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5 DICIEMBRE 2016
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Dios estuvo en Barajas

Ignacio Santa María

Hay algo de extraño, de inhumano, en ese afán por exigir una respuesta exacta sobre qué fue lo que falló, o más en concreto sobre quién falló, en el vuelo de Spanair que terminó estrellándose en el aeropuerto de Barajas. La avalancha mediática se orienta hacia la busca y la caza del culpable o de los culpables, mientras el Gobierno y la aerolínea se acusan mutuamente. ¿Quién falló? ¿Fueron los pilotos, los técnicos de mantenimiento, los inspectores de Aviación Civil, la compañía aérea, el Gobierno?

Lo que se esconde tras esta frenética búsqueda es la ilusión de que el hombre controla todos los aspectos de la realidad. Necesitamos encontrar a un culpable: un torpe o un incauto, o mejor aún, un negligente o un temerario, y agotar así la explicación sobre lo que ha pasado. Una vez detectado el error y localizado el causante, podemos seguir adelante y pasar página creyendo que seguimos teniendo el control de lo que ocurre. Paradójicamente, el culpable se convierte en el garante de nuestro aparente dominio sobre la realidad.

Pero la cosa no es tan sencilla. En un avión de pasajeros existen hasta tres maneras alternativas de llevar a cabo cualquier maniobra, de tal forma que para que un despegue desemboque en una tragedia como la del pasado día 20 se tiene que producir no uno, sino al menos hasta tres fallos simultáneos. Las probabilidades de que se produzca tal fatalidad son mínimas. Y sin embargo ocurrió. No es tan fácil encontrar un porqué.  

El hombre en solitario no puede encontrar explicación ante la muerte, el sufrimiento, el dolor, por eso los tanatorios están llenos de ese silencio tan embarazoso, a veces hasta violento. ¡Cuán mayor es la perplejidad ante un accidente que siega de golpe 154 vidas llenas de promesas! Y entonces se pronuncian decenas de declaraciones institucionales repletas de palabras huecas y minutos de silencio hechos de vacío. Y así el verdadero objetivo, la búsqueda colectiva del culpable, es distraernos de las grandes preguntas que afloran en el corazón humano ante la tragedia; las preguntas sobre el significado de la vida y de la muerte, sobre si la muerte tiene la última palabra; las preguntas sobre la finalidad de nuestra vida, sobre el Destino, sobre el Misterio, sobre Dios.

He podido leer el impresionante testimonio del padre Ángel Camino, un amigo sacerdote que acompañó a numerosos familiares de las víctimas en los días posteriores a la catástrofe. De su relato me ha llamado la atención el hecho de que a todas las personas que se acercaban a este sacerdote agustino para pedir su consuelo no les interesaba la búsqueda de la causa, del fallo o del culpable; se acercaban a él pidiendo, en palabras de la madre de uno de los fallecidos, "el consuelo de Dios", el contacto con "algo sagrado". Unos mendigaban sencillamente la presencia del Señor o le ofrecían la vida de su hija o de su hijo, otros se encaraban con Dios preguntando por qué había permitido que ocurriera el accidente, pero ninguno se distraía de la gran pregunta por el significado de tanto dolor.

El padre Camino dice en un momento de su relato: "Siempre que pase por este punto (el Ifema, lugar donde permanecieron los cuerpos tras al accidente y donde se dieron cita los familiares de las víctimas) lo recordaré como un lugar donde Dios ha estado presente. Ha sido muy emocionante. Ha sido llevar a las familias la presencia de Jesús. Jesús que se acercaba a los enfermos. Jesús en vida no curó a todos los enfermos ni resucitó a todos los muertos pero estaba al lado del dolor". Así es, sencillamente, la historia que casi ningún periódico cuenta: Jesús, Dios hecho hombre, que acude a responder a las preguntas más acuciantes y acompaña en el dolor. Él estuvo en Barajas, en el Ifema, en el Hotel Auditorium...

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