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2 DICIEMBRE 2016
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¿Y si empezamos a hablar de perdón?

M. Medina

A finales de 2002 la CEE hizo pública la "Instrucción Pastoral Valoración Moral del Terrorismo". El texto llegaba después de unos meses de tensiones con el Gobierno de Aznar. Se había firmado entonces el Pacto Antiterrorista entre el PP y el PSOE que tantos frutos proporcionó en la lucha contra la violencia. Pero Aznar se equivocó al intentar que también la Iglesia lo rubricara. Aquellas presiones provocaron, en cierta medida, uno de los pronunciamientos más claros que se han hecho en España sobre el terror. Los obispos españoles, además de desgranar con agudeza los orígenes de la plaga, señalaban que sólo el perdón, que no suponía ceder a la pretensión de los violentos, podía proporcionar la plenitud de la justicia. "El perdón -decían entonces- no se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. Por el contrario el perdón conduce a la plenitud de una justicia que pretende la curación de las heridas abiertas. El perdón que puede alcanzar la paz verdadera es un don de Dios, por eso se ha de pedir en la oración".

El párrafo de los obispos españoles se inspiraba claramente en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz que había elaborado Juan Pablo II tras los atentados del 11 de septiembre, mensaje en el que se afrontaba con claridad el problema del terrorismo. El Papa decía, a los pocos meses de la caída de las Torres Gemelas, que "no hay justicia sin paz, no hay paz sin perdón". Y dejaba claro que el perdón no es un problema privado. "El perdón es ante todo una iniciativa de cada individuo respecto a sus semejantes -aseguraba-. La persona, sin embargo, tiene una dimensión esencialmente social, por la cual establece una red de relaciones sociales en las que se manifiesta a sí misma: no sólo en el bien sino, por desgracia, incluso en el mal". En un epígrafe titulado "el perdón, vía maestra" añadía que "el perdón comporta siempre a corto plazo una aparente pérdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho real".

La intervención de Juan Pablo II fue retomada por Benedicto XVI en su discurso ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede en 2006. El Papa Ratzinger afirmaba en ese momento que "el compromiso por la verdad abre el camino al perdón y a la reconciliación". Y añadía que el perdón, condición para la paz, es una exigencia para la víctima y para el verdugo: "La petición de perdón y el don del perdón, igualmente debido -porque para todos vale la advertencia de Nuestro Señor: "¡el que esté sin pecado, que tire la primera piedra!" (cf. Jn 8,7) -son elementos indispensables para la paz. La memoria queda purificada, el corazón apaciguado, y se vuelve pura la mirada sobre lo que la verdad exige para desarrollar pensamientos de paz. Con humildad y profundo amor, las repito a los responsables de las naciones, en particular de aquéllas donde las heridas físicas y morales de los conflictos están más vivas y es más apremiante la necesidad de paz". Estos pronunciamientos dejan claros los términos necesarios del perdón para una circunstancia como la actual.

Las víctimas españolas han sido modélicas porque durante las últimas décadas han confiado plenamente en el Estado de Derecho para hacer justicia. Ahora quizás se les pide un paso más para que esa justicia sea plena. ¿Si un terrorista admite su culpa no es ocasión de repensar ciertas cosas? ¿Exigir demasiadas condiciones en la formulación de la petición de perdón no supone rechazar la posibilidad de otorgarlo? Son preguntas abiertas sin duda, que quizás reclaman una respuesta audaz. 

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