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10 DICIEMBRE 2016
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B(V)ota, B(v)ota ellos siguen la pelota

Ángel Satué

La frase encierra un profundo saber del sistema representativo español, en verdad, sistema de partidos. Llamarlo partitocracia sería reduccionista, pero no del todo incorrecto. En vez de poner el acento en "los que siguen la pelota", merece, y mucho, la pena, poner el foco en los que votan sin botarla. Ciertamente, la frase es expresión gráfica de una impotencia y desencanto tal que, unida a la ironía, llega a robarnos una sonrisa políticamente incorrecta. Al menos hace tiempo lo sería. Ahora, va siendo políticamente correcta. Esto es lo preocupante. Está pasando que ahora, como tantas veces en la Historia, la sociedad comienza a pensar en estos términos, todos a una, a manifestarlo abiertamente, y se eleva el pensamiento a la categoría de acción. El desencanto, así como viene, podría irse, pero de quedarse podría llevar a cualquier cosa.

Tomar la mayor plaza y más representativa de España desde luego puede ser un ejemplo de cómo actúa el desencanto. Se hincha, se hincha, se hincha, y explota. No es capaz de mantenerse tensionado, en movimiento, pero se adapta, y vuelve a aparecer, cada vez más virulento. Pero, ¿a qué obedece este desencanto? ¿Qué deseo no se ve satisfecho para primero pensar esta frase, escribirla, divulgarla y "ejecutarla"? ¿Cuáles son las razones del no encuentro (desencuentro)? ¿Qué deseo no satisfecho se esconde bajo la máscara del ciudadano indignado-despechado?

Sin duda alguna, se esconde un reconocimiento supremo de que solos no podemos, que somos dependientes, que nuestras ganas de Justicia y Verdad pueden llegar a ser inmensas, por no decir infinitas. Todo eso además, se oculta en un mismo cofre que podemos llamar corazón, que es lo que impulsa todas las cosas, hasta la Historia.

Si los políticos no pueden atendernos estas ganas de infinito, ¿Quién o Qué podrá hacerlo? De la indignación a la indiferencia hay un paso macabro. La ausencia de interés por lo que más importa, importa. Tanto importa que es necesario evitar a toda costa esta huida hacia el no compromiso por el bien común. Por ejemplo, es necesario poner en valor el papel del pueblo español durante la Transición. Ese corazón del que hablaba funciona a base de recargas de comunidad. Cuanta más comunidad, más relaciones, más capital social, mejor impulso para cambiar la Historia. Ese corazón rompedor funciona con trocitos de anhelos infinitos, de cielo, diríamos.

Por concluir, parece que el antídoto a la indignación, al desencanto, a la desilusión es el compromiso y la adhesión al bien común (no confundir con una adhesión al estado, lo público o mucho menos un partido político), y la entrada en juego de la sociedad civil en la forma de comunidades de hombres y mujeres con el deseo infinito de hacer crecer su corazón, que a base de amor conseguirá cambiar la Historia. Es decir, que del "ellos siguen la pelota" se puede pasar al "nosotros seguimos la pelota", siendo fieles a nuestro propio corazón, a nuestra propia Transición española. 

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