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6 DICIEMBRE 2016
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No superhombres, sino gente de fe

José Luis Restán

En la zona cero del municipio de Rovereto, donde son visibles las heridas aún en carne viva que dejó el terrible terremoto de hace un mes, Benedicto XVI ha cumplido humildemente el encargo de su Señor. El Papa teólogo no ha pronunciado una lección desde el púlpito, se ha colocado en medio de las tiendas de plástico, al lado de los escombros que aún faltan por recoger, y ha mirado a los ojos de quienes junto al temblor de la tierra han sentido temblar su ánimo y quizás desmoronarse su esperanza.

¿Qué es la vida, qué el amor, qué es la muerte? Preguntas sencillas que no son objeto de acartonados debates, son la trama de nuestra humanidad que queda desnuda, a flor de piel, cuando la circunstancia arranca violentamente todas las máscaras. Por eso el Papa advierte, nada más comenzar, que ha venido para consolarlos, pero sobre todo para sostenerlos. Porque a fin de cuentas ¿en dónde radica la consistencia del hombre?, ¿cuál es la roca, si la hay, sobre la que se puede construir cuando arrecia el vendaval? Cualquier otra pregunta no llega hasta el fondo del drama.

El Papa confiesa ante quienes han sufrido el terremoto la conmoción que le ha producido la lectura en el breviario del salmo 46: "Dios es nuestro refugio y nuestra fortaleza, poderoso defensor en el peligro; por eso no tememos aunque tiemble la tierra  y los montes se desplomen en el mar". Había leído incontables veces estas palabra, confiesa, pero ahora me sacuden profundamente porque dan voz a la experiencia que estáis viviendo. Y saliendo al paso de lo que todos piensan reconoce que hay una aparente contradicción entre esa fortaleza de la que habla el salmo y el temor y la angustia que todos ellos han sufrido.

Pero la seguridad que afirma la fe "no es la de un superhombre... se basa en la certeza de que Dios está conmigo, como el niño sabe siempre que puede contar con la madre y el padre, porque se siente amado independientemente de lo que suceda". Entonces el Papa les lleva a mirar al Crucificado, signo al mismo tiempo del dolor y del amor. El Dios que hemos conocido no está allá en las nubes, ha entrado de lleno en el dolor y los padecimientos de los hombres, ha querido someterse a la humillación extrema de la cruz para que nadie lo pueda sentir lejano en adelante. Sobre esta roca, les dice Benedicto XVI, se puede construir, se puede reconstruir.

Los hombres y mujeres de la Emilia-Romagna, laboriosos y joviales, tantas veces probados, oyeron al Papa hablar de su propia historia, de cómo la fe de tantos generó en la posguerra italiana un tipo humano capaz de levantarse y reconstruir, de generar solidaridad, de sembrar un futuro de paz y libertad para sus familias. Y tú confirma en la fe a mis hermanos, había dicho Jesús a Pedro. Benedicto XVI llegó en medio de quienes han atravesado la catástrofe para decirles que no están solos, que nunca estarán solos porque la Iglesia es una compañía carnal y espiritual, una amistad que teje cada mañana el mismo Señor que ha vencido a la muerte. "He experimentado conmoción ante tantas heridas, pero he visto también tantas manos que las quieren curar junto a vosotros, he visto que la vida recomienza, quiere recomenzar con fuerza y valor, y éste es el signo más bello y luminoso". El signo de que el hombre no pertenece al caos y a la furia absurda, sino al Misterio de Cristo que ha plantado su tienda entre nosotros.

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