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4 DICIEMBRE 2016
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Es la antropología, estúpido

Manuel Oriol

Sin embargo, echo en falta reflexiones que traten de responder a una pregunta fundamental: ¿por qué toda esa gente quiere la independencia? Pues lo novedoso de la ocasión es la multitud, no los argumentos. De nuevo, se puede volver sobre las razones económicas, políticas, históricas, lingüísticas y educativas. Pero, con ello, quedaría fuera, a mi juicio, la cuestión fundamental que está detrás y por encima de todas ellas: la dimensión antropológica, la persona concreta. Quiero aquí apuntar algunos aspectos de esta dimensión, sin pretender ni de lejos agotar la cuestión, pero sí ponerla sobre el tapete del debate nacional.

En primer lugar, es evidente que el ideal nacionalista tiene una fuerte carga de exigencia de libertad. Expresa la necesidad de tomar en mano la propia vida, de ser protagonista, de asumir la propia responsabilidad. Y de no vivir tutelados. En este sentido, el deseo de independencia es lícito y justo.

Además, el nacionalismo expresa una paradoja antropológica decisiva: la tensión irresoluble entre individuo y comunidad, entre libertad y pertenencia, entre comunión y liberación. "Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío", escribía Luis Cernuda. El poeta sevillano expresaba una verdad incómoda en nuestros días, pero patente en el caso del nacionalismo: que la auténtica libertad sólo se alcanza en una pertenencia. Y que si para algo sirve la libertad es para pertenecer. En este caso, el nombre que a muchos provoca escalofrío es "Catalunya". La búsqueda común de la independencia provoca un sentimiento de hermandad que, en una sociedad huérfana y desarraigada como la nuestra, es novedoso y cautivador. El sentimiento superficial pero verdadero de fraternidad que se produce con las victorias deportivas, se ve multiplicado en el caso de los nacionalismos.

Por último, en cuanto promesa de respuesta a estas exigencias, el nacionalismo ofrece un ideal, algo "justo" por lo que merece la pena luchar, arriesgarse, destruir y construir. Caídas otras ideologías revolucionarias en las que ya no creen ni quienes tratan de resucitarlas aprovechando la crisis, el nacionalismo es el último ideal político vivo de nuestro tiempo. En medio de una sociedad en el que reina el nihilismo y por tanto, aun en medio de tanta distracción, el tedio, propone una vida más viva, más auténtica. El hombre necesita salir de sí mismo. "¿Para qué sirve la vida sino para darla?", se preguntaba Anne Vercors en La anunciación a María de Claudel. Aquella verdad, que en la obra de Claudel tenía tintes teológicos, expresa también, análogamente, una verdad meramente humana: a pesar de todo el individualismo y el hedonismo que caracterizan la vida burguesa de nuestras sociedades occidentales, una vida entregada es más auténtica, más deseable. 

En este sentido, incluso entre los críticos con la posibilidad de la independencia catalana hay una escondida envidia de, al menos, vivir por un ideal, que se refleja en una debilidad cultural. Limitarse a defender el statu quo no es cautivador para nadie, ni siquiera para quienes piensan que es lo más adecuado. Y, viceversa, desde las filas nacionalistas es necesario proponer constantemente nuevas metas, como la independencia, que mantengan esa tensión ideal que favorece la adhesión, especialmente de los más jóvenes. El paso del catalanismo al secesionismo tiene mucho que ver con esta búsqueda permanente de nuevos horizontes, del paraíso.

El movimiento independentista tiene su principal apoyo en estos deseos -de ideales, de libertad, de pertenencia, y otros análogos- que constituyen el corazón de cada hombre, aunque se articulen con argumentos de otro tipo. Desde luego estos deseos pueden estar manipulados, pueden ser convertidos en instrumento para conseguir fines particulares, partidistas o de clase. Es más, pueden haber sido exacerbados como parte de esta manipulación. Pero el hecho es que están, y si no estuvieran ahí no podrían ser utilizados. El desafío al que hay que responder, por lo tanto, está a este nivel.

Otra cuestión es si la anhelada independencia está o no a la altura de la respuesta que estos deseos exigen, si es capaz de cumplir la promesa que despierta en el corazón de tantos, sobre todo jóvenes. "El error es una verdad que se ha vuelto loca", decía (o dicen que decía) Chesterton. Las exigencias verdaderas de las que hemos hablado se vuelven locas cuando se absolutizan, excluyendo otras y proclamándose la única medida de lo real, aunque ellas mismas no se vean satisfechas.

En cualquier caso, si no queremos cerrar en falso esta crisis, es necesario responder al reto independentista al nivel antropológico que he apuntado aquí. Cualquier otra salida no hará más que posponer el conflicto o hacernos mirar hacia otro lado (aunque podemos pasar décadas mirando hacia otro lado). Ahora bien, ¿hay algún otro ideal al que sacrificarnos, un ideal que no defraude, y que podamos proponer a todos?

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