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3 DICIEMBRE 2016
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Portugal, España, Cataluña. Amics per sempre (I)

José V. Rodríguez Mora

Sabemos que Cataluña tiene un "déficit fiscal" que el año 2009 estaba entre el 5.8 y el 8.4 % del PIB catalán, según las cifras publicadas por la Generalitat. Sorprendentemente, estos números raramente se ponen en contexto. No sabemos si son altos o bajos comparados con otras regiones relativamente ricas en países de nuestro entorno (aunque el artículo de Ángel de la Fuente de hace unos días citado en este blog sugiere que no es excepcional), ni qué es razonable esperar en un estado del bienestar redistributivo con diferencias geográficas en la distribución de la renta.

En todo caso, su existencia y su extensión en el tiempo se han convertido en motivo de agravio en los ojos de una buena parte del electorado catalán. El "expolio" fiscal se ha convertido en un argumento vindicativo de la independencia. No es exagerado decir que se ha convertido en el eje central de la argumentación proindependencia. Incluso más allá de lo puramente identitario.

Se nos dice que la independencia "solucionaría" este "problema", y no habría cambios adicionales, porque todo se haría con sentido común; despacito despacito y sin que nadie se enfade. No veo yo cómo es posible que nadie se enfade, pero desde la consejería de economía hasta los tertulianos de la radio argumentan que la independencia no traería más cambios que los fiscales: los catalanes pagarán menos, se quedarán con la diferencia, tendrán superávits y serán "el motor económico del sur de Europa".

Yo soy incapaz de decir quién se va a enfadar, o cuánto. De lo que sí que me veo capaz es de hacer un ejercicio comparativo asumiendo que nadie se enfada. Nos indica que la independencia, aún sin cabreos, conllevaría cambios y costes. Es lo que tiene poner fronteras.

No todo el mundo comercia con todo el mundo con la misma facilidad. Se comercia más con quien se está físicamente cerca, donde existe un marco regulatorio común, donde se hablan idiomas mutuamente inteligibles, donde hay población emigrada e inmigrada, o donde los consumidores tienen gustos parecidos. Todo lo que dificulta estas relaciones es lo que llamamos "distancia", que no es necesariamente física.

Es razonable esperar que si dos economías comparten un estado tiendan a compartir experiencias comunes. Gustos y regulación se hacen similares, y el comercio entre ellas fluye más. Si por el contrario, y debido a los motivos que sea, se decide concertada o unilateralmente que se conviertan en dos estados distintos, es previsible que diverjan. Que el conjunto de experiencias comunes disminuya, y con él la facilidad para interrelacionarse económicamente con el otro lado. Todo esto sin que haya animadversiones, ni boicots, ni nada parecido. El simple devenir de relaciones entre estados cercanos. Incluso entre estados que son "mejores amigos". Países que, en palabras del conseller Mas-Colell, se votan mutuamente en Eurovisión.

Portugal es el país más cercano a España, en el sentido de ser con quien comerciamos relativamente más. Esto lo podemos ver con una simple "gravity equation" que explica el comercio entre dos economías a través de su tamaño relativo. El gráfico es una regresión del comercio de España con todos los países de la UE en función de su PIB. Portugal es el más alejado del valor que una regresión predeciría. Somos mejores amigos, incluso nos votamos mutuamente en Eurovisión. Según wikipedia el país del que España ha recibido más puntos acumulados históricamente es Portugal, que es el segundo país en recibir más puntos de España (el primero es Andorra). Así pues, portugueses y españoles nos votamos mucho, nos queremos mucho y comerciamos muchísimo. 

Y sin embargo, si ponemos el valor esperado de Cataluña en la regresión resulta que comercia con España incluso más. La siguiente tabla resume por un lado el comercio España-Portugal, y por el otro el de Cataluña con el resto de España (rdE).

El numerador es siempre exportaciones más importaciones con España. El denominador en cada fila es respectivamente (1) el PIB conjunto, (2) el PIB de Portugal o Cataluña, y (3) las exportaciones al resto del mundo. Salta a la vista que por mucho que Portugal y España se quieran mucho y sean muy buenos socios comerciales, Cataluña y el resto de España son socios mucho más cercanos. Al menos desde el punto de vista comercial; desde un enfoque amoroso no quiero juzgar, porque tanto amor no parece buen predictor de un divorcio.

No somos los únicos que nos hemos dado cuenta de esta diferencia. Pankaj Ghemawat se ha referido a esto en un par de artículos de prensa, y uno de ellos causó un cierto revuelo en este blog. Nuestra contribución principal es ponerlo en el contexto de un modelo estructural que nos permite hacer un análisis cuantitativo. No sólo podemos decir que Cataluña y España se aman locamente, también podemos ver qué pasaría si se quisieran muchísimo, pero un poco menos que ahora. Tanto como se quieren España y Portugal. Esto es, tanto como se quieren dos vecinos normales de la Unión Europea que se quieren mucho y se votan en Eurovisión.

Fíjese que no estamos midiendo un "boicot" a los productos catalanes (debido a que tras la independencia la simpatía por lo catalán en "España" se prevé escasa). Hablamos de algo más a largo plazo. De lo que pasa cuando los lazos culturales se diluyen, cuando las regulaciones cambian y cuando las relaciones personales se hacen infrecuentes. ¿Cuánto?, pues como las que tiene con España el mejor amigo de España. Quien más similitudes culturales tiene, con una población que entiende muy bien el castellano y ve con asiduidad televisión española: Portugal.

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