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6 DICIEMBRE 2016
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La burbuja nacionalista

Francisco Pou

Por eso, al hablar de número o ruido, es importante mirar antes a Cataluña,  al completo. El número de parados, silenciosos,  en Cataluña, 850.000 era mayor que los de esa tarde festiva. El hambre, real en Cataluña, que despierta un hormiguero de humanidad para servir más de 90.000 comidas gratuitas, voluntarias y anónimas, tampoco hacía ruido, como los tambores domingueros. Igual que los jóvenes que ya pasaron océanos y fronteras para buscar un trabajo fuera. En Cataluña dos tercios de los que acaban en la Universidad están sin trabajo, y va a peor. ¿El mal es el centralismo? Una posición, la de "víctimas del centralismo" que parte de la Autonomía con más poder en Europa, pero un una corrupción que ha carcomido a los contribuyentes inflándoles de deuda y recortes, y que pasa por los tribunales en silencio. El "caso Palau", acusando de  financiación irregular de CIU, el caso de "las ITV´s"... los tambores, esa tarde de domingo, apagaban ese clamor.

Interpretar la Historia

Lo que reunió a una multitud en Barcelona una tarde de banderas no fue "la independencia": el auténtico motor "causa causae" fue el nacionalismo. Para cualquier cazador social de ideas la foto es explícita. Si además has vivido en carne la reciente Historia, esa foto confirma experiencias.

El nacionalismo no es una "opción política". No es un movimiento que trabaja pensando en un Hombre, o que tenga para el hombre y la civitas una propuesta. Se propone a él, la Nación, que él mismo delimita, como titular de derechos por encima de hombres. Es una ideología, esto es, una "interpretación" de la realidad, que como todas las ideologías, siente escozores ante  lo real. Nacionaliza y dispone las lenguas, que administra en exclusiva. Nacionaliza cultura, medios de comunicación y cultura.

La educación, para el nacionalista, está al servicio de la construcción no de personas, sino de un colectivo, una nación.  Se convierte la nación  en fuente del derecho: por un "pacto fiscal" se justifica la fractura "exlegem": algo así como justificar al ladrón que asalta la casa común por lo apretado o "incomprendido" de su presupuesto. Se justifica el nacionalismo por el acecho de "enemigos", otros pretendidos nacionalismos eternos, porque no puede concebir que alguien viva libre de ese virus. "Somos legítimos" porque somos contra-virus, razonan. La Historia se interpreta y cambia como afrenta, no sólo porque haya que crear un mito, sino porque hay que romper "pertenencias". En el renacimiento de Cataluña, por ejemplo, para nada se cuenta lo que supuso estar involucrados en la aventura de América, cuando se pensaba en grande, cuando se construía y se educaba lejos. 

Como decía Chesterton, las peores mentiras son las verdades a medias. Finalmente, la multitud con banderas pretende legitimar con tamaño. Nunca una mentira, una forma incompleta de pensar,  se legitima por su extensión. Hoy no ser "nacionalista independentista" en Cataluña es excluyente; no es "correcto". El tamaño puede ser atención de la Sociología, pero no de la Ética. Ni la Estética. Los votos (no son "clamores", es el resultado de un proceso regulado por la Ley) llevan a opiniones y decisiones, pero no a calificaciones éticas o antropológicas.

Para muchos autores modernos de Pensamiento Político, Cavanaugh por ejemplo,  el nacionalismo cumple rigurosamente la definición de "religión". Tiene mesías, dogmas, santones, sagrados mitos históricos, himnos y liturgias, promesas de tierra prometida. Una nueva tierra por llegar, un nuevo tiempo que no llega en el que no habrá problemas ni males. Por eso, vales algo cuando "haces nación". Un becerro de oro burgués al que muchos miran, dejando de mirar a otro lado: a las personas, a su búsqueda de vida y respuestas, a su pertenencia en la vieja "civitas" y su Historia. A sus necesidades humanas y de relación creativa con sus vecinos, por encima de conceptos noéticos de Estado-nación. No se divisan fronteras en la Tierra desde el Espacio.

¿Debate?

Cuando se prolongan las rectas se ve a dónde nos llevan. El nacionalismo en línea recta lleva a ídolos absolutistas. El  separatismo extraído de la realidad lleva, en su evolución a la independencia de la aldea primero y de cueva después. En "La Vall d'Arán", con una lógica aplastante, están ya pidiendo algunos la independencia de Cataluña. ¿Montarán su ejército, hospitales y moneda, su universidad? ¿Enriquece al hombre vivir "independientemente"?  ¿De verdad ha hecho mejor al hombre vivir "independientemente"?

Por eso el debate mediático, pretendidamente intelectual es decepcionantemente estéril, se convierte en contienda: sí, no, conmigo o en mi contra, ventana o pasillo.  Sólo una realidad testimoniada puede traer apertura y puede mostrar respuestas a "cada" persona. Porque la vida de la persona no es la construcción de una nación, sino enfrentarse a "sus" preguntas y su sentido en la vida.  Su personal unicidad es "su" diferencia, su cooperación es "en" la convivencia, no la superioridad-diferencia.

¿Se sale de ésta?

Sólo mostrando al hombre  la realidad sin disfraces ni adormideras pueden suscitarse respuestas, imposibles para quien nunca antes se había hecho preguntas. Y actitudes que sonarán a nuevas porque todas las razones estaban en unas listas de agravios y deudas y en  el palo de un tambor.

Si el nacionalismo es una "adormidera" que amputa realidad y humanidad, ha de ser realidad y humanidad quién rescate, no a la ideología, imposible,  sino a las personas que compraron la mercancía y su promesa. Realidad profunda, esto es, debatir sin tambores; con ideas. Y humanidad, la de los visibles gestos de una forma de trabajar y cooperar, de convivir en libertad. De pensar grande. De ser más "grandes" con personas, amando así nuestro pueblo pequeño. El reto, para todos, es un modo, un lenguaje y unos  gestos "nuevos".

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