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4 DICIEMBRE 2016
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'El grito' de Munch, nuestro grito

Javier Restán

El cuadro se vendió la semana pasada por 91 millones de euros. La cifra más alta que, hasta ahora, se ha ofrecido nunca por un cuadro. Pero eso no quiere decir mucho. Se trata de una de las cuatro versiones de El grito, del pintor noruego Edvard Munch. Este pastel sobre tabla es la única versión de las cuatro existentes que está en manos privadas. Las otras tres se exponen en el Munch Museet y en la Galería Nacional de la capital noruega. En general Munch pintaba varias versiones de todas sus obras: "Si vuelvo varias veces sobre un tema es para penetrar en él más profundamente... Cada versión representa una contribución al sentimiento de mi primera impresión".

Pintaba de memoria, tratando de expresar el sentimiento que la realidad dejaba en él. Por eso, cuando más tarde los expresionistas (Nolde, Schmitt-Rottluff, Kirchner) empezaron a formar movimiento, le reconocieron como su referencia. Pero para él los distintos estilos fueron un puro medio: su inicial formación en el naturalismo, el simbolismo, y su obra más "expresionista" y definitiva, son simples intentos por alcanzar el "aspecto humano" de la realidad, su significado.

Toda la obra de Munch tiene un carácter autobiográfico. Pintaba sus propias experiencias y la impresión que habían dejado en él acontecimientos grandes y pequeños: la temprana muerte de su hermana Sophia, su ruptura violenta con Tulla Larsen, sus noches en los tugurios de los bajos fondos de Oslo, sus paseos frente al mar...En su obra todo es descaradamente autobiográfico. Pintó su casa y sus lugares amados, no pintó paisajes sino el paisaje que veía desde su casa o en sus paseos, no pintó sobre la muerte sino la muerte de su hermana de 15 años, no elucubró con el amor sino que pintó la noche de ruptura con Tulla. Tampoco El grito es una alegoría sino que describe lo que sintió al borde del fiordo de Oslo.

Munch explicaba el significado de sus cuadros en diarios, notas y cartas que hoy tienen un enorme valor para la comprensión de su obra. Sobre El grito escribió en numerosas ocasiones y precisamente el cuadro subastado y vendido en la sede neoyorkina de Sotheby's la semana pasada, lleva un texto del propio pintor que explica el momento en que se generó este cuadro: "Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho. Me detuve; me apoyé en la baranda, preso de una fatiga mortal. Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un inmenso grito interminable atravesaba la naturaleza". Así pues, es Munch quien se ve "retratado" en primer plano, y lo que hace es taparse los oídos porque no soporta "el grito" de la realidad: la naturaleza, su color, su fuerza imponente, que le superaba por todas partes.

Quien haya podido ver algunos momentos de la extrema e inigualable naturaleza escandinava, puede comprender mejor esta radical experiencia de Munch, este sobrecogimiento frente a la creación. Aunque gran parte de la literatura sobre este cuadro lo ha presentado como el mejor ejemplo del desgarro y la desesperación nihilista moderna, no es verdad. Por el contrario, la extrema sensibilidad de Munch le hacía palpar su impotencia para comprender toda aquella belleza y su significado. La realidad le desbordaba: no sólo la naturaleza (objeto permanente de su interés artístico) sino que le desbordaba el amor, la soledad, la muerte, el tiempo, el sexo... pero la grandeza de Munch fue su agudísima capacidad para percibir esta desproporción y mirarla de frente con sinceridad, humildemente, sin atajos ni concesiones.

Munch provenía de una familia de protestantismo asfixiante y trató de liberarse de ese corsé desde muy joven a través de las amistades con la bohemia artística y políticamente anarquista de Cristianía (el nombre histórico de la ciudad de Oslo), y de sus tempranas aventuras amorosas. Precisamente el haber renunciado muy pronto a la fe familiar para poder respirar, le obligó a buscar durante toda su vida un sustento que diera respuesta a las preguntas impetuosas que llenaron su vida. Como escribió Jens Thiis, que además ser uno de sus mejores amigos fue un experto en arte: "el temperamento artístico de Munch posee una marcada tendencia a lo metafísico, algo que da a su arte un aire de celebración casi religiosa de las maravillas de la vida".

En España Edvard Munch no es un pintor muy conocido. Que yo sepa sólo ha habido una exposición importante de su obra, la que tuvo lugar a finales de los años 80 en la Biblioteca Nacional. No obstante el museo Thyssen-Bornemisza de Madrid tiene cuatro obras del pintor noruego en su colección permanente que vale la pena conocer directamente, aunque no sean obras centrales.

Su vida fue una agotadora lucha contra su propia psicología, contra sus miedos, también contra el alcohol. Ese grito que comenzó en el fiordo de Oslo, continuó a lo largo del tiempo. Munch intentó ponerse una y otra vez a favor de la vida: "He tenido que recorrer un camino estrecho junto a un precipicio. Por un lado, las profundidades del mar eran insondables. Por otro había campos, colinas, casas, personas... Algunas veces abandonaba el sendero para lanzarme al mundo viviente de la humanidad y luchar con él. Pero siempre he tenido que volver al sendero del borde del precipicio".

Desde 1910, cuando se trasladó al sur de Noruega, al pueblecito de Kragero, inició una etapa más vitalista de su obra, y más tarde, en 1916 se retiró a una casa de campo en Ekely, donde se recluirá hasta el fin de su vida en 1944. Allí pasó años entregado a una actividad artística febril y en casi total aislamiento. En esta última etapa, sus obras son más libres, más coloristas, más liberadas de cualquier esquematismo. De esa época son extraordinarios los autorretratos y los desnudos (él, que siempre había pintado de memoria, sintió al final la necesidad de pintar modelos directamente), paisajes, como el maravilloso Noche estrellada. Su arte se vuelve más cálido, y las preguntas que desde su infancia le asaltan, sencillamente: "¿para qué nacemos?". Una pregunta a la que buscó dar respuesta sin prejuicios, con toda su carga de contradicciones y con su psicología dañada: "era incapaz de liberarme del miedo a la vida y de mis pensamientos de condenación eterna". De acuerdo, pero viendo su obra en su conjunto se puede comprobar que, a través de la maraña de su vida, Munch no se rindió ni puso muecas escépticas como tantos de sus coetáneos, sino que consumido en la necesidad de expresarse, quiso siempre bajar a la tierra cálida del significado, del color, del sí.

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