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11 DICIEMBRE 2016
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Lo que es imposible

F. Medina y F. Gómez

Un tsunami es un hecho que te cambia: tanto si es el ritmo frenético del día a día como una ola inmensa de agua que te arrastra sin piedad, te sale el grito profundo: "¿Qué hago aquí?". "¿A dónde voy?". "¿Por qué esto?". La conmoción es mayor cuando ves las devastadoras consecuencias que tiene el dejarte llevar por la corriente y no consigues aferrarte a una roca sólida. El tsunami de la vida nos trae el desconcierto por el derrumbe de nuestros esquemas y proyectos y nos introduce en el miedo ante lo desconocido, porque, en el fondo empiezas a intuir que la vida no la controlas, no la riges tú; Algo es el que te lleva: ya no decides tú, y eso es lo que, en realidad, nos da miedo.

Cuando te adentras en el drama de esta familia, no dejas de sorprenderte por la humanidad de personas como María, Enrique o los niños (¡ojo con Lucas!): el impacto ante la realidad es impepinable, como ineludible es que uno constata que tiene un corazón que busca y no se conforma con cualquier cosa: tras reunirse con su hijo Lucas, la peripecia que pasa María es brutal. En la vida, sufres cuando caminas, sufres en tus propias carnes tu miseria, tu límite, tu incapacidad para responder a lo que el otro espera. María vive un camino de espinas, acompañada de su hijo, con el que se implica (en el hospital) en una relación educativa: el problema es ¿qué hay al final de este camino? También Enrique busca, roto por el dolor que produce cuando algo que tienes parece que lo pierdes (se derrumba cuando habla con su suegro por teléfono). En la vida, cuanto más aferras, más se te escapan las cosas. Ante este tsunami, que te cuestiona y te revuelve por dentro (como los que padecen el tsunami), ¿cómo salir y agarrarse a roca sólida?

Un camino sin Origen y sin un Destino: hacia la nada

Conmueve ver a cada uno de ellos luchar por sobrevivir y buscarse los unos a los otros. Hacer coraje para sobreponerse a la catástrofe y experimentar la solidaridad humana; el hecho de que los habitantes del poblado lleven a María al hospital es de una humanidad provocadora, pero no llega a ser caritas, porque estos gestos de solidaridad no permiten intuir para nada la presencia del Misterio. No hay atisbo alguno al hecho religioso: de la catástrofe, no parece haber preguntas y toda la historia personal de cada uno es vista como fruto de un azar. Lo que, en realidad, vence en la historia del tsunami es esa visión limitada del tiempo que culmina con la muerte. Todo aquello por lo que luchas para construir algo, en el fondo, no perdura, porque se lo lleva el maremoto. No hay nada por lo que merezca la pena luchar que perdure. Así lo ha dicho María Bellón (la superviviente del tsunami en la vida real), cuya posición ante la vida ha sido el de "cuestión de maldita suerte".

Desde el principio, el tsunami de la vida nos arrastra a todos; otra cuestión es que sea capaz de eliminar el grito más profundo de nuestra existencia: el "¿por qué?" y el "¿para qué?" de nuestra existencia. La realidad es que bebemos de una mentalidad en la que, en lugar de seguir las exigencias del corazón, nos recreamos una y otra vez en las consecuencias devastadoras del tsunami; en el fondo, para reafirmarnos en que todo es producto de una casualidad. Se nos mete en los tuétanos de que estamos de paso en esta vida, sin rumbo a un Destino, sino a merced de fuerzas invisibles, ciegas y caprichosas. Parece que, hagamos lo que hagamos, no somos libres. Lo que se nos ofrece con la familia de Enrique y María es que estar en familia es mejor que estar solo; y es verdad: los vínculos te hacen más libre y con el corazón más abierto. Pero, en ellos, no se ve un Origen, un Algo que dé consistencia a las vidas de cada uno. Ni siquiera un atisbo de una conciencia de lo que significa estar juntos (como expresión de que Otro te ha puesto), como algo que no eliges y que te es dado.

¿Qué hay después de lo que ha sucedido?

La pregunta que nos deja Lo imposible es: y después de esto, ¿qué? Un acontecimiento es algo que deja un antes y un después: te cambia y te permite recomenzar y crecer. En el caso del tsunami de 2004, es imposible que no se haya abierto ningún interrogante ante la magnitud del acontecimiento y, sin embargo, en la película, todos se ponen de perfil ante el drama profundo de la vida. Ciertamente, sin una experiencia humana que no censure nada ni indague en las preguntas no se puede responder a esto, cuando la muerte, la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la pérdida de un ser querido te asaltan como un maremoto...para eso, no existen aspirinas. Sin esta perspectiva, no se puede hacer un camino sobre el sentido del dolor y del sufrimiento. Y es aquí donde no se entienden (a no ser porque se busque notoriedad y una buena taquilla) ni la agresiva promoción que se ha hecho a la película ni este desvelarse en público de María Bellón (al entrevistarse con Naomi Watts, que interpretó su papel), que distan mucho de lo que significa dar testimonio de un hecho. Aquí parece que estemos, de nuevo, en la corriente de una exhibición sentimental que en nada ayuda ni a las víctimas del tsunami ni a la propia sociedad de nuestros días. 

La urgencia de una respuesta frente al determinismo

Así, el trasfondo de la historia que nos narra "Lo imposible" deja un poso de enorme tristeza, porque en ella no hay espacio para sorprenderse por el milagro: todo es una realidad compuesta de objetos parciales, regida por un universal destino trágico y determinada por el caos. Y, partiendo de este determinismo, se ha hecho trampa con la realidad, porque, en el fondo, hace depender del hombre Algo que excede de sus propias fuerzas. Porque la cuestión es ¿qué nos sostiene en los momentos de dolor, cuando nuestro ánimo y nuestras fuerzas fallan? Y, por otro lado, ¿qué hay de todas las personas que murieron? ¿Y de los que perdieron a un ser amado? ¿Quién da respuesta a todo ese sufrimiento?

Necesitamos partir de una experiencia verdaderamente humana, que nos ponga ante los ojos la verdad de nosotros mismos: que no tenemos el mismo valor que un árbol arrancado de cuajo, o un coche desguazado; que tampoco somos seres dejados al azar, sino hombres preferidos porque hemos sido creados a imagen y semejanza de un Dios omnipotente, que no pasa de largo ante el sufrimiento, sino que se hace Hombre para compartir nuestro destino, que murió por cada uno, rescatándonos de la muerte inexorable. Hace falta ver ese rostro de Dios, Jesucristo que tiene el poder de dar la vida y de quitarla (nos sigue asombrando la novedad de la resurrección de Lázaro). Esta entrada de Dios en la Historia de los hombres constituye el mayor Milagro de todos los tiempos. Querer censurar este hecho es reducir el Hombre a la nada. Y no estamos hechos para la nada, sino para la Vida. 

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