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3 DICIEMBRE 2016
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Catalanismo y anticatalanismo, la misma tapadera

José Andrés Gallego

Ahora sí; ahora que ya ha pasado la marea de la Diada y el atolondramiento de entrar al trapo cada vez que un catalán habla en catalán (que, al fin y al cabo, es lo suyo) y el estilo torero de los nacionalistas que salvan la cara citando al toro centralista desde el medio (una vez afeitado), llega -¡por fin!- la solución: el estado -o sea usted y yo- pagará los dichosos "activos tóxicos" de la banca privada a precios suficientemente altos como para que los banqueros no pierdan. Que los banqueros no pierdan quiere decir que son los inversores quienes no pierden el dinero que invirtieron. Así se contentarán alemanes, británicos, franceses y españoles (inversores). Eso sí, no habrá crédito para crear empleo.

Cataluña y la empresa Artur Mas & Cía está en esto. Uno de los focos de la infección se llama Caixa Bank. Eso aparte de la financiación de la empresa de servicios Artur Mas & Cía y su ya gigantesca clientela. ¿Cómo dejar a tanta gente en la calle?

No hablemos de independentismo catalán, por favor. Hablemos de la empresa Artur Mas. Pero sólo para empezar. Tampoco hablemos de anticatalanismo patriótico español ni mucho menos de europeísmo. En la reticencia de Rajoy ante la perspectiva del rescate, late el mismo problema. Sabe que la presión centroeuropea para que pida que nos rescaten quiere decir -en alemán, inglés, francés, castellano y catalán- lo siguiente: "Quiero recuperar mis inversiones, que encaucé por sus bancos y, ahora, mire: no me pueden pagar ni aun lo que invertí. Y yo no invertí para arriesgar mi dinero, sino para ganar y, si he perdido por arriesgar, quiero que ustedes lo reconvirtieran en deuda, o sea en el préstamo que no les hice. ¡Devuélvanme, por tanto, mis perras!"

Pero ¿no éramos, ante todo, europeos (a lo De Gasperi, Schumann, Adenauer y demás santos inocentes)? ¿No somos, ante todo, españoles? ¿Es que no vamos a poder ser catalanes?

La respuesta, cuando ustedes respondan a lo anterior: con tirolés, barretina, boina o a pelo, ¿están dispuestos a ser europeos, alemanes, españoles, catalanes menos ricos que antes -o sea perder dinero- para que haya más crédito y, con ello, más puestos de trabajo y se reanude y mejore la inversión en el mal llamado Tercer Mundo (que, justo por Tercero, ha de ser el Primero)? Si, en la disyuntiva, no optan por la solidaridad real (contante y sonante) y optan por el capital (propio), no me vengan ni con Diadas ni contra las Diadas. Fue Hegel quien descubrió la trampa. Se lo digo ordenadamente para que lo entiendan mejor (digo a Hegel, no a mí): (i) la finalidad del estado es proteger la propiedad, Hegel dixit; (ii) nadie muere por defender la propiedad, ni siquiera la de uno mismo; (iii) en cambio, sí somos capaces de jugarnos la vida por la nación (alemana, catalana, española etcétera); (iv) cuando la gente corre a defender la nación, no sabe que, en realidad, la llevan a defender la propiedad privada; (v) llegará a descubrirse y, entonces, (vi) los gobernantes optarán por la propiedad privada.

La duda llega hasta este extremo: estamos en una crisis merecida -por todos (inversores y consumistas)-; pero, si la prioridad no fuera salvar las inversiones de quienes se arriesgaron a alimentar el consumo propio y ajeno, sino que se orientara a dar fluidez al crédito para crear empleo, ¿estaría la economía española como está en el día de hoy? ¿Habría cinco millones largos de parados? Me viene a la memoria lo que leí una vez en las actas capitulares de los caballeros veinticuatro de Sevilla, mediado el siglo XVIII, cuando se discutía si se subía o no el precio del pan: "Se trata de la sangre de los pobres", advirtió un caballero veinticuatro. Y les aseguro, señores gobernantes, banqueros e inversores, que los pobres siguen teniendo sangre y que hay muchos que se desangran en este mismo instante. ¿Los desangran ustedes?

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