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11 DICIEMBRE 2016
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¿Santificamos a Carrillo?

P.D.

Error político

Armando Zerolo

Balthasar, según la mejor tradición cristiana, afirma que "el veredicto del juicio de Cristo es su misterio, al que nadie puede adelantarse" pues, en efecto, hay un juicio que pertenece exclusivamente al Redentor. Al cristiano, como a Juana de Arco, se le ofrece la petición de una comunión de destino con los condenados. Esto en lo que se refiere al juicio último, pero no impide que el hombre realice sus propios juicios en lo que sí que le concierne, pues, también según Balthasar, "la historia en alianza de Dios (...) no interfiere los imperativos del orden natural, sino que conduce todo lo natural elevándolo a su fin último". Misterio.

La dificultad del juicio político estriba en la tensión antes mencionada entre el mundo y su redención misteriosa, lo presente y lo porvenir, pero es una dificultad que apela a libertad del hombre y que no podemos saltarnos.

Aún hay otra dificultad, esta ya exclusivamente dentro del orden político, que expresaba Chateaubriand al intentar valorar la Revolución de Francia de 1789. ¿Había sido positiva o no? ¿Se debía retroceder y olvidar lo conseguido? ¿Olvidar o perdonar? ¿Podían los criminales de ayer ser guías de los hombres hoy? Es decir, ¿se puede distinguir entre los fines buenos alcanzados y los medios criminales utilizados? La respuesta es afirmativa y, por cierto, muy política: "Hay que conservar la obra política resultado de la revolución y consagrada por la Carta [Constitución], pero hay que extirpar la revolución de su propia obra en lugar de afirmarla como se ha estado haciendo hasta ahora. Así, quiero la Carta entera, todas las libertades, todas las instituciones traídas por el tiempo, el cambio en las costumbres y el progreso de las luces, pero con todo lo que no ha muerto de la antigua monarquía, con la religión, con los principios eternos de la justicia y la moral y, sobre todo, sin los hombres demasiado conocidos que han causado nuestras desgracias".

No es posible construir un presente político olvidando los crímenes cometidos: sin justicia no hay amistad, ya lo sabemos, aunque la amistad y la caridad la superen. ¿Podemos hoy hacer un juicio de Carrillo análogo al que hizo Chateaubriand de Robespierre, Napoleón, y sus sucesores? Yo creo que sí, que es cierto que se han conseguido muchas cosas positivas y que la Transición y sus prolegómenos son un legado político interesante, pero que hay que tomarse muy en serio ese "sin los hombres demasiado conocidos que han causado nuestras desgracias". Sin duda este ha sido uno de nuestros grandes errores políticos, un error de juicio, un error de justicia, un error cristiano que hoy estamos purgando con dolor. Se puede desear el perdón y la salvación eterna, pero nunca a costa de la justicia. La transición sí, pero sin Carrillo. Si la caridad niega la justicia nos estamos extraviando imprudentemente del camino que lleva a construir la ciudad común. Es un imperativo de la razón, mínima prudencia política.

Tremendo recuerdo de Paracuellos

Francisco Gómez Pulido

No conozco a fondo la figura de Carrillo, aunque viví de niño la Transición; me parece interesante el contenido de este artículo, seguramente bienintencionado, en cuanto a su relación con la Iglesia. Pero me he sentido provocado a escribir por dar mayor totalidad a su perfil, a mi juicio con más sombras que luces.

En definitiva estamos recordando a alguien que, unos decenios después de Lenin, constató cómo la utopía revolucionaria (impuesta con violencia por el totalitarismo en nuestro continente) no acabaría triunfando; y por tanto había que adaptarla, con obligado realismo, también a esta España casi mayoritariamente de centro-izquierda que deseaba más libertad y progreso; pero que nunca abrazaría un proyecto de socialismo real...

No soy quien para juzgar el paso por el mundo de este hombre, quien ya estará afrontando la Verdad última; persona con importante incidencia histórica en nuestro país (especialmente en la difícil etapa de cambio de régimen, donde el protagonista principal por encima de los políticos individuales fue la sociedad civil, es decir el pueblo español) junto a otros como: Suárez, Fraga, Juan Carlos de Borbón, Felipe González... Sin esquivar el tremendo recuerdo de Paracuellos, sucesos que al parecer en vida ni asumió ni repudió del todo; allí murió injustamente y sin defensa mucha gente inocente, victimas del republicanismo más feroz, por "ser cristianos" o simplemente tachados de desafectos al régimen y no hablamos de la Roma de Diocleciano, sino del mismo Madrid hace poco más de 70 años.

Por otra parte denotaba una irredenta subordinación a su ideología hasta el final, al menos en su faceta pública, especialmente radicalizada durante los últimos años del "zapaterismo", muy alejado del sentido de Estado de ese PCE en los 70 y 80 (recordemos la Ley de "Memoria histórica", etc.).

Precisamente sobre su papel, sin quitarle valor, recordemos que en otras épocas y latitudes, personajes históricos como Nikita Kruschev o Mikhail Gorbachov, dirigentes distantes entre sí tres decenios pero comunistas en distinto grado: también por pragmatismo e interés, tuvieron que variar sus posiciones políticas. El primero, para lavar la imagen ante el mundo tras la terrible herencia de Stalin y porque necesitaba alimentar a su gente (desangrados económicamente por la carrera atómica y espacial); el segundo, para intentar frenar el huracán que empezó en Polonia, pasó por el Muro de Berlín y acabó en la desintegración de la URSS. Independientemente de sus convicciones íntimas, difíciles de conocer.

Una última reflexión: hace años, hablé largamente en su país sobre su historia con una amiga ucraniana, en cuya adolescencia sucedió la tragedia de Chernobyl, y que ahora intenta sobrevivir tanto a sus terribles consecuencias como al feroz y corrupto capitalismo del presente postsoviético; me dijo refieriéndose a los comunistas europeos que: era "muy fácil serlo cuando se vive en una democracia".... ¡ahí queda eso!

Toda la historia

Álvaro Pacheco

Buenas tardes, llevo ya bastante tiempo recibiendo los nuevos artículos de cada día en mi correo electrónico. Se informa de asuntos que me interesan y estoy contento con muchas de las personas que escriben en la revista. Sin embargo, no consigo entender lo escrito en el artículo de la muerte de Santiago Carrillo, la persona responsable a las históricas matanzas de Paracuellos del Jarama, en la que se ejecutaron tantos religiosos y sacerdotes (entre otros inocentes no militares) y por las que NUNCA ha pedido perdón. Yo creía que defendíais la libertad religiosa. Ahora va a resultar que es un hombre de paz y democracia. Y todo porque supo ser ´prudente´ firmando la constitución a sabiendas de que su partido ya no volvería a conseguir el poder de forma totalitaria. A ver si nos acordamos de TODA la historia. Han perdido un lector y mucho me temo que no seré el único. Un saludo.

Carmen Grimau

J.S.

Leí en Páginas Digital su artículo sobre "el marqués de Paracuellos". Le recomiendo leer www.piomoa.es/ y también un artículo de Carmen Grimau, "El enterrador enterrado", que apareció publicado en el diario El Mundo, el día 19.

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