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24 OCTUBRE 2014
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De Nicolás a Sarkozy

Víctor Alvarado

El reparto lo compone un Denis Podalydès en el papel de Sarkozy y una Florence Pernel interpretando a Cécilia Sarkozy, aunque se lleva la palma la excelente actuación de Bernard Le Coq porque yo no sabría elegir entre el original y la copia, no queda claro si Bernard Le Coq es Chirac o Jacques Chirac es Bernard Le Coq.

Los que esperen encontrarse con planos panorámicos de París pueden quedar defraudados, ya que el director ha optado por primeros planos, algo más propio del formato televisivo que del cinematográfico. Los diálogos están bastante bien trabajados y el largometraje se ve salpicado por pequeñas dosis de humor, que contrarrestan el excesivo metraje, se alarga innecesariamente cuando todo parece haber terminado, abusando del flashback.

De Nicolás a Sarkozy (2011) explica el funcionamiento de las bambalinas de la derecha francesa, donde se pueden comprobar las zancadillas realizadas por Chirac y Dominique de Villenpin (una realidad extrapolable a cualquier partido sea cual sea su ideología) para que fracasara un político como Sarkozy, que demostró gran inteligencia para ganar las elecciones a un partido socialista carente de ideas. Esta película hace una crítica más burda y menos sutil que la que se destila en Los idus de marzo de George Clooney. El problema principal de esta producción es que, tal vez, era demasiado pronto para hablar de un político que todavía sigue en activo, por lo que resulta difícil juzgar los comportamientos de una figura que está de plena actualidad.

El director ha pretendido destacar que detrás de una persona de éxito existe un capital humano importante y que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, aunque Durringer le atribuye todo el triunfo a la arrolladora personalidad de su esposa, como si no tuviera mérito el líder galo, que habrá tenido unas políticas más o menos acertadas, pero que siempre ha sido valiente a la hora de no renunciar a sus principios, como en ese discurso donde se constató su oposición al laicismo y su defensa de la tradición judeocristiana de su país.

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De Nicolás a Sarkozy

Pablo Berenguer

Querido Director:

Me refiero al artículo de M. Borghesi "La Iglesia no necesita un partido de zelotes", título bajo el cual se califica y critica la opción de quienes no estamos de acuerdo con que los católicos españoles deban identificar su presencia en política con el Partido Popular.

Es un hecho que he observado a menudo el que coincidan (en el caso de M. Borghesi –por lo que he podido seguir en este periódico- de manera particularmente explícita) dos posturas que, sin embargo, me parecen contradictorias:

(1) En el plano formal, una defensa a ultranza de la libertad religiosa y la laicidad, en su interpretación más moderna, subrayando con carácter universal la conveniencia y autenticidad de un estado de cosas en que la propuesta cristiana no pueda identificarse nunca, en ningún lugar y de ningún modo con el poder político, ofreciéndose esa propuesta a todos desde la más estricta igualdad con las demás. Desde este planteamiento se juzgan severamente diversas opciones y situaciones de la Iglesia en su historia.

(2) En el plano de la realidad política presente, una correlación entre el bien de la Iglesia y de su misión con el apoyo (no público, no jurídico, no formal, sino en el plano de los hechos "reales", la trastienda donde se jugaría la partida) de un partido político poderoso, con capacidad de otorgar y retirar beneficios, favores y castigos y defenderla de sus enemigos.

El modo en que, quizá, esta contradicción se trataría de resolver consistiría en desplazar el foco de los valores al sujeto. Para la Iglesia no sería importante que el poder político al que se apoya y del que se recibe apoyo defienda o no (o incluso ataque frontalmente) los valores que la Iglesia más aprecia (particularmente los "principios innegociables" enunciados por Benedicto XVI, considerados superados por algunos). Lo decisivo en política sería que el sujeto Iglesia sea protegida por al menos una facción del poder para poder así realizar su misión en la sociedad con las mayores ayudas y menores trabas posibles. Ese amparo o apoyo, naturalmente, sólo puede ser recíproco (y así se observa en ciertas opciones editoriales partidistas de medios de comunicación católicos o en los pronunciamientos y manifestaciones de católicos frente a los gobiernos en función de qué partido gobierne).

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