturas llevadas a cabo por los traficantes beduinos del Sinaí. En algunos casos, se les había incitado a los inmigrantes a cruzar las vallas fronterizas egipcias, muriendo tiroteados varios centenares de ellos por la policía fronteriza.

La reacción de las autoridades de Egipto y de Israel no ha sido uniforme: las autoridades egipcias reconocen que la provincia del Sinaí ha estado fuera de control desde hace tiempo (ahora todo Egipto con la caída de Hosni Mubarak y la tan anunciada "primavera") y no han querido hacer demasiado acerca del tema. El Gobierno israelí, por su parte, sostiene que la mayoría de estos inmigrantes obedecen a motivos económicos (muchos de ellos reconocen que es por este motivo, aunque no es el principal). Desde 2008, Israel ha comenzado a garantizar la protección temporal de eritreos y sudaneses y, desde entonces, algunos han buscado trabajos temporales o han abierto negocios (restaurantes, cibercafés, tiendas de ropa...) para la población inmigrante africana. Llama la atención que muchos refugiados hayan valorado la falta de acoso policial y el entorno seguro en Israel, país que se ha distinguido, tradicionalmente, por una política inmigratoria muy restrictiva. De hecho, en este aspecto, las autoridades israelíes planean medidas para bloquear las llegadas mediante la construcción de centros de detención en la región del Neguev o la construcción de una valla fronteriza con Egipto. No obstante, acontecimientos como el resultado del referéndum de independencia en Sudán del Sur y el nacimiento de este nuevo Estado, así como los últimos acontecimientos ocurridos en Egipto, podrían frenar la inmigración africana y posibilitar que, en el caso egipcio, el nuevo Gobierno pudiese abordar estas violaciones graves de los derechos humanos, aunque esto último no está tan claro.

Las autoridades europeas no han actuado de forma distinta ante este hecho tan grave y poco difundido en el panorama internacional: de hecho, se ha reaccionado con cierta indiferencia y mala gana, El Padre Mussie Zerai[2], que lleva una asociación que trabaja a favor de los derechos de los inmigrantes africanos, ha denunciado la pasividad de las autoridades europeas, que lo ven casi como si no se tratara de un problema suyo, mientras que si los flujos de inmigrantes africanos que transitan el desierto aumentan, eso es achacable a la falta de políticas favorables a la inmigración y la acogida a los solicitantes de asilo. En suma, Occidente parece querer lavarse las manos en este asunto.

Una Presencia que genera esperanza

Tanto el problema de los beduinos del sur del desierto de Judea como el de la inmigración africana han sido objeto de continuas denuncias y han generado iniciativas por parte de las ONG y demás organizaciones en defensa de los derechos humanos. Y, en este sentido, sus actividades son una referencia a nivel político. Pero, ¿respondería ello al drama que viven cada una de las personas que sufren estas situaciones?. ¿Qué hay de sus aspiraciones y deseos que llevan en el corazón?

En este sentido, la cuestión que habría que plantearse es si existe algún ámbito de la sociedad civil que tuviera en cuenta este factor, que, en realidad, es el más importante. Porque quienes sufren directamente el drama y, por tanto, son protagonistas, son las personas, no los grupos de interés. Tanto en el desierto de Judea como en Tel Aviv (en los centros que acogen a los africanos), es de nuevo una mirada verdaderamente nueva, que se hace carne y esperanza para los más desfavorecidos a través de personas como Alicia Vacas, religiosa comboniana, que ha entendido que, viviendo con los beduinos y acogiendo a los africanos, viendo en ellos a Cristo sediento y compartiendo sus necesidades y esperanzas, hace posible una esperanza que, de otro modo, no podría venir de los hombres, porque estos dramas superan cualquier esfuerzo humano.... y sólo pueden ser vencidos por Jesús resucitado, hecho presente a través de estas religiosas. Y eso merecería otro artículo.

[1] Extraído del artículo "Los refugiados africanos en Israel", escrito por Rebecca Furst-Nicholas y Karen Jacobsen, disponible en www.migracionesforzadas.org

[2] Mundo Negro Digital (www.combonianos.es)

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Beduinos e inmigrantes del Sinaí: la frontera humana

Pablo Berenguer

Querido Director:

Me refiero al artículo de M. Borghesi "La Iglesia no necesita un partido de zelotes", título bajo el cual se califica y critica la opción de quienes no estamos de acuerdo con que los católicos españoles deban identificar su presencia en política con el Partido Popular.

Es un hecho que he observado a menudo el que coincidan (en el caso de M. Borghesi –por lo que he podido seguir en este periódico- de manera particularmente explícita) dos posturas que, sin embargo, me parecen contradictorias:

(1) En el plano formal, una defensa a ultranza de la libertad religiosa y la laicidad, en su interpretación más moderna, subrayando con carácter universal la conveniencia y autenticidad de un estado de cosas en que la propuesta cristiana no pueda identificarse nunca, en ningún lugar y de ningún modo con el poder político, ofreciéndose esa propuesta a todos desde la más estricta igualdad con las demás. Desde este planteamiento se juzgan severamente diversas opciones y situaciones de la Iglesia en su historia.

(2) En el plano de la realidad política presente, una correlación entre el bien de la Iglesia y de su misión con el apoyo (no público, no jurídico, no formal, sino en el plano de los hechos "reales", la trastienda donde se jugaría la partida) de un partido político poderoso, con capacidad de otorgar y retirar beneficios, favores y castigos y defenderla de sus enemigos.

El modo en que, quizá, esta contradicción se trataría de resolver consistiría en desplazar el foco de los valores al sujeto. Para la Iglesia no sería importante que el poder político al que se apoya y del que se recibe apoyo defienda o no (o incluso ataque frontalmente) los valores que la Iglesia más aprecia (particularmente los "principios innegociables" enunciados por Benedicto XVI, considerados superados por algunos). Lo decisivo en política sería que el sujeto Iglesia sea protegida por al menos una facción del poder para poder así realizar su misión en la sociedad con las mayores ayudas y menores trabas posibles. Ese amparo o apoyo, naturalmente, sólo puede ser recíproco (y así se observa en ciertas opciones editoriales partidistas de medios de comunicación católicos o en los pronunciamientos y manifestaciones de católicos frente a los gobiernos en función de qué partido gobierne).

En respuesta a Borghesi

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