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5 DICIEMBRE 2016
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>Desde el escaño

Tormenta y cantos de sirena

Eugenio Nasarre

El primer peligro es la tormenta griega. No podemos engañarnos. Los resultados de las elecciones hacen a Grecia ingobernable con los actuales parámetros democráticos. Los dos partidos pilares del régimen griego han perdido la mitad de sus votos y ya representan a la minoría de la población. El régimen se ha colapsado. Todos los extremismos han ocupado la mayoría de la escena política. En estas circunstancias Grecia no está en condiciones de cumplir sus compromisos para continuar en el club del euro. Incluso un eventual "gobierno de salvación nacional" no podría exigir a sus ciudadanos los sacrificios para superar su actual marasmo. Tiembla mi pulso al escribirlo: pero la salida de Grecia del euro, más pronto o más tarde, está descontada. Es un fracaso, desde luego, de toda Europa. No sólo por la dimensión económica del problema y sus efectos colaterales, que pueden ser devastadores. No es esto lo más importante. Grecia, fuera del euro, podrá duramente reconstruir su economía. Lo más importante es que la democracia griega está en grave peligro. Y eso nos concierne también a todos.

El segundo riesgo son los cantos de sirena que con la victoria de Hollande se están propagando por toda Europa, tanto con voceros de la izquierda como de la derecha. Son cantos que suenan melodiosos y seductores. Nos vienen a decir: basta de sacrificios; apartemos de nosotros la medicina amarga del rigor y la austeridad, que nos impone la pérfida Merkel (Sarko ya ha caído); volvamos a las políticas de "impulso", como en la alegre Europa de antes de la crisis. Olvidémonos de quienes nos decían "que vivíamos por encima de nuestras posibilidades". Confiemos en el Estado omnipotente que proveerá a nuestras necesidades. El Estado de bienestar es intocable, aunque algunos hagan la molesta pregunta de ¿quién lo paga? Aplacemos el pago de nuestras deudas e incluso intentemos no hacerlo.

La Merkel no es Ulises. No puede poner a los europeos tapones en sus oídos para que no escuchen esos irresistibles cantos de sirena. Tampoco ella puede atarse al mástil del velero para no dejarse arrastrar y mantener el rumbo de la navegación. El sonido de los cantos de sirena, en la resaca postelectoral, me resulta ya ensordecedor. Con palabras astutas, incluso los que no están alineados con las posiciones ideológicas de Hollande susurran que su victoria va a ser muy beneficiosa. Nos permitirá ser más complacientes con los deseos de la gente, en la que ya se percibe una creciente irritación.

Es éste el trasfondo de la nueva batalla que va a librarse en Europa tras las elecciones del domingo. Es una batalla de dimensión moral, aunque quede camuflada con los argumentos tecnocráticos con los que se nos va a inundar en los próximos días. Pareció por un momento que las sociedades europeas compartieron un diagnóstico de la crisis que admitía que habíamos cometido errores, que habíamos gastado más de lo que teníamos, que nos habíamos endeudado en exceso y que teníamos que replantearnos la andadura de nuestra economía (y también de importantes aspectos de nuestra vida social) porque no tenía fundamentos sólidos. Teníamos, en suma, que rectificar. Pero pronto nos dimos cuenta de que la rectificación no podía hacerse sin sacrificios y sin renuncias. Y nuestras fuerzas empezaron a flaquear. Entonces recurrimos a lo propio de la actitud infantil: empezó a circular el ¡yo no he sido! No aceptamos responsabilidades propias y empezamos a buscar al chivo expiatorio.

Todo esto demostraba que los europeos afrontábamos la crisis con las virtudes morales y cívicas muy endebles (incluso las patrióticas) y en eso estriba nuestra principal dificultad. Ahora los cantos de sirena nos las debilitan más. Con el naufragio de Grecia a la vista, ¿seremos capaces de ver la realidad y asumirla responsablemente? En ello está en juego el futuro de Europa y el de sus democracias.

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