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9 DICIEMBRE 2016
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Merci, maestro Spinosi! Magnifique!

Lucas de Haro

Pensando en un plan familiar para el domingo por la mañana, se echa un vistazo a la oferta musical del fin de semana en Madrid y se sacan cuatro entradas para el concierto de la Orquesta Nacional de Música en el Auditorio. Un programa más o menos conocido, salvo Vanhal.

Solo quedaban plazas en la primera fila, así que las casi dos horas de música se pasarán a los pies de los violines y enfocando el perfil izquierdo del maestro francés Jean-Christophe Spinosi. Te engancha desde el primer momento, es evidente que la orquesta no va sola, traza arcos y dibuja compases con la batuta, no duda en dejarla en su boca unos segundos para mecer sus brazos y que los músicos imaginen una nana mozartiana.  En más de una ocasión, no consigue evitar que se le escapen un par de saltos encima del estrado. El personaje ya se ha presentado al público que ha llenado el Auditorio. Segundo acto: Toni García, contrabajo, es el solista del concierto de Vanhal. Una delicia. El folleto preparado por la OCNE ayuda a entender que "Es toda una sorpresa el momento en el que en lugar del ronroneo de un gato ronco se nos aparece la timbrada voz de un violonchelo al que la experiencia de la vida ha cambiado el carácter". Spinosi frena en sus aspavientos, el protagonista no es ni siquiera García, es el contrabajo. Se acerca el tercer movimiento y los maestros se miran, traen a la memoria a Von Karajan y Battle, tararean juntos y marcan así el ritmo del final de la obra. Tercer acto y desenlace: la cuarta sinfonía de Beethoven nos permite disfrutar de un Spinosi al que creemos conocer de toda la vida tras haber compartido con él la primera parte del concierto. Antes del Allegro, parece leerse en sus labios la consigna para los músicos: "Jazz! Jazz!"; el jefe de la banda - de profesión también violinista - no duda en lanzar arcadas de cuerda con su batuta y mover la cadera al ritmo de Beethoven para transmitir al público, sin pudor y sin escándalo, su forma de vibrar con la música. En el desenlace, una propina haydniana imposible de escuchar porque el auditorio adelantaba el gran aplauso final que llevaba más de hora y media custodiando.                   

Spinosi, llamado por algunos "El director que llora cuando dirige", es corso de origen y bretón de adopción; está casado y tiene 5 hijos. En un primer vistazo por la red, quizá sea una entrevista concedida a Télérama en 2008 el material que mejor permita hacerse una idea de la pasta humana del director:

Preguntado por su relación con Vivaldi, responde: "Las óperas de Vivaldi dan confianza a los intérpretes, los empuja a entregarse de manera absoluta, casi impúdica. Esta música pide ser vivida. ¡No tengáis miedo, como decía Juan Pablo II! Está hecha a nuestra semejanza". Acerca de las críticas que recibe por parte de algunos barroquistas, cuenta un episodio que ejemplifica cómo usa su libertad musical: "La mañana misma de la grabación, a quemarropa y a título de experimento, pedí a Jaroussky que estirara el tempo al máximo, que suspendiera la noción del tiempo. A los violinistas, que tocara cada uno con una única cerda con el fin de que, todos juntos, fueran un solo arco". No es de extrañar que algunos lo perciban como un showman sobre el estrado, Spinosi se explica: "Mi 'improvisación' es la misma que la de un mago. Cuanto más trabaja, más grande es el misterio. (...) Cuando dirijo una obra, la vivo en una exaltación física, me identifico con todos los personajes. Recibo flechas en el corazón, cuchilladas en la espalda, tortazos en la cara."

En fin, una crónica de agradecimiento escrita a cuatro manos para una mañana de domingo que hace preguntarte por el Infinito y recordar que lo conoces y que acampa a tu lado.

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