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3 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista a Rodolfo Soriano Núñez, analista político

'Obama ha sido malo para México, Romney sería peor'

La guerra contra el narcotráfico era importante para Estados Unidos  por varias razones. México había presionado mucho a Bush para lograr un acuerdo migratorio. Muchas de las esperanzas del gobierno de Fox estaban puestas en ese acuerdo. Fue la época (el primer año de los gobiernos de Fox y Bush) de la política de "toda la enchilada", una expresión que Jorge G. Castañeda, ministro de Exteriores de Fox usó en inglés ("the whole enchilada"), como una especie de reto a la administración Bush.

El problema para Fox y Castañeda es que en ese reto se cruzó el 11 de septiembre de 2001 y eso provocó una revolución copernicana en las relaciones de Estados Unidos  con el mundo. Si Bill Clinton había dejado una situación muy cómoda para Bush en la relación con América Latina (la Iniciativa de las Américas, etc.), los ataques terroristas provocaron un cambio radical que tuvo una de sus primeras expresiones en el endurecimiento de los mecanismos de otorgamiento de todas las visas en Estados Unidos.  Incluyó también la operación militar en Afganistán para la que Bush buscó la ayuda de México. Desde el inicio del conflicto, Estados Unidos presionó a México para sumarse a la coalición para atacar Afganistán.

El problema para Fox es que su gobierno, débil desde el inicio de su gestión, se hubiera debilitado todavía más si hubiera accedido a enviar tropas a Afganistán o, posteriormente, a Irak. Por ello, ya desde el inicio, Fox debió dar largas y eludir cualquier compromiso.

En ese sentido y, dada la debilidad con la que Calderón asumió su cargo, el gobierno de México estimó necesario asumir compromisos con Estados Unidos que le permitieran redefinir su relación como un aliado en el tema del combate a las drogas y que, al mismo tiempo, permitiera que México fuera más eficaz en el control de la extensa frontera entre ambos países.

¿Y en cuestión de inmigración?

Cuando Obama llega a la presidencia se encontró a un gobierno de México demasiado comprometido ya con la estrategia militar y él mismo no hizo demasiado por desalentar al gobierno de México, pues aunque la guerra contra las drogas no ha sido una de sus primeras prioridades, sí lo era el evitar la posible entrada de terroristas, islámicos o de otro tipo, desde México.

Obama, además, enfrentó una situación económica muy difícil que lo llevó a tomar la ruta más sencilla: deportar indocumentados, mexicanos o de otras nacionalidades, a un ritmo sin precedente en la historia de Estados Unidos.

Esta no fue, sin embargo, la primera opción de Obama. Él intentó sacar adelante una reforma integral de la migración en Estados Unidos  pero no fue posible por las profundas diferencias con el Partido Republicano en el Congreso.

A pesar de ello, el decreto que Obama firmó este año para congelar las deportaciones de jóvenes de hasta 30 años que puedan acreditar haber estudiado o servido en las fuerzas armadas de Estados Unidos, es un signo que sería absurdo no considerar, especialmente cuando se le compara con las propuestas, francamente absurdas, de Mitt Romney de que los indocumentados se auto-deporten, o con políticas más absurdas como las leyes anti-inmigrantes que Arizona y otros estados de mayoría republicana han impulsado en años recientes.

Algo muy importante, sin embargo, es que esas leyes anti-inmigrantes de Estados Unidos palidecen ante la muy inhumana, injusta e incluso cruel legislación mexicana en materia de migración y que México aplica, sobre todo, contra los transmigrantes indocumentados de América Central, China y otras naciones.

Sin importar qué tan negativa pueda ser la política de Obama en materia de migración, la política mexicana de migración es peor y ello mismo explica por qué en Estados Unidos veían con desdén, ya desde el inicio de la década pasada, la estrategia de "pataleo" o de "berrinche" del gobierno de México: por una parte, frente a Estados Unidos México juega a ser una víctima de políticos racistas, oportunistas y desalmados.

Sin embargo, en el trato a los transmigrantes centroamericanos o chinos que tratan de ingresar desde México a Estados Unidos es igualmente racista, oportunista y desalmado. En México, por ejemplo, es legal que se detenga a alguien en los puertos de ingreso o en la calle incluso por el solo color de la piel de las personas; no existe una doctrina firme que exija a las policías cumplir con el criterio de causa probable. En México, en las inmediaciones de la capital, la diócesis de Cuautitlán fue obligada por las autoridades civiles a cerrar un refugio que Cáritas Mexicana había abierto para ayudar a los transmigrantes centroamericanos. En México, por ejemplo, los autobuses de pasajeros o los automóviles, especialmente los que transportan personas pobres en carreteras primarias o secundarias, pueden ser detenidos a capricho de las policías o las fuerzas armadas, para realizar "revisiones" ilegales de documentación.

En México, por ejemplo, los defensores de los derechos de los migrantes, como el padre Alejandro Solalinde, son sometidos a presiones tanto por parte del gobierno, que en más de una ocasión ha amenazado con arrestarlo por ayudar a los transmigrantes, como por parte de caciques locales y de los narcotraficantes.

Y peor aún. Si los transmigrantes son arrestados en México, pueden ser recluidos en cárceles pomposa e hipócritamente llamadas "estaciones de transferencia", que operan en las peores condiciones posibles en un país con muy malas cárceles, sin que los transmigrantes indocumentados puedan recibir ayuda alguna. Obama no ha sido particularmente cercano con México, pero México también perdió la brújula. Calderón no se preparó para una posible derrota de John McCain en 2008 y le apostó a que sus acuerdos con Bush se mantendrían intocados.

En contra de Obama se podría decir que dio luz verde al muy perverso operativo "Rápido y Furioso" que efectivamente trajo a México armas para los narcotraficantes mexicanos pero, una vez más, el gobierno mexicano se engaña a si mismo cuando quiere ver en esas armas la única causa de la violencia. Muchas armas entran por las fronteras con Guatemala y Belice, y otras llegan en barcos a los puertos del país desde Estados Unidos, Europa o Asia.

¿Qué podría cambiar en esa política con una victoria de Romney?

Empeoraría las cosas. Es claro que los republicanos han ingresado en una fase proteccionista, por lo que no sería difícil que dificultaran el acceso de frutas o legumbres mexicanas, algo que es fundamental para la operación de las agroindustrias mexicanas, para beneficiar de esa manera, por ejemplo, a los productores agropecuarios de Florida o California, que-en algunas ramas específicas-venden los mismos productos que México (tomates, aguacates, etc).

También, de hacerse realidad sus propuestas de "auto-deportación", las cosas podrían ser peores de lo que son ahora, pues es claro que para los republicanos el ritmo al que Obama expulsó inmigrantes indocumentados no fue satisfactorio. No hay claridad, por ejemplo, respecto de qué ocurriría con la industria automotriz mexicana que es completamente dependiente de Estados Unidos  si, por alguna razón, la industria automotriz de Estados Unidos  volviera a entrar en crisis y Romney cumpliera su palabra de dejar que las armadoras de autos quebraran.

También es preocupante que si Romney asumiera la presidencia México enfrentara mayores presiones de Estados Unidos para sostener la guerra contra el narcotráfico.

¿Qué sería más conveniente para el desarrollo del ALCA?

ALCA está muerto. Sólo los grupos más intransigentes en materia de libre comercio insisten en que tiene futuro, pero eso nunca caminó como quisieron que lo hiciera tanto George Bush Sr o Bill Clinton en los 1980 y 1990. Brasil es, ha sido y será un país sumamente proteccionista y Argentina ha seguido su ejemplo. Incluso los acuerdos comerciales para facilitar la importación de partes automotrices, elaborado para satisfacer las necesidades de Volkswagen, Nissan, Ford y Renault han naufragado por la decisión de Brasil de reforzar la lógica proteccionista con la que siempre ha operado. Dado que Argentina ha quedado atrapada en la órbita de Brasilia y el Mercosur, el futuro del ALCA en América del Sur está limitado, en el mejor de los casos a Colombia, Chile y en alguna medida a Perú. El resto de América del Sur está ya en otra lógica de integración que es la de Mercosur.

América Central, para bien o para mal, depende tanto o más de Estados Unidos  como lo México y entre México y América Central y entre México y Estados Unidos, Canadá, Chile y Colombia, hay ya suficientes acuerdos como para facilitar la importación de algunos productos.

¿Las promesas de Obama cambiarían sustancialmente la situación de los inmigrantes, en especial de los mexicanos que viven ilegalmente en Estados Unidos?

El problema de los inmigrantes no son, en primera instancia, las promesas de Obama (o Romney), son las promesas incumplidas del PAN y el PRI que encontraron en la lógica de la emigración indocumentada de mexicanos una válvula para su propia incapacidad para generar suficientes empleos en México.

Dejando de lado ese hecho, creo que Obama podrá cumplir sus promesas si y sólo si tiene una mayoría más o menos cómoda en las cámaras del Congreso de EU que le permita impulsar reformas clave. Si esa condición no se cumple, Obama podría volver a emitir un decreto para congelar las deportaciones. 

¿Que sería necesaria cambiar para regularizar las relaciones en la frontera?

Que México dejara de expulsar población, que la desigualdad dentro de México dejara de ser tan marcada. Para ello se necesita redefinir el modelo de desarrollo de México y no esperar, como lo han hecho PAN y PRI los últimos 30 años que México pueda comer de las migajas que caen de la mesa de Estados Unidos.

Estados Unidos  tendría que desmilitarizar la frontera, pero para eso México también tendría que contar con policías eficaces y tendría que impedir que las policías y fuerzas armadas mexicanas ejerzan el tipo de violencia que ejercen contra mexicanos y centroamericanos.

México tendría que comprometerse con un modelo de desarrollo más humano, más solidario. Basta comparar la urbanización de las ciudades gemelas de la frontera común (Tijuana-San Diego; Juárez-El Paso, etc.) para darse cuenta que el modelo de urbanización en México, reflejo de su absurdo modelo de desarrollo económico, no le apuesta a crear comunidades. Las calles de las ciudades mexicanas son áridas, carecen de parques públicos, de instalaciones deportivas, de vida comunitaria. Todo lo opuesto de las calles de las ciudades estadunidenses de la frontera. Es algo que incluso se puede observar con toda claridad por medio de herramientas de geolocalización de libre acceso como Google Maps.

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