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9 DICIEMBRE 2016
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Tristes genes

La tristeza de Ronaldo ha coincidido en los últimos días con la publicación de los resultados del proyecto Encyclopedia of DNA Elements (Encode) en el que han trabajado 442 científicos de todo el mundo. Se ha avanzado, gracias a este estudio, en el conocimiento del genoma humano. En 2001 fueron presentados los primeros hallazgos en este apasionante campo. Y desde entonces se ha progresado mucho. Sólo el 1,5 por ciento del genoma contiene genes. Inicialmente se pensó que el resto era "ADN basura". Pero ahora se ha descubierto que lo que consideraban material de desecho son "interruptores" que hacen funcionar los genes. El mal funcionamiento de esos interruptores, que se combinan entre ellos de forma compleja, puede ser causa de las enfermedades.

Los primeros pasos en la investigación del genoma humano hicieron soñar a algunos que la vieja aspiración de controlar la enfermedad podría estar más cerca. Si se conocía el genoma de forma personalizada se podían conocer los males que iban a afectar a una persona y evitarlos de antemano. Pero las cosas son más complejas. Las enfermedades monogénicas, en las que interviene un solo gen, no suelen afectar a la mayoría. Las enfermedades que suelen afectar a la mayoría son poligénicas, intervienen varios genes, lo que complica, aunque no hace imposible, la prevención. Y a todo ello hay que añadir además la influencia del ambiente. La relación entre los diferentes genes y el ambiente será el terreno en el que se desarrolle una medicina individualizada. Pero no está aún controlado. La X que hay que despejar en este campo científico se aleja en el horizonte.

Lo sorprendente es que mientras estos descubrimientos abren el horizonte de la razón científica y la lanzan a una aventura apasionante, hay quien utilice esos mismos datos para cerrar las ventanas de la "razón existencial". Cuando se divulga este tipo de conocimiento se utiliza un viejo prejuicio ideológico decimonónico, que afortunadamente muchos científicos serios han abandonado, para concluir que el hombre es un "ser indiferenciado", un "animal entre animales", una "cosa entre las cosas". El adelanto en el conocimiento del ADN o del contenido genético compartido con la mosca o el chimpancé sirven para sostener la reducción del hombre a las proteínas. O a microbios. 

Este verano The Economist dedicaba una portada y un amplio editorial a los avances en microbiología. Titulaba Microbes maketh man. La frase era un juego de palabras que utilizaba un famoso dicho británico del siglo XIV: Manners maketh man (las buenas maneras hacen al caballero). The Economist, en un texto que subtitulaba "las personas no son solo personas" explicaba que "los médicos y los biólogos pueden empezar a pensar en la gente como superorganismos". "Tradicionalmente -añadía- se ha pensado que el cuerpo humano es una colección de 10 billones de células que son producidas por 23.000 genes (...). Pero los robespierres biológicos afirman que los humanos no son simples organismos sino superorganismos compuestos por pequeños organismos trabajando juntos". Las palabras hombre y cuerpo, en el texto, se utilizaban como sinónimos. Pura deconstrucción de la singularidad. Y lo mismo que sucede en la genética, o en la microbiología, ocurre en la neurociencia. Michael S. Gazaniga, uno de los padres de la neurociencia cognitiva, afirmaba hace unos días que "los procesos mentales, incluyendo la sensación de tener una mente y un yo, son fruto del cerebro. La libertad de acción es irrelevante e inconsistente". Neurociencia que se convierte en teología negativa.

La tristeza de Cristiano Ronaldo puede ser puro circo mediático o algo sincero. Pero no hace falta ser Cristiano, ni tener una rusa por novia, para saber que se pueden disfrutar situaciones maravillosas y sentir una tristeza honda, profunda, que es la que nos hace percibir nuestro yo como algo distinto, diferenciado, siempre en busca de una satisfacción definitiva. La proteína, el microbio o la neurona por mucho que se organicen no son capaces de generar por sí mismas esta compañera cotidiana, cordial tristeza, que nos hace mirar lejos y ser libres. 

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