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4 DICIEMBRE 2016
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Valentí Puig

Para una fase de refriega, por Valentí Puig

Al considerar el bien común como valor, la política es una vez más la amalgama de experiencia de ideas, de pragmatismo y convicciones, de pasión y razón. ¿En qué medida la fe religiosa -lo que es de Dios- interviene en la política que es del César? Para la conciencia política de un país de tradición católica y a la vez secularizado a un ritmo casi increíble, un partido de centro-derecha moderado no podría afrontar el dilema entre valores y concesiones estratégicas sin un elemento de tensión.

En el caso de la España actual, existe además como factor de choque la beligerancia que muestra Rodríguez Zapatero al contribuir a la reconversión de  España en una sociedad por completo no tradicional. Toda coalición de principios y valores verdaderamente dispuesta a desbancar electoralmente al PSOE requiere de sumas extensas y de equilibrios estratégicos que concierten las líneas rojas de los principios  indeclinables y la aproximación decidida hacia amplias mayorías. Seguramente no se trate de confesionalizar la política sino de establecer como posición los valores morales -la raíz cristiana de la libertad y de la vida como algo sagrado- que además son contrastables por la razón. Así pensaba en gran parte el catolicismo liberal de lord Acton.

Todo cambia a la vez, todos somos partes de la fluidez y de la permanencia,  salvo los extremos. Al mismo tiempo Zapatero procede a la deconstrucción del modelo territorial de Estado, a la relativización del sistema de valores y a  un revisionismo histórico que anula paulatinamente el significado y referentes hasta ahora tan sólido y cohesivo como la transición democrática. No es de menor importancia para la futura evolución de la cultura de la derecha reformista el alto grado de secularización de la sociedad española. Entre otras cosas porque el catolicismo tuvo siempre presencia en el pensamiento de la derecha en España, e incluso fue valor central de algunas manifestaciones de la derecha. Entre la fidelidad y el desarraigo, los nuevos sistemas de valores quizás se definan más por la permanencia que por la armonía, en busca de un clasicismo que se articule como nexo entre el pluralismo político y el libre mercado.

Para un católico su fe no puede estar desvinculada de las posiciones que tome en la vida pública. La relación entre los católicos y los partidos políticos -en su generalidad, de carácter aconfesional- pasa por ciclos de aproximación y desconfianza. El partido político no asume enteramente la exigencia de la fe en relación a lo público y el católico no ve en el partido el vehículo fiable para sus afanes. En general, se establecen compromisos en razón de la capacidad de presión -hablemos terrenalmente de lobby- que los católicos puedan ejercer dando prueba del peso de su incidencia electoral. Frente al laicismo, los partidos de moderación inscriben las esperanzas más pausibles para el católico, por respeto a la tradición en países de historia católica y por defensa de valores comunes, surgidos de la continuidad judeo-cristiana. En realidad, no puede decirse que temas tan candentes como el aborto, el matrimonio homosexual o la eutanasia o la clonación sean específicamente católicos, ni que no sean accesibles a la razón, ni a la razón política. En la vida pública el católico puede defender los intereses morales de su fe con la razón. Tras años de privatización de la fe, la opinión católica reemprende la búsqueda de un lugar activo en el agora de la vida pública. Lo que subraya Marcello Pera es que los laicos pueden creer en la universalidad de estos principios y valores. La diferencia entre cristianos y laicos es que para el no-creyente estos valores son parte de la esencia de la naturaleza humana y fueron descubiertos por la razón. Para los creyentes, en cambio, derivan del hecho de que los hombres fueron creados a imagen de Dios.

La articulación política de esos vínculos no es fácil. Lo vemos en la evolución de la democracia-cristiana y en los Estados Unidos existen tensiones entre derecha liberal-conservadora y derecha religiosa al elaborar las plataformas electorales del partido republicano. El teólogo Reinhold Niebuhr expresaba con su prudencia característica que, siendo cierto que la fe cristiana incluye la responsabilidad política, es peligroso derivar decisiones políticas simplemente de la fe, porque cada decisión política requiere docenas de juicios subordinados y relativos que no pueden ser derivados, o sancionados, por nuestra fe. Otros ciudadanos pueden llegar a conclusiones contrarias con la misma predisposición al bien común.

No es inoportuno recordar que la libertad religiosa puede ser considerada, en no pocos aspectos, la primera de las libertades. En el caso de España, la opinión católica no es tan sólo parte de un legado cultural, sino el hecho vivo de miles, millones de ciudadanos que dan a la fe religiosa y a sus valores un valor central en su existencia como ciudadanos, como aportación al bien común y al interés público. En realidad, la aportación del catolicismo a la vida pública, al contrario de que sugieren los tópicos impuestos, induce a un mayor dinamismo de la opinión puesto que la autentifica al dotarla de una mayor representatividad. No es una paradoja que el nuevo laicismo induzca a formulaciones coercitivas, de carácter light o severo, en el deseo de atajar la configuración de una opinión pública católica. La intervención de los católicos en la vida política es algo necesario pero aún es más necesaria su máxima imbricación con la sociedad civil, sin olvidar que la política es el arte de lo posible y no la maximización repentina y total. Incluso en el territorio de la implicación de los valores religiosos en la vida pública, el radicalismo no es provechoso. En el ámbito natural de los consensos, lo decisivo es saber hasta donde -como todos los componentes consensuales- es posible ceder y cuales son los límites posibles de la cesión. La política como transacción asimismo atañe a los ciudadanos católicos. El momento actual es especialmente ilustrativo respecto a la dificultad a la hora de intentar consensos políticos que integren elementos de fe.

Robert Spaemann -partiendo de la afirmación de que la fe es la forma más elevada de racionalidad- argumenta que las elecciones políticas no son actos confesionales, sino actos políticos con los cuales se quiere conseguir algo. Insiste en que los cristianos que están hoy en la política no intentan imponer a la sociedad la aceptación de la fe cristiana, aunque piensa de todos modos que hay determinadas obligaciones que son vinculantes para todo hombre y toda sociedad con independencia de la fe cristiana. Los cristianos -dice Spaemann-  argumentan sus exigencias políticas y sociales no en nombre del cristianismo, sino en nombre de la razón. Es decir: la cuestión realmente es que los cristianos opinan que hay un cierto orden de los asuntos humanos que es evidenciable a la razón, por ejemplo, los derechos fundamentales del hombre o que exista una dignidad humana.

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