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4 DICIEMBRE 2016
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Vitoria del PRI: No hay aquí puntos finales

Diego I. Rosales Meana

Debemos, empero, conminar a los lugares comunes a salir del hogar de la razón, y quizás el primero que haya que exiliar sea aquél que Charles Péguy mandó al diablo cuando preguntó: "¿Se nos pide que seamos vencedores, o que seamos nobles y mantengamos en el mundo un cierto nivel de nobleza?". La lógica del triunfo, del vencedor y los vencidos es una lógica primitiva. Debemos abandonar la lógica de la polémica en la que la finalidad es convencer, pues eso implica vencer y dejar por ahí a un derrotado. Lo que importa es, más bien, mantener cierto nivel de nobleza. Porque, en última instancia, hay que admitirlo ¿quién está seguro de tener la razón de manera absoluta? Y si llevamos las cosas hasta el fondo, ¿qué más da quién gane? De lo que se trataba es de vivir juntos. El burdo esquema humano de lucha amo-esclavo se da siempre por sentado pero no hay razón alguna para seguirlo manteniendo.

En este orden de ideas, habría que decir que no debemos hacer política, nunca, para obtener el báculo del poder. De lo contrario, todo se volvería un concierto de desgarres. La realpolitik no es la que los políticos se juega a eslóganes, presupuestos y acarreados. Eso es un show. La política verdaderamente real es la que se juega a pie de calle, participando en colectivos, exigiendo rendición de cuentas, construyendo bien común: quitándole poder al poder. La política no se juega en los comicios. Considerar sin medias tintas que el triunfo del PRI es un retroceso de ochenta y dos años es seguir pensando que el presidente y los funcionarios son quienes tienen en sus manos la mayor parte del futuro de México. Claro que tienen un papel importante, pero hay que grabarnos que no es el protagónico.

Nunca se ha insistido lo suficiente en que el fin de la democracia no es la democracia, sino la política, y que la política no debe ser entendida nunca como la competición por el ejercicio del poder, sino el esfuerzo de los hombres por vivir juntos. Esta política no se juega en la cancha de los vencedores, sino en la de quien sabe que hay algo por hacer en la arena que compartimos.

Debemos, pues, volver al humanismo político. Es decir, a la política humana y proporcionada. Decía Carlos Castillo Peraza que la política no es una lucha de ángeles contra demonios, sino que se debe partir del fundamento que nuestro adversario político es un ser humano. En este sentido, venció el PRI pero hay que preguntarnos, ¿a quién? A otra mínima parte de los políticos profesionales. A otros funcionarios. El resto de los mortales hubiéramos tenido que hacer lo mismo ganara quien ganara: ocuparnos del ágora. Mientras los mexicanos seamos reticentes a hacer vida política, dará igual quién esté ejerciendo los poderes constitucionales porque, en última instancia, el poder no es de quien está al mando, sino de quien es dueño de su propia subjetividad. Los mexicanos debemos asumir la posesión de nosotros mismos y comenzar a construir nación, saliendo de nuestras oficinas y haciendo vida pública.

Debemos, pues, reconsiderar la democracia y el estado, limar sus rebabas hasta el desgaste completo -si hace falta- de algunas de sus partes, y no con el objetivo de pulverizar nada sino, al contrario, con el objetivo de poder reconocernos y sacarnos del anonimato. Que nada nos estorbe para encontrarnos los unos con los otros y ponernos nombre. Eso puede ocurrir siempre, gane quien gane: el PRI o su porquero.

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