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9 DICIEMBRE 2016
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>De la historia argentina reciente

¿Una memoria selectiva?

Luis Antonio Ferrero

Esta brevísima introducción, viene aposta para lo que queremos decir respecto de un tema todavía hoy ríspido entre los argentinos. A propósito de ello, hacia fines del año pasado, el presidente de la Corte Suprema de Justicia de Argentina, efectuó varias declaraciones en los medios, con referencia a la publicación de un libro suyo en co-autoría -"Derechos humanos: justicia y reparación"(Edit. Sudamericana). Estas manifestaciones se referían al tema central del libro: los juicios por crímenes de lesa humanidad que se sustancian en nuestro país. Las opiniones vertidas por el titular de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Dr. Ricardo Lorenzetti, hacen referencia a los denominados delitos de lesa humanidad por los cuales se están juzgando exclusivamente a los militares que por entonces presidían el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983).

Los autores le asignan a dichos juicios una trascendencia histórica porque es una determinación de toda la sociedad, un proceso social que tuvo un reflejo institucional, inaugurando una nueva etapa en nuestro país, estando dichos juicios dentro del contrato social de los argentinos (sic). Desde el vamos, la expresión toda la sociedad pareciera -inicialmente- un tanto apresurada; ¿quién puede arrogarse tal pretensión...?

Sin entrar en el debate técnico-jurídico sobre si el concepto en sí -lesa humanidad- está utilizado correctamente [una lectura más atenta del Art. 7, en particular del punto 2a del Estatuto de Roma, de la Corte Penal Internacional, del 17.VII.1998, parecería indicar una amplitud mayor del término, no contemplada por la administración de justicia que se realiza en Argentina en estos días], sería provechoso detenerse en la postura político-cultural de base sostenida por la Corte Suprema de Justicia que preside el Dr. Lorenzetti. Especialmente con referencia a esa particular visión de nuestra historia reciente que abonan.

Se asegura en el libro aludido que la Corte lleva adelante el Juicio a los militares sólo desde un punto de vista jurídico, sin juzgar ideologías o posiciones políticas. No obstante ello, pareciera que el sustrato de los referidos juicios es de naturaleza político-cultural (obviamente no desde el punto de vista de una política partidaria): se dirimen en el espacio público, en el espacio de lo que nos une y nos separa a los argentinos. Donde la conjunción y es sumamente vital. Además, ¿por qué habría de haber contradicción entre lo jurídico y lo histórico cuando la Corte juzga al Partido Cívico-Militar que ocupó un determinado espacio de tiempo al frente de los asuntos públicos y debió enfrentar, desde el Estado, vicisitudes por todos conocidas? Por tanto si es jurídica dicha mirada, lo es también, en el fondo, política, cultural e histórica. ¿No debiera serlo?

Según el parecer de la Corte el relato histórico que habría que consagrar podría resumirse así, de modo muy extremadamente esquemático: el azaroso pasado reciente de los argentinos tuvo como protagonistas principales a una juventud maravillosa que luchaba por cambiar nuestra sociedad sometida por el imperialismo, la oligarquía y su brazo armado los militares, quienes junto con la Iglesia católica, sujetaban a los argentinos a un estado de cuasi esclavitud política. Estos últimos conformaban un colectivo al cual denominaríamos como los malos, en tanto aquella juventud formaba parte del bando de los buenos. A la postre -continúa el relato- aquellos extraordinarios jóvenes fueron perversamente perseguidos por los malos desde el Estado, hasta su derrota final. Todo ello porque aquellas Fuerzas Armadas habían decidido un día, de buenas a primeras, ocupar el Estado para someter a los argentinos. Un maniqueísmo pueril que una lectura atenta de la historia de nuestro país -creemos- no podría sostener en el tiempo.  

Sin embargo este relato oficial, este lugar común, esta instauración de un culto a la memoria, no es nuevo y ya se ha impuesto en el firmamento cultural de los argentinos, a partir del triunfo político-cultural de aquellos jóvenes setentistas[1] -auto-proclamados hoy los auténticos representantes de la mayoría del abstracto pueblo que invocan-, quienes a través de diversas usinas educativas lo establecieron como una verdad de Perogrullo. Parecería ya un sino de nuestra historia argentina: vivir entre la negación de nuestro pasado o su "invención" con fines de diverso tipo. Dicho en otros términos: hacer un uso instrumental de nuestro pasado. Mejor: pretender convertir la historia argentina en mitología. ¡Es un hábito que practicamos desde hace ya mucho tiempo!

Dicho relato que el Poder Judicial de la Nación reivindica, pretende ser un relato épico, a la vez que maniqueo, sostenido por variedad de opinólogos. Lo extraño es que lo sostenga como verdad inconcusa, como nuevo dogma, el citado órgano del Estado. Pareciera que luego de doscientos años de desencuentros poco hemos aprendido de historia los argentinos. En cambio hemos fortalecido en demasía los mitos que vanamente creamos. Porque la historia es protagonizada por los hombres de carne y hueso (o un grupo) de un pueblo; "existe un pueblo cuando hay memoria de una historia común que se acepta como tarea histórica por realizar". Este pueblo -en el camino arduo hacia la edificación de un ideal común, en una mutua ayuda que siempre debe reiniciarse- hace memoria y olvida sin necesidad de que el Estado le dicte una política pública de la memoria, tal como lo afirma la Corte. Nunca desde el diktat de un Estado puede nacer la Historia; si bien esto, lo repetimos, ha sido la tentación de siempre de todos los Estados totalitarios. Ya hace mucho que grandes escritores (Orwell, Arendt, Grossman...), nos lo han advertido. Como recuerda Arendt "hagan lo que hagan, los que ejercen el poder son incapaces de descubrir o inventar un sustituto adecuado para" la verdad. A propósito... ¿por qué este esencialísimo término nunca aparece ni en los comentarios finales del libro de marras, ni en su prólogo, obra del juez español B. Garzón?

II) Ahora bien. ¿Fue esto en verdad lo que sucedió en los últimos años de nuestra historia argentina? ¿Qué era lo que entonces ocurría? Quienes por aquellos años transitábamos nuestra juventud, ¿cómo percibimos aquellos sucesos? Los que vivimos en aquellos años -los integrantes de la Corte, yo, mis padres, los empleados y trabajadores de mi ciudad, mis vecinos, los hombres comunes con los cuales convivíamos todos los días- ¿cómo lo vivimos? ¿Por qué tantos protagonistas sostuvieron y todavía lo sostienen que aquello fue un enfrentamiento armado, que fue una guerra? (sólo por nombrar algunos: Firmenich, Luis Mattini, Oscar del Barco, Galimberti, Hebe de Bonafini... o Videla, Masera...). Ya son muchos historiadores y ensayistas que también opinan en este sentido (cfr. Carlos Altamirano en Peronismo y cultura de izquierda  cap. 8). Este autor realiza una descripción, creemos, bastante precisa sobre la intención de "forzar el fin" desde la lucha armada por parte de una de las bandas que asolaron nuestro país.

¿Fue en verdad una guerra? Ésta es la pregunta que no sólo no se quiere contestar, sino ni siquiera esbozar. Pareciera que -parafraseando a Pasolini- en Argentina el atrevimiento intelectual de la verdad y la práctica política son dos cosas incompatibles. Deberíamos tener el coraje de admitirlo. Hace ya mucho tiempo que los argentinos, malgrado cierto sentimentalismo, cierto emotivismo inútil que cultivamos, vivimos aún del enfrentamiento y del odio. Y lo acaecido en los sesenta y setenta fue una guerra civil. No convencional, irregular, larvada, soterrada, "sucia", como quiera denominársela. Un enfrentamiento que no nació por generación espontánea. Tenía sus antecedentes y sus patrocinadores desde hacía ya algún tiempo; una guerra entre varias facciones de argentinos, que -además- no fue popular y que fue ignorada por la mayoría de la población. Hay algún autor que sostiene -en opinión que comparto- que en la Argentina de la segunda mitad del s. XX hubo dos guerras civiles: la primera entre 1945 y 1965, difusa, con brotes esporádicos, fría; la segunda a partir de los años 60 y 70 cuando, a caballo del marxismo se instauró la idea de la destrucción necesaria no ya del adversario o del enemigo, sino del oponente como un criminal.

¿Por quién y cuándo tuvo inicio? Los iniciadores, los fogoneros -si bien no únicos-, fueron aquellos a los cuales el relato referido considera como los buenos, la juventud maravillosa. Éstos, al socaire de los vientos del 68 y al compás de la voz mítica de revolución, que les hacía resonar la estrategia del Frente popular impulsada por la URSS -les llegaba por aquellos años desde una isla del Caribe-, prendieron fuego a la mecha del terrorismo. Como dice uno de aquellos protagonistas, la verdad y la justicia deben ser para todos. Pero antes deben ser dichas. "No deja de ser cierto que un terrorismo revolucionario precedió y convivió al principio con el terrorismo de estado, y que no se puede comprender el uno sin el otro" (T. Todorov).


[1] Esta denominación designa en el argot político argentino a aquellos jóvenes herederos del Mayo francés, cuya actuación, casi siempre violenta, se inicia en los años 60 de la pasada centuria. Tal como afirma un autor, su prédica se basa, hoy, en tres pilares: el consumismo en economía, la prédica de los derechos humanos y el autoritarismo nacional-populista en la lucha por el poder político, con el Estado como dispensador de la felicidad a los hombres. Hoy el kirchnerismo sería la versión vergonzante de aquellos ideales.

Recordemos muy sucintamente algunos hechos. Después de los años en que actuó la denominada Resistencia peronista, sucede el primer brote guerrillero de Uturuncos, que copan una comisaría en Frías (Pcia. de Santiago del Estero) el 25.12.1959. Otro hecho relevante -casi la prehistoria de la guerrilla en nuestro país- fue el asalto al Policlínico Bancario el 20.08.1963, capitaneado por Joe Baxter y José Luis Nell, jefes del movimiento Tacuara. El accionar del delegado de Perón, John W. Cooke, quien exhortaba al Líder para que defina al movimiento como lo que es, como lo único que puede ser, un movimiento de liberación nacional, de extrema izquierda, fue como el partero de las "formaciones especiales", impulsando la estrategia foquista, aunque murió sin llegar a verlas. El foquismo como una copia de la experiencia cubana fue puesto en obra por el comandante Masetti (el Comandante segundo) en 1963 y 1964, en el monte salteño, al cual confundieron con una Sierra Maestra cubana. Finalmente con la aparición de Montoneros -quienes secuestraron y asesinaron al general Aramburu (29.05.1970) - y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), ahora sí se ponía en marcha la guerra revolucionaria para la toma del poder (sic). Ellos atrajeron a una enorme minoría de jóvenes, provenientes de familias de clase media, no peronista, católicos muchos, que se plegaron a aquella Revolución que debía concretarse mediante la lucha armada. Bueno es aclarar que los Montoneros no nacieron para combatir por el peronismo proscripto y luchar contra la Revolución Argentina (así denominado el Gobierno cívico-militar de 1966-1973). De haber sido cierto ello, luego del 25 de mayo de 1973, con el retorno de la democracia, hubieran dejado de existir.

Tras la instauración del gobierno de Perón (1973) proseguirá la riada de atentados, secuestros extorsivos, asesinatos, "centros clandestinos" de un lado y "cárceles del pueblo" (así denominadas por la guerrilla) del otro, imposibles de resumir en estas líneas, pero reales, concretos y comprobables. Recuerdo el colofón de uno muy emblemático (hoy lo sabemos): el domingo 5 de octubre de 1975, por la tarde, la autoridad policial de los pueblos de Susana y Angélica (en la Provincia argentina de Santa Fe), cercanos a mi ciudad Rafaela, fueron informados, ante su estupor, del subrepticio aterrizaje de un Boeing de mediano porte en una estancia de las cercanías. Del mismo habían descendido treinta uniformados, los cuales fueron rescatados por una decena de automóviles, provenientes de diversos puntos de la zona. Aquellos uniformados formaban parte de lo que se dio en denominar Ejército Montonero, quienes venían huyendo luego de haber perpetrado su bautismo de fuego en Formosa (Argentina), contra el Regimiento de Infantería de Monte 29, al cual atacaron a tiros en una operación armada que se denominó Operación Primicia. Como resultado de la misma murieron doce guerrilleros, un subteniente, un sargento y un policía, más diez conscriptos, de los más pobres del cuartel, que ese domingo hacían guardia para juntarse con unos pesos que los más pudientes les pagaban para reemplazarlos. Episodios como éste, repetidos muchísimas más veces, ¿no habrán conformado hechos de una guerra?

Claras son las palabras de Luis Mattini, heredero de Santucho como jefe del ERP: "No nos chupemos el dedo. Está bien la pregunta, porque ahora hay una cantidad de compañeros que se hacen los blanditos. La historia es la historia y hay que hacerla con la verdad. Pero la verdad es que nosotros nunca pensamos en la democracia. Nosotros pensábamos en la democracia en términos de Lenin, como un paso, un instrumento para el Socialismo, teníamos toda la concepción leninista más dura. Para nosotros la sociedad socialista tenía una etapa previa que era la dictadura del proletariado; y en eso que no se hagan los desentendidos. Para lograr sus fines, el ERP siguió al pie de la letra el consejo de Ernesto Guevara" (cit. en Lessa, Alfonso, La Revolución imposible, Uruguay, Fin de Siglo, 2002, p. 190). Para afirmar también: "Nos proponíamos un Estado socialista, y estábamos convencidos de que un Estado socialista sólo podía ser conquistado por la fuerza de las armas. Esto es importante; no fue sólo una resistencia a la dictadura" (cit. por Pigna, F., Lo pasado pensado, Bs. As. Planeta, 2005, p.215).

La respuesta inicial al terrorismo guerrillero -contra lo defendido y propalado por el setentismo- no provino de las Fuerzas Armadas: nació del gobierno constitucional que había asumido en 1973, el cual en 1975 ordenó el aniquilamiento de la subversión, poniendo en marcha una hipótesis de guerra y un proceso que se situaba en la lógica de la guerra interna. Habiendo elogiado el asesinato de Aramburu desde Madrid y la guerra revolucionaria emprendida por Montoneros, para Perón -ahora ya en la Argentina- las autodenominadas formaciones especiales pasaron a convertirse en enemigos que había que eliminar, porque las mismas no aceptaban la conducción del viejo general. Tras su muerte y hasta marzo de 1976, las AAA (Alianza Argentina Antiterrorista) encabezaron aquella violencia estatal contra el terrorismo, asesinando varios dirigentes de renombre. Lo que vino después fue la extremada torpeza y las acciones criminales protervas de las Fuerzas Armadas que encabezaron el Golpe militar de marzo de 1976, ante el silencio total de nosotros los argentinos. Éstas son hoy las únicas sentadas en el banquillo de los acusados.

También vendrían la mentira, la hipocresía en ambos lados, para tapar complicidades muy notorias. Un torpe intento de auto-amnistía por parte de las Fuerzas Armadas y hoy el mismo intento exculpatorio a través de esta denominada política de la memoria que instauran los jóvenes idealistas, algunos de ellos ahora encaramados en el poder del Estado. Amén de la teoría de los dos demonios, aceptada por unos y rechazada por otros...

III) No hubo dos demonios en el pasado reciente de los argentinos. Tampoco uno, como lo pretende este relato oficial. Arrastrábamos una violencia desde hacía largo tiempo y nos convertimos en miles y miles de demonios, para conformar otras tantas bandas armadas que se embadurnaron hasta el tuétano en los genios visibles e invisibles de una violencia ideológica que se abatía sobre nuestra Latinoamérica. Algunos como protagonistas, incluidos muchos que actuaron con una buena intención -en ambos lados en lucha. Otros como torpes idiotas útiles que fuimos... hasta que no sé por qué razón pudimos atisbar otra perspectiva..., quizás cuando -azorados- escuchamos a un cura de mi ciudad decirnos que era bueno matar por amor (sic).

Nuestra memoria cultural debe ser leída a la luz de toda nuestra historia; para que la verdad nazca habremos de realizar un examen sobre la totalidad de nuestro pasado. Conscientes de que la historia no es historia sino en la medida en que ella no accede ni al discurso absoluto ni a la singularidad absoluta, en la medida en que su sentido se mantiene confuso, mezclado... La historia es verdaderamente el reino de lo inexacto. La Historia quiere hacer contemporáneos los hechos, pero necesita al mismo tiempo restituir la distancia y la profundidad de la lejanía histórica, tan necesarios.

El uso de lo que la mayoría quiere puede ser un criterio suficiente en algunos casos. Pero en las cuestiones culturales fundamentales (los ámbitos de la filosofía, la historia, la antropología, el derecho...), en las cuales está en juego nuestra memoria como pueblo, el principio de la mayoría, el de los muchos (en el sentido de lo que todos dicen creer), no alcanza. Son varios los actores de este pasado reciente de los argentinos que estarían obligados a una autocrítica. Los primeros: la corporación política, en particular sus principales partidos. Muy especialmente el setentismo, que nos debe una autocrítica política profunda para empezar a expiar de sus credos las espinas de aquella patología religiosa que quisieron imponernos, cuyos lastres todavía padecemos sin reconocerlos en algunas muecas del poder.

Una apostilla: los autores del libro citan la frase de un autor catalán, Ricard Vinyes: frente a lo irreparable el perdón carece de sentido (sic). ¿Qué es lo irreparable? ¿Quién puede determinarlo? ¿El Estado? ¿La Corte? ¿Lo único posible es persistir en la lógica amigo-enemigo, tan cara a ciertos sectores de la clase política argentina? ¿Será el sustento de nuestro común rostro político sólo la jerga, la opinión y el odio? ¿Qué se construye con ello? ¿Es factible construir desde la ideología, entendida ésta como concepción totalitaria del hombre establecida por el poder? ¿En qué contribuye todo ello al renacimiento de la política entre nosotros, política que tanto necesitamos luego de lo que aquellos años nos dejaron como saldo? ¿En qué a la reconciliación de todos los argentinos tan cacareada por la clase política?

Una mirada más solícita sobre nosotros tiene que remontarse hacia una historia "que viene de más lejos". ¿De quienes somos herederos? Además, entender que la justicia es una condición necesaria para la paz, pero no suficiente. Esto también nos remite a un tema más complejo y arduo cual es el del "perdón difícil": "El perdón, si tiene un sentido y si existe, constituye el horizonte común de la memoria, de la historia y del olvido".  "¿Quién nos enseñará a decantar, a clarificar la alegría del recuerdo?" (A. Bretón). ¿Cómo volvernos de verdad memoriosos sin resentimientos? "¿Quién nos hará ver la dicha?". "¿Qué 'distracción divina' -Kierkegaard-...será capaz de llevar al hombre 'a examinar cuan magnífico es ser hombre?".  Porque el hombre, los argentinos, aunque tengamos que morir, "no nacimos para eso sino para comenzar". ¿Desde qué herencia cultural recomenzaremos?

Sin reconciliación y justicia, no hay paz: toda sociedad necesita reconciliaciones para que pueda reinar la paz, dice el Papa. Pero esta reconciliación, que es buena para la política, no puede nacer únicamente de ella: son procesos -agrega- pre-políticos y deben brotar de otras fuentes. De las cuales también, de hecho, nace el patrimonio ético de un pueblo, al que refieren los autores.

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