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8 DICIEMBRE 2016
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Agua pasada... (Cataluña y el espejo de Checoslovaquia)

Mikel Buesa

La República Checa y Eslovaquia se integraron en un solo Estado, en 1920, tras la desaparición del Reino de Hungría. La unión no duró mucho tiempo, pues en 1938 los Acuerdos de Munich, impuestos por la Alemania nazi, desmembraron Checoslovaquia. Al año siguiente, Eslovaquia se convirtió en un Estado independiente bajo el régimen totalitario que lideró el sacerdote católico Jozef Tiso. La reunificación vendría después de la guerra mundial, cuando, bajo la influencia soviética, los comunistas se hicieron con el poder. No por ello se forjaría una nueva unidad nacional, como lo demuestra el hecho de que, tras la Primavera de Praga, en 1969 el país acabara convirtiéndose en una federación de dos repúblicas. Veinte años más tarde, la Revolución de Terciopelo haría caer el comunismo y daría la ocasión para que éstas se separaran nuevamente, lo que se hizo efectivo en enero de 1993.

Entre las dos repúblicas había fatiga mutua, desentendimiento y diferencias en cuanto a su nivel de desarrollo. La Checa tenía entonces un PIB por habitante que superaba en un 60 por ciento al de Eslovaquia. La región más rica no soportaba a la más pobre y viceversa. El desequilibrio fiscal era notorio. Y, sin embargo, ambas habían forjado una fuerte interrelación entre sus economías, de manera que su comercio bilateral resultaba ser veinte veces más intenso que el que podían mantener con cualquier otro país en condiciones equivalentes de distancia geográfica y tamaño. Lo que los economistas denominamos como «el efecto frontera» se manifestaba con total nitidez: compartir las instituciones, tener un sólido conocimiento mutuo, hablar lenguas muy próximas entre sí, son factores que favorecen el comercio, en tanto que las fronteras separan los mercados y dificultan los intercambios haciéndolos más costosos.

En 1993 los dos países se separaron. Su secesión mutua fue acordada sin mayores tensiones, aunque ello no significó una ruptura total. De hecho, tratando de preservar sus relaciones económicas tras la desintegración política, crearon una unión aduanera y también un mecanismo de liquidación de cuentas entre los dos Estados que pudiera ahorrar los engorrosos costes de una relación caracterizada por su amistoso ostracismo. Fue una prevención casi completamente inútil, pues en pocos años sus intercambios se redujeron drásticamente y, en 2001, su intensidad era sólo cuatro veces mayor que la que se constataba con respecto a otros países del mundo. El efecto frontera se había reducido drásticamente, mostrando así que la aparición de una divisoria política constituye una poderosa barrera para el comercio.

La República Checa, la región más rica, es la que más perdió con la secesión. Una parte de sus mercados se desvaneció en poco tiempo; y con ellos perdió impulso la producción y el empleo. Al comenzar la década de 2000 la población había disminuido y el PIB por habitante, con relación al promedio de lo que ahora es la Unión Europea, se había reducido significativamente hasta el 71 por ciento. En Eslovaquia, la región más pobre, la economía fue algo mejor, aunque sin que se registrara nada parecido a una aceleración del desarrollo. La población experimentó un pequeño repunte y el PIB per capita ganó tres puntos porcentuales con respecto a la media europea hasta alcanzar un nivel equivalente a la mitad de ésta.

No parecía, por tanto, que la secesión hubiera sido un buen negocio para ninguno de ambos países, aunque sus dificultades no fueran tan intensas como las que se desvelaron en las antiguas repúblicas soviéticas o en algunas de las viejas repúblicas yugoslavas. Tal vez por ello decidieran emprender una nueva aventura que acabaría en su reencuentro dentro de la Unión Europea. En 1995 Eslovaquia pidió su adhesión; y un año más tarde lo hizo la República Checa. La apertura de negociaciones tardaría aún varios años y sólo se hizo efectiva cuando la Unión acordó englobar a ambos países en el paquete de los diez que, de manera conjunta, se integraron a partir de 2004. La influencia del padrino alemán -deseoso de ampliar su pujanza hacia el este-, unida al optimismo europeo de la época, fueron las claves de ese logro. Desde entonces, las dos naciones han progresado, más Eslovaquia que la República Checa, de manera que casi han llegado a converger entre sí en cuanto a su nivel de renta por habitante. Así, ahora los eslovacos sólo son un ocho por ciento más pobres que los checos, cuando la distancia que les separaba en 1993 era cinco veces más grande.

Todo esto es agua pasada. Una vieja historia nacionalista que tal vez no hubiese habido que evocar si no fuera porque ahora, en España, hay quienes se miran en el espejo checoslovaco.  Se ven reflejados en él porque sus voces ancestrales así se lo susurran. Y tratan de ignorar las enormes diferencias que les separan de ese caso tan singular. Compárese, si no, a Cataluña con cualquiera de las dos repúblicas del este europeo. La región española forma parte, para empezar, de un país miembro de la Unión Europea. En ésta no hay nadie que muestre el menor deseo de apadrinarla. La intensidad de sus intercambios con el resto de España es más del doble de la antes apuntada para Checoslovaquia, con lo que su secesión tendrá efectos depresivos en la región mucho más profundos que los que se dieron en ese país. Los impulsores de la separación entre la República Checa y Eslovaquia repudiaban el sistema socialista porque acababan de salir de él; pero son legión los secesionistas catalanes que aspiran a instaurar una república socialista que les alejará definitivamente de Europa. Si don Francisco de Goya pudo escribir en uno de sus Caprichos que «el sueño de la razón produce monstruos», al observar todo esto, podemos pensar, parafraseándole, que el sueño de la nación es un esperpento.

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