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6 DICIEMBRE 2016
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Cádiz, la cumbre más allá de las ilusiones

Rodolfo Soriano Núñez

Estábamos, además, a un año de celebrar el V centenario del encuentro de Europa y América y en España, Portugal, y América del Sur y Central, las dictaduras de los 1960 y 1970 habían dado paso a gobiernos más o menos democráticos. Resultaba paradójico, por decir lo menos, que México-una nación de dudosas credenciales democráticas, especialmente luego de la elección de Carlos Salinas de Gortari, fuera anfitriona de la primera cumbre.

La ventaja fue que no era la única paradoja, pues la cumbre era, en sí misma, heredera de las experiencias de mediación de las guerras civiles de Centroamérica que el Grupo de Contadora y sus derivados habían promovido con la participación de Colombia y Perú que, en aquel entonces enfrentaban aún los efectos de la actividad de poderosos grupos guerrilleros, cuyos efectos irradiaban a Venezuela, Ecuador y Bolivia.

Los siguientes 20 años, las cumbres han vivido un ciclo que las llevó de la intensificación de los intercambios comerciales entre España y el antiguo Imperio, representado de manera emblemática por el crecimiento de las filiales americanas de Banco Santander, de BBVA y Telefónica y por la expansión de las mexicanas Cemex y Telmex, que complementaban lo que ya antes habían hecho Televisa, con intereses a todo lo largo de América y en España.

Así llegamos a Cádiz. Se trata de un momento luminoso por lo que Cádiz representa para la tradición del pensamiento político iberoamericano. La inmensa mayoría de las constituciones españolas y de la América española de los siglos XIX y XX son, en menor o mayor medida, herederas de la de Cádiz de hace dos siglos. Se trata de un momento ominoso también, pues marca el final de un ciclo en el que se pensó que la respuesta a los problemas de la región pasaba por la apertura comercial de los países.

En el abrir y cerrar de ojos que encapsulan 21 años, las cumbres pasaron de las esperanzas animadas por el consenso de Washington y su confianza ciega en que el mercado podía resolver los problemas del desarrollo, a la realidad de severas crisis económicas e institucionales. En España y Portugal millones de desempleados en las calles. En Venezuela, Ecuador y Argentina la creciente convicción de quienes ostentan el poder de que ellos (Hugo Chávez, Rafael Correa y Cristina Fernández de Kirchner) son los únicos capaces de gobernar sus países. Al más puro estilo de los monarcas del absolutismo ilustrado, después de ellos, el diluvio.

Toda Centroamérica, gran parte del Caribe y México han sido arrasados por una ola de crimen y violencia que ni siquiera tiene el signo de los grandes debates de los 1960 y 1970 entre la democracia liberal y la economía centralmente planificada. Es una violencia explícita, pornográfica, sin ideales, en la que lo único incontestable son las pilas de muertos y las toneladas de cocaína o mariguana que pasan de un lado a otro.

Y están conflictos que libran España y Argentina por la expropiación de Repsol o el de México, Argentina y Brasil por los acuerdos comerciales en materia automotriz, que hablan del agotamiento de una manera de entender el desarrollo, los mercados y el papel del Estado.

Incluso Chile, que durante muchos años fue visto como el ejemplo a seguir, ha vivido el último año sumido en una profunda y severa crisis económica, de identidad y de confianza que obligarán a repensar, por ejemplo, el modelo educativo dominado por criterios de mercado que la dictadura de Augusto Pinochet heredó a los gobiernos de la Concertación.

Por si fuera poco, Estados Unidos, el motor de la otra iniciativa de integración de comercial, el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, está-como España o Portugal-demasiado ocupado con su propia crisis y más que abrir su mercado a otros países, está interesado en que otros países consuman más de sus productos.

Es, por donde se le vea, una mala época para hablar de integración y libre comercio y por ello no debe sorprender que asistir a la cumbre haya dejado de ser atractivo para los presidentes, tanto que a unos días de que inicien los trabajos en Cádiz el 16 de noviembre, no hay certeza de que acudan todos los jefes de Estado o de gobierno de las naciones convocadas.

Cristina Fernández de Kirchner ha dicho que el médico le ha recomendado evitar el jet-lag, pero la realidad es que luego del episodio de la fragata Libertad, todos los bienes argentinos en el exterior se han convertido en posibles blancos de incautación. Eso es lo que le ocurrió a la fragata insignia de la Armada Argentina, la Libertad, que está a resguardo de las aduanas de Ghana, como represalia de los fondos de inversión que se consideran timados por el gobierno argentino.

De Brasil, aunque vaya, lo que se puede esperar es más de lo mismo. Un discurso que habla de integración y libre comercio, pero prácticas comerciales proteccionistas, que hacen muy difícil cualquier cosa que no sea comprar productos brasileños.

Y México, que originalmente esperaba enviar al presidente en funciones, Felipe Calderón, y al electo, Enrique Peña, inició la semana con la noticia de que sólo viajaría Calderón. No ha habido demasiadas explicaciones del equipo del gobierno electo sobre las razones para no acudir a Cádiz y lo que se especula es demasiado.

El rango de la especulación va desde la necesidad de tomar distancia de Calderón, quien no pierde oportunidad en el exterior para defender su guerra contra el narcotráfico, sin importar los costos ni los abusos, hasta la urgencia de aprovechar los últimos días que tienen para integrar los equipos de trabajo en los ministerios del gobierno, que habrán de fusionarse y reorganizarse apenas tome posesión Peña.

Sin olvidar que Peña viajará entre el 27 y el 29 de noviembre a Estados Unidos, el socio sine qua non de cualquier gobierno mexicano, para fijar los términos de la relación entre los dos recién electos mandatarios, a quienes se sumará el primer ministro canadiense Stephen Harper.

A la vuelta de 21 años a las cumbres iberoamericanas les sobra retórica y mezquindad y les faltan acciones concretas. Es cierto, España nunca pudo ser para América Latina lo que Francia fue para su antiguo imperio de ultramar, pero autonomías españolas como Cataluña se equivocaron cuando en lugar de facilitar la migración de latinoamericanos, prefirieron atraer africanos o asiáticos que no supieran hablar español y se vieran obligados a aprender catalán.

México o Brasil, que podrían ser grandes polos integradores por su cuenta sin depender de España o de Estados Unidos, prefieren jugar también el juego de la mezquindad. Si México tuviera un modelo de crecimiento económico equilibrado, integrador, que no dependiera de la salud de la economía de Estados Unidos, podría ser un motor autónomo de desarrollo del Caribe y Centroamérica. No lo hace porque México perdió la brújula de su propio desarrollo hace mucho.

Brasil vive fascinado frente a un espejo y sólo de cuando en cuando, en la medida que le beneficia, permite que en el espejo se vean los colores de los otros países del Mercosur.

Quizás ahora, cuando se han diluido los espejismos del consenso de Washington y la globalización como se entendió en las dos décadas anteriores, las naciones de Iberoamérica puedan encontrar mecanismos de verdadera integración que los complementen mutuamente. Para ello, las economías más dinámicas de la región, México, Brasil, Argentina y Chile, tendrán que reconocer y aceptar su propio liderazgo, para imaginar un futuro distinto, resolver sus propias contradicciones y paradojas e ir al auxilio de las economías que han resentido los peores efectos de las crisis.

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