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4 DICIEMBRE 2016
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La expropiación es injustificable

Javier Ortega

No obstante lo anterior, creo que tu acertado acercamiento al problema no debería evitarnos, como dice el refrán, "coger el toro por los cuernos": la expropiación de una compañía (en particular, la de una compañía cotizada), en una economía de mercado, es injustificable como colofón a los argumentos que expones. Sencillamente injustificable. Y pone a vuestro país en el foco internacional de la inseguridad jurídica, por la que en el Cono Sur (con pocas y deshonrosas excepciones) venís trabajando (parecía que denodadamente) en los últimos años. Si vuestros políticos decidieron vender una compañía estatal que producía beneficios, habrá entonces que pedirle cuentas a esos políticos, ¿no crees? Casualmente, parece que los que entonces vendieron (y cobraron) y ahora expropian (y se muestran reacios a pagar) son casi los mismos.

Coincidirás conmigo, amigo Horacio, que la estampa de Axel Kicillof, viceministro de Economía de tan solo 30 años, antiguo dirigente de La Cámpora y carilindo patilludo de la Kirchner, dando lecciones de economía al mundo entero, resulta kafkiana; y más que favorecer la idea de que se trata de un asunto imperativo nacional, apoya la impresión de que parece tratarse de un simple negocio, o de una vendetta, o de ambas cosas al tiempo.

Acabamos asimismo de saber que el presidente Evo Morales ha decidido expropiar la filial boliviana de Red Eléctrica Española, resbalando por la misma senda por la que ya rueda el affaire YPF. Y no solo eso, sino que se ha usado en este otro caso un discurso familiar, pues se trataría también de "garantizar el suministro estratégico nacional". ¿Ves, amigo Horacio? Los extremos se tocan, y aquellos Estados en los que los políticos resultan (de hecho) más incapaces de garantizar la prosperidad del pueblo, son los que ahora se convierten en robinhoods del pueblo, en campeones de la justicia popular (y populista): expoliemos al rico, al explotador, al gallego... Siempre, faltaría más, para el bien del pueblo.

Pero verás, amigo Horacio, que el bien del pueblo no llegará, nunca llega. Por y para el pueblo, pero sin el pueblo. Quizá sirva solo como excusa para hacer negocio con los chinos, o con los americanos (del norte), o con los árabes. El pueblo seguirá empobrecido y engañado, hablando de fútbol en los bares.

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