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3 DICIEMBRE 2016
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BXVI, en y por la primavera árabe

La nueva inestabilidad se añade a las que marcan la región durante los últimos meses. El Líbano recibe continuamente emigrados de la guerra civil siria. El régimen del sangriento Bacher el Asad se mantiene en pie por el apoyo del chiismo de Irán que también sostiene a Hezbolá, partido y organización armada libanesa. La amenaza de una nueva guerra entre Irán e Israel es más que retórica. Irán sigue intentando ampliar su influencia en abierto conflicto con el sunnismo de Arabia Saudí que continúa repartiendo petrodólares. Enfrentamientos geoestratégicos que plantean mil dudas sobre el futuro de la llamada primavera árabe. El ansia de libertad que recorrió hace algunos meses la zona con la llamada primavera árabe ahora está cuestionada por numerosos interrogantes. ¿Los gobiernos islamistas de Túnez y de Egipto son un freno al integrismo o su ambigüedad es una careta que acabará alimentando nuevas dictaduras?

La presencia del Papa en el Líbano ha provocado en pocas horas algo sorprendente. Sunníes y chiitas, los hermanos enfrentados que desde hace siglos se disputan el terreno, han coincidido en algo. Mohammed Rachid Kabbani, el gran muftí sunní libanes, tras escuchar al Papa ha asegurado: "nosotros musulmanes consideramos cualquier agresión contra un compatriota cristiano como una agresión contra todos los musulmanes". Las afirmaciones de los líderes chiitas han ido en la misma dirección. Hussein Hajj Hassan ministro de Hezbolá ha sostenido que el Líbano es un puerto de diálogo entre islam y cristianismo. Y el diputado Ali Khreiss, del partido Amal, la otra formación chiita del país, ha señalado que Medio Oriente no puede sobrevivir sin la coexistencia del islam y de los cristianos.

Este reconocimiento por parte de unos y otros, aunque sea de un modo testimonial, del valor de la minoría cristiana para los países musulmanes es decisivo. Pero no es sólo un cierto tipo de islam el que amenaza a esas minorías cristianas. También un cierto tipo de cristianismo, abstracto y ahistórico, animado por el protestantismo estadounidense, pone en peligro la presencia de la Iglesia en la zona. La Guerra de Iraq y la reconstrucción nacional de ese país constituyen el mal ejemplo de una intervención en nombre de los valores de Occidente contra el origen de esos valores. El origen de la fe fue un acontecimiento y las Iglesias orientales son las que recuerdan que sólo un acontecimiento puede seguir manteniendo vivo el cristianismo. Los cristianos de Oriente Próximo son una comunidad de once o doce millones de bautizados que, según algunos cálculos, puede quedarse reducida a seis millones en los próximos años. La persecución y la falta de inteligencia de algunas políticas occidentales están acelerando el proceso. "Queridos amigos -les ha dicho el Papa a los 30.000 jóvenes reunidos en la explanada de la explanada del Patriarcado Maronita de Bkerk-, vosotros vivís hoy en esta parte del mundo que ha visto el nacimiento de Jesús y el desarrollo del cristianismo". 

El Santo Padre ha querido subrayar el valor de la presencia de la Iglesia en la tierra de Cristo. Y hemos visto cómo esta concepción de la fe ha permitido a Benedicto XVI desplegar una audaz inteligencia sobre los intrincados retos del mundo árabe. Muchos desde el mundo católico, ante los interrogantes que provocan las nuevas revoluciones, sugieren que las cosas estaban mejor cuando dictadores como Mubarak mantenían cierto orden. Y sin embargo el Papa ha sido muy positivo con la primavera árabe, expresión que ha hecho suya. A Benedicto le hemos oído simpatizar con "el deseo de mayor democracia, mayor libertad, de mayor cooperación, de una renovada identidad árabe".

Una y otra vez el Papa ha hablado de la posibilidad de una convivencia y de un diálogo, en una sociedad plural, entre el cristianismo y el islam. Corrección también para un cierto mundo cristiano, que se ha dejado dominar por las tesis del "choque de civilizaciones". Se ha dicho que la intervención el sábado del Papa ante el Gobierno y representantes de la vida social del Líbano es una guía para la convivencia entre cristianos y musulmanes, un vademécum para construir la paz. No es una exageración. El Papa ha propuesto la conversión como la respuesta al reto social y político de construir una sociedad plural y pacífica. Conversión que es un ejercicio de la libertad para reconocer la huella que hay en el corazón del hombre: "el espíritu humano tiene el sentido innato de la belleza, del bien y la verdad. Es el sello de lo divino, la marca de Dios en él. De esta aspiración universal se desprende una concepción moral sólida y justa, que pone siempre a la persona en el centro. Pero el hombre sólo puede convertirse al bien de manera libre". Es precisamente la huella común en el corazón de todo hombre la que hace posible el diálogo en una sociedad plural, "siendo conscientes de que existen valores comunes a todas las grandes culturas, porque están enraizadas en la naturaleza de la persona humana. Estos valores que están como subyacentes, manifiestan los rasgos auténticos y característicos de la humanidad. Pertenecen a los derechos de todo ser humano. Con la afirmación de su existencia, las diferentes religiones ofrecen una aportación decisiva". Toda la fuerza del cambio está en la persona, en su libertad, "el mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo de modo impersonal o determinista". En el islam religioso no hay un enemigo sino un aliado, "debemos unir nuestras fuerzas para desarrollar una sana antropología que integre la unidad de la persona". Un método aparentemente frágil, pero invencible. 

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