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9 DICIEMBRE 2016
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>Desde el escaño

¿Economía de guerra?

Eugenio Nasarre

La lectura del titular me hizo reflexionar. Desde luego no era un modelo de rigor informativo. Podía servir en las escuelas de periodismo como ejemplo de prensa amarilla, la que mediante titulares escandalosos pretende llamar la atención al lector.

Pero el centro de mi reflexión era otro. Evidentemente al redactor que había titulado así la información no le gustaban las tres noticias de las que daba cuenta. Le parecía, incluso, que provocarían una situación tan penosa que sólo podría calificarse como propia de una "economía de guerra". Si esta visión del redactor fuese compartida por la gran mayoría de sus lectores (en lo que seguramente pensaba, pues siempre los titulares intentan lograr una complicidad con el público al que se dirigen), mi reflexión se tornaba en honda preocupación.

Porque mi reacción al conocer las tres noticias fue exactamente la contraria de la del redactor de marras. Me pareció que estábamos en presencia de tres buenas noticias y que nos teníamos que felicitar porque, finalmente, nuestras autoridades empezaban a reaccionar en la buena dirección. En las ciudades más prósperas del planeta no se recoge la basura todos los días. En varias de esas ciudades el metro se cierra antes del de Madrid. Los ciudadanos de aquellas urbes, más prósperas ahora que la nuestra, aceptan tal situación, porque consideran que no pueden permitirse lujos.

El autor del titular creía que lo normal era la situación en la que estábamos viviendo y que cualquier medida de austeridad (¿no lo es apagar las luces de nuestra casa cuando no las necesitamos, como hacían nuestros abuelos?) es algo desagradable de por sí y, por tanto, rechazable.

He venido sosteniendo que nos resultará imposible superar la crisis si no se produce en nosotros (en la sociedad española) un cambio de actitud. El titular demuestra que no se ha producido en su autor y que él cree que tampoco en sus lectores. Porque su reacción es la propia del niño mimado y mal criado, que protesta cuando en su casa hay que prescindir de cosas que le gustaban. Y, también, la del nuevo rico, que en seguida se olvida de dónde procede.

Este es el mal de una parte de la sociedad española, pero, sobre todo, de muchos de sus voceros. A cualquier renuncia razonable, a cualquier ajuste que implique algo de incomodidad se los tilda de sacrificios insoportables. Por mi parte, estoy convencido de dos cosas: que con estas medidas adoptadas por las autoridades de Madrid se puede vivir tan bien como antes, incluso mucho más razonablemente. Pero también, que si no adoptamos medidas similares, entonces el titular que comento ya no será una exageración sino que responderá a la pura verdad: la de una economía de guerra propia de una sociedad depauperada. Todavía estamos a tiempo de evitarlo.

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