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5 DICIEMBRE 2016
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La diada catalana: una sociedad civil secuestrada por el nacionalismo-Estado

F. Medina

Se ha consumado: el secuestro ideológico al que el nacionalismo ha sometido a la sociedad catalana es un hecho. Un desfile de banderas independentistas y de gritos contra España que claman: "Cataluña, nuevo estado de Europa", respaldado por representantes de la organización proetarra Bildu que han asistido a la manifestación, pone en evidencia que el rechazo hacia la búsqueda de una convivencia y de un punto de encuentro entre la sociedad catalana y el resto de España adquiere tintes preocupantes de una sociedad que navega a la deriva de una ideología nacionalista basada en la confrontación frente al otro, empapando del discurso victimista a la sociedad catalana, a la que se ha inculcado en el mantra de "los españoles contra Cataluña". ¿Qué está pasando?

Hace unos días, Fernando García de Cortázar, en un artículo publicado en el diario ABC del 9 de septiembre, hablaba de cómo los cambios no son sucesión de acontecimientos sino que son espejo de una "crisis de civilización". Desde luego, lo que está sucediendo en Cataluña no es más que el resultado de un proceso de empobrecimiento del tejido social español como comunidad política: y es que la savia que hacía posible la convivencia se ha secado y la utopía nacionalista está fagocitando a las personas. Es un momento en el que el resto de los españoles nos enfrentamos a la cuestión de nuestro futuro como nación: en esto, Cortázar es certero; no se trata sólo de más leyes y de reacción frente a la ofensiva nacionalista catalana (y vasca), sino de recuperar una pasión nacional. Bien está como deseo de construir una historia juntos (andaluces, castellanos, extremeños, catalanes, vascos, aragoneses...) fruto de una real identidad histórica común. Sin embargo, la memoria de nuestro pasado común parece no ser suficiente ante la ofensiva ideológica-cultural, tan cargada de utopía, que el nacionalismo ha teñido en Cataluña: hasta el punto de haber contaminado la comprensión histórica de su propia identidad. El himno Els Segadors (inmerso en el contexto de la Guerra hispano-francesa, dentro del contexto europeo de la Guerra de los Treinta Años), que, en su origen, expresaba la revuelta del campesinado, se ha reinterpretado en clave nacionalista: sería el símbolo de la lucha contra la opresión española. La ideología va fagocitando también a la cultura.

En la manifestación no había lo que, popularmente, se dice como "cuatro gatos". Las cifras rondan entre las 600.000 y el millón y medio de personas (más de 1.000 autobuses fletados dicen mucho), lo que significa que un amplio sector de la sociedad catalana no quiere sentirse española ni tener vínculo alguno de pertenencia a una nación de la que nunca han sido independientes. Viene a la mente lo que dice García de Cortázar cuando habla del individualismo, de la huida de cualquier compromiso colectivo, la pérdida de la conciencia de una identidad común...Una mentalidad egoísta, de mirarse hacia dentro, que el nacionalismo ha ido inculcando durante años en el cuerpo social. Se trata de un proceso que ha ido madurando durante décadas, del que la Iglesia en Cataluña no se ha eximido: ya apuntaba Jon Juaristi ("El bucle melancólico", "Sacra Némesis") esta transferencia de sacralidad que empezó en el seno de los colegios y seminarios católicos (en Cataluña, es paradigmático el caso de Montserrat) y se ha contagiado por ósmosis en la política. La relación ascenso del nacionalismo-descenso de la conciencia religiosa en el hombre no ofrece dudas: al igual que en el País Vasco, el nacionalismo catalán ha desencadenado un proceso de secularización imparable, sustituyendo a la fe cristiana como elemento articulador de un pueblo: frente al pueblo cristiano, de espíritu abierto y universal, como lo fue en el País Vasco y en Cataluña, surge el pueblo inspirado en la superioridad del nacionalismo, autoconcebido como dueño de su destino y no dependiente de ninguna otra realidad superior. En esta transformación social, es difícil no ver a Nietzsche detrás, no sólo ya por la mentalidad del Übermensch (superhombre), sino también en el intento de realización de una utopía peligrosa: el camino hacia el nihilismo (no se siguen ya los valores que nos permitieron caminar juntos desde la Transición; ahora es el nacionalismo quien los inventa).

En este punto, es interesante el diagnóstico que da García de Cortázar: a pesar de lo ejemplar que fue para todos la Transición española a la democracia; a pesar de que nos hemos dotado de una Constitución como fruto de un pacto social de convivencia, la realidad es que, hoy día, entre nosotros hemos dejado de vernos en un proyecto común, y nos hemos reducido a ser extraños que compartimos la crisis: el sentido de la solidaridad, de concebir al otro como prójimo, de compartir sus necesidades, alegrías, preocupaciones; el deseo de concebir un proyecto común; el ánimo de caminar juntos buscando siempre lo que nos une y acogiendo la diferencia....todo ello va siendo cada vez más socavado por el individualismo. Es ahí donde el nacionalismo ha conseguido dar la vuelta a la tortilla: aprovechando el desencanto, y la situación actual de crisis, han acudido a la demagogia y a culpar a España como responsable de la grave situación económica en Cataluña para agitar la bandera del rechazo y la separación. He aquí los frutos de la ideología: ante lo que me sucede, no me fío del corazón, sino de lo que otros, sin ser testigos de la verdad, me dicen o me imponen. ¿Estamos ante otra alienación

El hecho de la manifestación es toda una provocación: la virulencia del odio y el rechazo tan cargado de malestar ante los tiempos que se nos vienen encima nos ponen delante la incapacidad de una sociedad (la catalana) de partir de la realidad de España, que, le guste o no, es también la suya.

Este desafío de la Díada debiera ser una oportunidad para que Rajoy actúe con sentido de Estado: el presidente debería tener en cuenta este dato y aprovecharlo para apelar al bien común de todos los españoles, no a los números ni sólo a la crisis, y trabajar por un proyecto creíble capaz de plantear, en el futuro, una batalla cultural. Porque, a corto plazo, ésta parece perdida. Recuperar la conciencia nacional, entender que somos no un producto constitucional, sino que nosotros mismos, como sociedad, acordamos un modelo de convivencia que fuese integrador, exige una renovación en el ideario político del Partido Popular y una mayor valentía para dialogar con otras fuerzas políticas y, sobretodo, con la sociedad.

El mayor reto es a nivel social: la sociedad catalana, que ya estaba fracturada a causa del nacionalismo (como ideología totalitaria que ha empapado también a la comunidad cristiana), está siendo secuestrada ideológicamente por quienes aspiran a perpetuarse en el poder. La batalla más difícil es cómo cambiar el corazón de las personas: que surja una pasión por el otro como persona que convive conmigo, una pasión por el bien común: por construir juntos, por dialogar y entender la diferencia, por afrontar un mismo destino y arrimar el hombro en estos tiempos tan dramáticos. Porque, en realidad, no somos distintos: no sólo porque tengamos una misma identidad histórica y política, sino porque tenemos un mismo deseo, puesto en el corazón. Ceder a este deseo implica replantearse algunos cimientos ideológicos, porque, de ello, depende nuestra existencia como comunidad política solidaria, en la que no primen intereses ideológicos mezquinos. Para ello, hace falta coraje, algo que no abunda en la clase política (tanto en el nacionalismo como entre los constitucionalistas) ni en Cataluña ni en el País Vasco ni en el resto de España. Necesitamos, urgentemente, que el valor por seguir el deseo de construir juntos también renazca también en nuestra sociedad. La Historia nos ha mostrado sobradamente el dramático fracaso de una sociedad del superhombre, desprovista de vínculos. ¿Es ésta la sociedad que queremos? ¿O, a lo mejor, habrá que mirar más a la Ciudad de Dios de Agustín?

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