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11 DICIEMBRE 2016
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Tenía que ir

José Luis Restán

Beirut es en la víspera de la llegada del Papa una ciudad ruidosa y engalanada, próspera a su manera, aunque aún sean visibles las cicatrices de la terrible guerra civil. Allí se comercia, se construye, se convive... y sin embargo el temor crece. La gente es consciente del precario (casi milagroso) equilibrio que sostiene todo el edificio. Ya no se habla de la "Suiza de Oriente Medio" pero el país de los cedros sigue siendo una anomalía por tantas cosas. Es el único lugar en el avispero medio-oriental en el que puede hablarse con propiedad de democracia, de pluralismo y de libertad religiosa. Incluso se ha dado, en cierta medida, una reconciliación que parecería imposible tras los horrores de una guerra llena de venganzas sin fin.

Pero todo eso no disipa los nubarrones, aumentados por la guerra en Siria, por la llegada de miles de refugiados, por el sempiterno conflicto entre Israel y Palestina, por la onda de las revoluciones árabes que han terminado por encumbrar al islamismo y por los hilos que mueve Teherán a través de Hezbolláh, la milicia armada chií que muchos identifican como un "estado dentro del Estado". Para que nadie se haga ilusiones con el precario equilibrio parlamentario actual, el Patriarca maronita Bechara Rai ha hablado estos días de "la dureza de los corazones, de la hipocresía y la mentira que envenenan las relaciones, de la profundidad del odio entre unos y otros, presto para explotar con el mínimo pretexto". Son palabras duras, que la autoridad cristiana más cualificada del país no ha querido ahorrarse días antes de que el Papa aterrice en su tierra. Y hace bien, porque esto da la verdadera medida del viaje, que aunque seguramente transcurrirá entre el entusiasmo del pueblo, dista mucho de ser un camino de rosas.

Por cierto que una espina particularmente dolorosa es la división interna de la comunidad cristiana en esta difícil encrucijada. Bien está profesar el legítimo pluralismo de las opciones temporales, pero en el Líbano de 2012 produce zozobra que una parte de los líderes políticos cristianos se asocien a Hezbolláh mientras otros se acogen a la amplia coalición anti-siria con los musulmanes sunníes. El Patriarca ha conseguido reunirlos en torno a su mesa tras años de incomunicación, y eso es ya un paso. También ha logrado que varios líderes religiosos cristianos y musulmanes de las distintas confesiones firmen una declaración sobre los fundamentos de la nación: el carácter democrático, la convivencia entre cristianos y musulmanes y el reparto de la gestión pública entre las diversas comunidades.

Con todas sus dificultades Líbano es un espejo en el que otros podrían mirarse. El obispo maronita de Batroun, Mounir Khairallah, advierte que una verdadera primavera árabe sólo tendrá lugar cuando se garantice la libertad de opinión, de expresión y de conciencia, y se reconozca a los cristianos idénticos derechos y deberes que a sus vecinos. Khairallah ha dicho al diario Avvenire que los cristianos libaneses no tienen miedo y que la presencia no depende tanto del número cuanto de la calidad del testimonio. Quizás esta senda de la misión a través del testimonio y el diálogo sea una de las grandes apuestas de la Exhortación post-sinodal que Benedicto XVI firmará en la basílica de San Pablo, en Harissa. Es un camino distinto de la mera autodefensa y del exilio. Pero hace falta un pueblo consciente, alimentado y sostenido. Esperemos. Mientras tanto en la noche mediterránea de Beirut se respira esperanza. Es éste un espacio singular en el que se alterna el sonido de las campanas y las llamadas del muezín. Todos quieren recibir y escuchar al Papa que llega el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz: el signo de los cristianos que es a un tiempo amor y perdón, victoria sobre la muerte. 

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