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10 DICIEMBRE 2016
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Amigo de Dios y de los hombres

José Luis Restán

Minutos antes una apoteosis de cantos y banderas había dejado paso a la profundidad y fervor de la celebración litúrgica. Una vez más, como hace más de veinte siglos Pedro ha tomado la palabra.  Pero ya no es el pescador instintivo, tan presto a confesar una verdad que no alcanzaba a entender como a protestar indignado ante el Maestro porque su camino producía vértigo. Ahora la voz de Pedro conoce ya, a través del dolor y del amor, que "decidirse a seguir a Jesús, es tomar su Cruz para acompañarle en su camino, un camino arduo, que no es el del poder o el de la gloria terrena, sino el que lleva necesariamente a la renuncia de sí mismo, a perder su vida por Cristo y el Evangelio, para ganarla".  El Evangelio del día afirma que Jesús se lo explicó a los suyos "con toda claridad". La misma claridad que ha desplegado Benedicto XVI en sus cuarenta y ocho horas en tierra libanesa. Los cristianos de Medio Oriente no pueden hacerse vanas ilusiones: no serán las potencias occidentales, ni los medios de comunicación, ni la astucia tan típica de la zona los que aseguren su futuro. Como Jesús, ellos sólo poner su confianza en el Dios que los ha llamado a esta misión y en la compañía de toda la Iglesia.

Esa compañía que sólo el Papa, con su sacrificio personal, su lucidez y su fe patente, podía encarnar estos días. Había llegado a Beirut en plena fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, incómoda referencia para muchos. Y en la basílica de San Pablo en Harissa, al firmar el documento fruto del Sínodo, quiso decir en voz alta el drama de sus hermanos: " toda la Iglesia ha podido escuchar así el grito lleno de angustia, y percibir la mirada de desesperación de tantos hombres y mujeres que se encuentran en situaciones humanas y materiales difíciles, que viven fuertes tensiones con miedo e inquietud, y que quieren seguir a Cristo, que da sentido a su existencia, a pesar de que muy a menudo se ven impedidos de hacerlo".

Más de uno se descubrió con los ojos llenos de lágrimas al escuchar al Sucesor de Pedro que ésta no es la hora de una derrota (tan fácil de anotar con las contabilidades del mundo) sino la hora de "celebrar la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, del servicio sobre el dominio, de la humildad sobre el orgullo, de la unidad sobre la división". Ese es el lenguaje de la cruz gloriosa, subraya el Papa, la locura de la cruz: "saber convertir nuestro sufrimiento en grito de amor a Dios y de misericordia para con el prójimo;  saber transformar también unos seres que se ven combatidos y heridos en su fe y su identidad, en vasos de arcilla dispuestos para ser colmados por la abundancia de los dones divinos, más preciosos que el oro". 

Delante del Papa están todos, han llegado del hermético Irán, de la lejana Armenia, del inquieto Egipto en transición, del martirizado Iraq, de la Siria que se desangra y de Jerusalén, la Iglesia madre. Y junto a ellos, en respetuoso silencio y con semblante amistoso, los jefes de las comunidades sunní, chiíta, alawí y drusa. Viejos y conocidos vecinos raramente confortables, pero allí estaban,  asintiendo al apremio dulce y severo del obispo de Roma: construid la paz, no permitáis que el veneno de la violencia contamine vuestra religiosidad, desenmascarad la mentira del fundamentalismo.

Ante los líderes políticos y los representantes del mundo de la cultura Benedicto XVI realiza un fuerte llamamiento a respetar la libertad religiosa. "Profesar y vivir libremente la propia religión, sin poner en peligro su vida y su libertad, ha de ser posible para cualquiera. La pérdida o el debilitamiento de esta libertad priva a la persona del derecho sagrado a una vida íntegra en el plano espiritual". Y advierte que no basta una mera tolerancia, que no elimina las discriminaciones, sino que a veces incluso las reafirma. También advierte de la falsedad de una convivencia basada en la marginación de la apertura religiosa del hombre, porque sin ella no puede encontrar respuestas a los interrogantes de su corazón sobre el sentido de la vida y la manera de vivir moralmente, y así se hace incapaz de actuar con justicia y de comprometerse por la paz.  En el Líbano multiconfesional, encrucijada de caminos entre oriente y occidente, Benedicto XVI ha vuelto sobre uno de sus temas esenciales: la convivencia, la vida buena, no puede sostenerse ni sobre el fundamentalismo que pugna por dominar al Islam ni sobre el laicismo agresivo que tantas veces asoma la cara en las democracias europeas.  Hace falta una nueva comprensión y valoración de la libertad religiosa y de su proyección social y política, y quizás Líbano puede ser un buen laboratorio para esto.  

El encuentro con los jóvenes ha sido un motivo de especial alegría para el Papa. Ha sido la documentación carnal de dos mensajes muy centrales en la visita: los cristianos no deben temer al futuro sino que deben implicarse en su construcción, y la amistad cívica entre musulmanes y cristianos es posible y constituye una palanca para construir otro tipo de convivencia en Oriente Medio.  Recordemos que mientras miles de jóvenes de ambas religiones aplaudían al Papa,  la violencia instigada por los islamistas se extendía por toda la región. Hace falta una gran tarea educativa y de convivencia para que esta semilla germine en el tiempo, pero no existe otro camino.  

Volvamos a la escena del principio. Tras la dicha límpida de estos días toca volver a casa, a los barrios donde los cristianos sienten la tentación de encastillarse para defender una magra cuota de seguridad, a la difícil convivencia, al desafío de ser protagonistas de una historia que estos días vuelve a parecer un volcán. Los hombres que desfilan frente al Papa son herederos de una milenaria historia de testimonios heroicos, de sufrimientos sin cuento, llevan en la cara y en el alma las cicatrices de sus respectivos pueblos. "¡No temáis, pequeño rebaño!" les había dicho Benedicto XVI pocas horas antes. No es sólo cuestión de sentimientos, Pedro ha venido para señalar una tarea, un camino. Y hay mucho por hacer: fortalecer la unidad y el testimonio común, abandonar actitudes meramente defensivas, mejorar la formación de los laicos, arriesgar en un diálogo siempre difícil (pero que también da frutos) con los musulmanes sencillos, con el "Islam del pueblo", como gusta decir el cardenal Scola. Cedros y olivos han flanqueado las etapas de este bello viaje, la majestad y el frescor de una presencia que es toda una promesa para esta tierra, y el aceite de la acogida, de la amistad y del compartir. Ambos necesitan ser  regados y podados con sabiduría y paciencia. Como ha hecho Benedicto XVI sin cálculo ni reserva.  Vino como amigo de Dios y de los hombres, y todos han debido reconocer que en medio del  cotidiano marasmo informativo ha sucedido algo verdaderamente nuevo. 

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