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11 DICIEMBRE 2016
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Buscando a Eimish

Juan Orellana

El cine español sigue dando muestras de madurez en sus jóvenes realizadores. Van quedando atrás los temas trillados, los aburridos tópicos ideológicos, y se va abriendo camino la vida real: los anhelos y heridas de la gente, las necesidades profundas, los dolores... el drama humano, ni más ni menos. Uno de los temas que cada vez más eclosiona en los guiones del cine actual, en España y fuera de ella, es la maternidad. Recordemos cintas independientes como Un feliz acontecimiento, Madres & Hijas, Juno, Bella, HappyThankyouMorePlease,... pero también largometrajes comerciales como Algo prestado o Amanecer, de la saga Crepúsculo. En ellas se plantea la maternidad como un deseo positivo, pero lleno de incomprensiones en un mundo que busca la comodidad más inmediata. En el Festival de cine español de Málaga de 2012 han coincidido dos óperas primas, Seis puntos sobre Emma y Buscando a Eimish, ambas vertebradas por la historia de una mujer joven que quiere ser madre. Pero si en la primera, de Roberto Pérez Toledo, Emma busca una maternidad sin pareja, lo que busca Eimish, en la película de Ana Rodríguez Rosell, es fundar una familia, una comunidad de amor.         El argumento es sencillo: Eimish (Manuela Vellés) vive con su novio Lucas (Oscar Jaenada) desde hace más de dos años. Un día, cuando Lucas vuelve del trabajo, se encuentra con que Eimish se ha marchado. Sólo le ha dejado una nota de despedida. Lucas, convencido de que ella se ha vuelto a Alemania con un antiguo novio (Carlos Leal), emprende su búsqueda desesperada. En el camino va a descubrir cosas muy interesantes sobre Eimish y su pasado.

Este primer largometraje escrito y dirigido por la madrileña Ana Rodríguez Rosell es, antes que nada, un ejercicio de elegancia formal. Y eso siempre es de agradecer. Pero no hablamos de esteticismo. La directora ama y respeta a sus personajes, y ello se traduce en la forma de encuadrarles, el tiempo que les concede en cada plano, cómo los ilumina... En esta cinta no hay antagonistas: todos los personajes reclaman del espectador su comprensión y su empatía, y para conseguir esa complicidad es decisiva la puesta en escena de Ana Rodríguez. Una puesta en escena llena de sensibilidad y de detallismo. Por eso es una película que, tras su apariencia sencilla, esconde una minuciosidad que se desvela mejor en un segundo visionado. Su estructura de rompecabezas, con muchos y breves flashbacks, no sólo sirve al suspense y desvelamiento narrativo de la trama, sino que permite una aproximación mucho más impresionista, y también más esencial, al alma de los personajes.

Pero lo más interesante son los temas que la directora entreteje con sus personajes. La primera frase de Eimish ya es una declaración de principios: "Tengo miedo". Sólo al final entenderemos el contenido profundo de esa afirmación. Pero lo que sí se va desvelando progresivamente es la importancia de los vínculos incondicionales, unos vínculos que podríamos llamar familiares aunque no siempre sean biológicos. De hecho, Eimish no se puede apoyar en sus lazos biológicos, pero sí en un amigo preocupado por su destino. Por su parte, Lucas sí tiene madre, abuelo... con los que tiene una estrecha relación, pero sin embargo no quiere fundar una familia porque sabe que si tiene hijos se acabó el vivir para sí mismo. Su modelo de vida en pareja es hedonista: poder seguir siempre el impulso de sus apetencias. Ambos, Lucas y Eimish van a hacer un periplo existencial -y físico, casi en una road movie- que va a llevar a ambos a replantearse sus prioridades y la naturaleza de sus vínculos fundantes. Entre ambos, una interesante galería de secundarios, que se han ido quedando en las márgenes del río de su propia vida: Roberto, aislado y apesadumbrado por la culpa; Valeria, víctima de su egoísmo; Kai, que aún no ha sabido cerrar las heridas del pasado, o Lupo, una especie de filósofo vagabundo que sólo busca una esquina desde la que observar el mundo. Quizá es Jana, la esposa de Kai, la que más madurez muestra a la hora de entender la vida y sus reglas de juego.

La película es esencialmente honesta: no juzga a los personajes, pero tampoco confunde el bien con el mal. La atención a lo que sucede va redimiendo a los personajes de sus prejuicios y miedos; la fuerza de lo positivo de la realidad va derrotando la amenaza del nihilismo, y al final triunfa el "sí": el sí a la realidad, a la vida, al otro, al perdón, al volver a empezar. Por ello es perfectamente comprensible que Buscando a Eimish obtuviera el Premio Signis España en el Festival de Málaga 2012. En el acta de concesión del galardón se pueden leer las razones del premio: "Por su bella factura, su interesante propuesta a favor de la familia como comunidad de origen y de supervivencia social, su apertura a una visión esperanzada de la vida y por el modo amable de narrar unos viajes de redención y de búsqueda de identidad".

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