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8 DICIEMBRE 2016
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España: entre nación y nacionalismo

Juan Carlos Hernández

Muchos historiadores consideran el nacimiento de la nación española con la unificación de los reinos de Castilla y Aragón por los reyes Católicos en el siglo XV. Hay autores que incluso lo datan con anterioridad pero, es verdad, que en el sentido moderno del término nación, se podría considerar esta fecha. Acorde a esto, España es una de las naciones europeas más antiguas por no decir la más. Dentro de ella, como no podría ser de otro modo, se encuentran regiones con distintas personalidades pero es a partir de la Restauración cuando empiezan a surgir movimientos que como dice Julián Marías, "van más allá de la afirmación de la personalidad de las regiones pero que se habían entendido como partes o miembros de un todo que era la nación española". El filósofo nada proclive a los extremismos, tiene palabras duras frente a estos movimientos. "Hay en algunas regiones fracciones considerables y, sobre todo, fuertes grupos políticos aquejados de insolidaridad. No les interesa nada España en su conjunto; no tienen ojos más que para la nación, unido a un narcisismo ilimitado y sin crítica de su región propia. No se les ocurre siquiera separarse, porque necesitan la totalidad de España para subsistir económica, social, demográfica, políticamente".

Es curioso como estos movimientos han suscitado cierta fascinación en distintas generaciones. Estas ideologías utilizan al pueblo como pretexto para un proyecto de poder. Parten de algo bueno y bello: una tradición, una lengua,... como excusa para afirmar un proyecto ideológico. ¿Qué valor tiene la persona frente a esto? ¿Responde realmente el nacionalismo a una necesidad de la persona con todas sus exigencias? o ¿responde a una conquista de poder de cierta burguesía? Es muy llamativo que en aquellos lugares donde han crecido estos nacionalismos la Iglesia Católica ha perdido claramente vitalidad. Se sustituye un Dios por el dios nacionalista, es decir, por una ideología. 

Es cierto, que en muchas ocasiones frente a estos nacionalismos ha surgido una respuesta en sentido contrario equivocada. Por ejemplo, durante el franquismo las lenguas de estas regiones son injustamente maltratadas. Pero esto no es un problema "castellano" sino del gobierno o del régimen de turno. Frente al problema nacionalista responder con un nacionalismo español, en el que solo variaría el tamaño, sería cometer el mismo error. Una cosa es la crítica al derroche autonómico y otra es negar la personalidad de las regiones. Sería una equivocación hacernos homogéneos, se trata de poner ese amor a las tradiciones, a la patria,... en su justa medida. Como dice uno de los Padres fundadores de Europa, después de pasar por la experiencia de dos Guerras Mundiales "el patriotismo, este noble sentimiento que ha forjado las naciones y que les ha propuesto y permitido llevar a cabo tareas magníficas, a menudo se ha desviado y ha degenerado en fanatismo intolerable, convirtiéndose así en fuente de inseguridad y de luchas fraticidas".

Toda esta situación que se ha creado debe hacernos reflexionar sobre que valor tiene nuestra historia y tradición. Julián Marías decía que una de las taras de la izquierda española y de buena parte de la derecha es la visión negativa de la historia de España. En el fondo la "leyenda negra" la tenemos impregnada hasta el tuétano, cuando en la historia de España, como la de cualquier otra nación, descubrimos luces y sombras. Frente al desafío nacionalista, ¿qué experiencia tenemos de que nuestra historia y nuestra unidad es un bien?

El gobierno, mientras, sigue con su consigna de que la economía lo es todo, y no parece haber una voz que comprenda la situación histórica y de una alternativa. Lo cierto es que España pierde sin Cataluña y Cataluña pierde sin España.

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